Por L. Parrini
Todo régimen autoritario construye campos de reclusión y exterminio para disidentes y opositores, considerados enemigos que son tratados como delincuentes. Lo hizo Hitler entre 1933 y 1945 en Dachau, Alemania, Gurs y Les Milles en Francia; Jasenovac en Croacia; Auschwitz, Treblinka, Sachsenhausen, Majdanek en Polonia, entre otros. En Chile de Pinochet, los centros de detención y tortura de Dawson, Tres Alamos, Villa Grimaldi, Londres 38, Pisagua, entre otros; Bukele construyó el Centro de Confinamiento del Terrorismo (Cecot), en El Salvador. Y en Ecuador, el régimen de Daniel Noboa construye la Cárcel de El Encuentro, en Santa Elena. Sin lugar a dudas, una amarga ironía que burla el sentido común porque el aislamiento absoluto a que son sometidos los 800 presos residentes de esa cárcel “de máxima seguridad”, además de considerarse un trato inhumano, impide cualquier encuentro con otro semejante. La comida, los horarios, la iluminación, las seguridades, todo es automatizado y pensado para ser realizado por sistemas digitales donde no interviene el ser humano. El régimen argumenta que nadie será sometido a tortura o maltrato, no obstante la sola convivencia en ese lugar es un trato que busca doblegar la voluntad humana.
El ex Vice Presidente, Jorge Glas, trasladado a ese centro penitenciario, tratado como “preso peligroso”, no representa un peligro para nadie, en virtud de su deteriorada salud y conducta carcelaria. Él es un símbolo para sus detractores y coidearios, para los primeros un símbolo de corrupción, para sus partidarios un símbolo de la persecución y represión política.
La prensa intencional se mantiene dividida entre quienes consideran la medida como un golpe de autoridad que busca proyectar fuerza en un momento crítico, y otros, como una estrategia política para consolidar el liderazgo de Daniel Noboa.
La nueva cárcel
El traslado de Glas a una cárcel como El Encuentro, constituye una manifestación de fuerza y sometimiento oficial cuando la justicia, o mejor, el poder judicial es otra forma de la política en un país en el cual se vulnera el respeto por los Derechos Humanos y adviene la retaliación ideológica. Este criterio quedó demostrado cuando el presidente Daniel Noboa manifiestó en sus redes sociales en referencia a Glas: “Bienvenido a su nuevo hogar, pronto vendrán más criminales”. Una frase que lució como un golpe de autoridad, una exhibición de poder y una advertencia a los opositores al régimen.
La línea entre justicia y autoritarismo es difusa. El futuro de una nación reclama justicia efectiva, democracia real, instituciones confiables y una sociedad con mandantes que confíen y otorguen credibilidad a sus mandatarios. El poder, independiente de la justicia, debe exhibir probidad no una justicia convertida en herramienta de poder.
La apacible localidad de comuneros, Juntas del Pacífico, próxima al complejo carcelario de El Encuentro, era interrumpida por el ruido del rotor de los helicópteros y los vehículos todo terreno que se aproximaban con los primeros reos trasladados al centro penitenciario, mientras en el litoral interrumpía el graznido de las gaviotas y el calmo rumor de las olas en el mar. El operativo militar tenía un propósito: trasladar a tres centenares de “presos de alta peligrosidad”, entre los cuales caminaba con paso lento y firme Jorge Glas, un personaje icónico de la política de las últimas décadas detrás del cual el ser humano vestido con uniforme carcelario exhibía todo el peso de su derrota vital.
La imagen era contrastante con la de sus coidearios en el exilio compartiendo viajes, comidas, bailes, encuentros reales con sus camaradas, mientras el chivo expiatorio en prisión camina hacia una muerte segura. El nuevo destino del hombre que acuñó en su nombre lo más alto del poder, ahora convertido en la piedra de tope de la venganza política.
Los derechos humanos
Un encuentro obligado sin previo aviso a sus abogados ni a su familia, bajo absoluta reserva con vulneración de sus derechos constitucionales. Un convoy aéreo alza vuelo desde la cárcel La Roca en Guayaquil, sobrevolando luego el litoral hasta aterrizar en Santa Elena. Un encuentro forzado en contra de las medidas cautelares dictadas por la Corte Interamericana de Derechos Humanos, CIDH, en favor del detenido. Un encuentro obligado, en definitiva, con la transgresión a un elemental humanismo sobre su persona, mientras un dispositivo militar terrestre era la recepción emplazada para el detenido en horas de la tarde. El montaje era perfecto, los agentes allanaban los vehículos, tomaban fotografías y registraban a todo personal que ingresaba. Los periodistas fueron mantenidos a distancia, mientras se les impedía hacer tomas de las instalaciones. Incluso se pudo observar detrás de la imagen de Glas, que avanzaba escoltado por efectivos militares, a obreros con cascos realizando todavía labores de construcción del complejo carcelario.
Había prisa por trasladar a Glas, era un trofeo valioso a exhibir a pocas horas de la Consulta Popular. Una exhibición de fuerza oficial que busca confirmar un clima de “seguridad ciudadana” con el cual se pretenderá incidir en el ánimo del sufragante del próximo domingo. La construcción de El Encuentro ratifica lo mismo, fue concebido con tecnología de última generación, con torres de control automatizadas, cámaras térmicas, sensores de movimiento y un sistema de vigilancia conectado directamente con el Centro de Inteligencia del Estado. Las celdas tienen un área de tres metros por cuatro, con camas metálicas, mesas fijas, sanitarios y luz regulada. No hay electrodomésticos, televisores, radios, ni teléfonos; las áreas de reclusión están distribuidas en cinco pabellones independientes. La construcción fue iniciada en junio del 2024 con una inversión de 50 millones de dólares y contó con la participación técnica del Cuerpo de Ingenieros del Ejército. En su estructura arquitectónica cuenta con muros dobles, alambrado eléctrico y sistemas de vigilancia en todo su perímetro, ininterrumpidamente. En su interior prevalece un aislamiento absoluto y la comunicación entre internos no existe.
Esta obra magnificente del sistema carcelario ecuatoriano y el posterior traslado de los reos considerados de mayor peligro del país, para unos representa la justicia para otros la represión indiscriminada sin hacer distinción entre el cuadro político y el cabecilla narcodelincuente, en un escenario de aguda tensión. El traslado de Jorge Glas es más que una estrategia logística, es una decisión política de fuerte impacto, es el mensaje de un régimen que marca distancia con sus gobernados por sobre su autoridad y legitimidad democrática.
Es una obra construida justo cuando el régimen busca reforzar su narrativa de control y el presidente intenta proyectar un liderazgo firme. Pero estos gestos simbólicos de la política no son suficientes para recuperar la seguridad perdida del país. El reto es mantener ese control sin violar derechos y sin apelar al exhibicionismo mediático. Las interrogantes caen por su propio peso: ¿se trata de justicia de un sainete político, es suficiente para cambiar la estructura carcelaria desde sus cimientos o será solo un tema mediático, con una cárcel con los muros electrificados y nada más, mientras la corrupción de un sistema inviable se apropia del nuevo juguete oficial?
Si se pretende unificar al país en torno a una lucha contra la delincuencia, el traslado de Glas a ese centro carcelario reabre una herida que aún no cerraba. Los habitantes de las zonas aledañas acusan el miedo, otros intentan hacer negocio con los efectivos militares vendiendo comida y cigarrillos, otros comerciantes cierran sus puertas por temor a acciones intimidatorias.
Glas ocupa una celda en el Pabellón B, para detenidos de alto perfil político. Sin contacto con otros presos ni acceso a información interna, sin privilegios ni defecciones.
Surgen las interrogantes. ¿Es posible que una cárcel tecnologizada corrija un sistema carcelario fuera de control, o resulta imposible camuflar las fallas estructurales del sistema penitenciario ecuatoriano detrás de muros electrificados?
Mientras esto ocurre Jorge Glas inicia una fuga hacia su propio fuero interior. Allí donde ningún cerco electrificado derrumbará su consciencia, en el lugar donde solo él tras los candados reconoce la magnitud de su inocencia o culpabilidad, en el tribunal donde su sacrificio personal ventila el juicio a sus detractores y a quiénes defeccionan de sus ideales.
La mazmorra donde sus carceleros buscan doblegar su condición humana. No se trata de redención sino de justicia. Acaso exista otra historia que lo absolverá.
Fotografía Radio Pichincha



