Por C. I. Vigletti
Hay fotografías que el tiempo se encarga de volver irónicas.
José Serrano regresó al Ecuador esposado. Años atrás había recorrido los corredores del poder desde el otro extremo: ministro del Interior de Rafael Correa, hombre fuerte de la seguridad, conocedor de la Policía, de sus mandos y de esa zona inevitablemente gris donde se encuentran información, inteligencia y política. Después presidió la Asamblea Nacional. Más tarde vinieron la ruptura con Correa, el acercamiento a Lenín Moreno, la caída y el exilio. Ahora, la cárcel.
Está procesado como presunto autor intelectual del asesinato de Fernando Villavicencio. La responsabilidad deberá establecerla la justicia. Pero la imagen pertenece ya a la política y, probablemente, a la historia. Tiene algo de esas escenas que dos siglos después siguen perturbando cuando uno lee la Revolución Francesa.
Danton debió conocer muy bien el camino hacia el Tribunal Revolucionario. Había contribuido a crearlo. Cuando finalmente le correspondió recorrerlo como acusado, seguramente comprendió que las instituciones del poder adquieren una vida bastante más larga que la de quienes las administran. Fue guillotinado el 5 de abril de 1794. Robespierre tuvo algo más de tres meses para contemplar la ausencia de Danton. El 28 de julio recorrió prácticamente el mismo camino.
No hace falta forzar la comparación. Quito no es el París de 1794 y Serrano ciertamente no es Danton ni Robespierre. Pero hay una vieja ironía que atraviesa las tres historias: el poder tiene mala memoria para los servicios prestados.
Mientras se lo ejerce parece sólido, casi personal. Tiene despachos, escoltas, teléfonos que siempre contestan, puertas que se abren y funcionarios que esperan. Desde allí resulta difícil imaginar el día en que los teléfonos dejan de sonar y las mismas instituciones comienzan a mirar hacia quien antes las dirigía.
Serrano conoce ahora ese otro lado. Quizá por eso su regreso tiene una densidad política que excede ampliamente el expediente judicial.
Daniel Noboa lo comprendió inmediatamente. No necesitó elaborar una teoría. Bastaron unas palabras: “Lo dijimos, lo cumplimos”. Después añadió una referencia directa a Rafael Correa.
La fotografía hizo el resto. En política, una imagen convenientemente situada puede ahorrar cientos de discursos.
Pero hay un pequeño inconveniente biográfico. Serrano pertenece al correísmo y, al mismo tiempo, dejó de pertenecerle. Fue uno de sus hombres fuertes y después uno de sus desertores más notorios. Acompañó el nacimiento de aquel poder y terminó acercándose al gobierno que inició su desmontaje.
Por eso ahora todos necesitan escoger un Serrano diferente. Al Gobierno le resulta útil el ministro de Correa. A Correa le conviene recordar al hombre que lo traicionó. A Lenín Moreno quizá le corresponda una incómoda nota al pie.
Como ha observado L. Parrini al comentar el caso, alrededor del regreso de Serrano se libra también una disputa política. Pero acaso lo más interesante no sea decidir a quién pertenece el personaje, sino observar cómo se reconstruye su biografía según las necesidades del presente.
La política posee esa particular manera de editar el pasado Y estamos en campaña.
No hace falta exagerar el cálculo electoral. La escena se explica sola: un antiguo hombre fuerte del correísmo llega esposado mientras el Gobierno anuncia que cumple su palabra. El viejo antagonismo que ha organizado durante años buena parte de la política ecuatoriana vuelve a disponer de una fotografía nueva.
El problema comienza cuando la fotografía pretende sustituir al expediente.
Serrano todavía no es un condenado. Esa pequeña diferencia jurídica puede parecer incómoda en medio del ruido político, pero es precisamente la que separa un proceso judicial de un juicio público.
Hay, sin embargo, otra razón por la cual su presencia resulta inquietante. Serrano pasó demasiado tiempo cerca de las habitaciones donde se tomaban decisiones importantes.
Un ministro del Interior no solamente firma decretos y comparece ante las cámaras. Escucha informes, conoce mandos policiales, recibe información de inteligencia, observa alianzas, enemistades y desplazamientos que rara vez aparecen completos en los archivos públicos.
De modo que alrededor de Serrano existen dos preguntas. Una la formularán los jueces: ¿Qué hizo? La otra pertenece inevitablemente a la política: ¿Qué sabe?
Conviene no convertir esta última en conspiración. Saber no significa necesariamente poseer secretos extraordinarios y haber ejercido el poder tampoco convierte automáticamente a nadie en depositario de todas sus sombras.
Pero sería ingenuo desconocer que ciertos funcionarios abandonan sus cargos llevando consigo algo que no consta en las actas: memoria.
Y la memoria puede ser un equipaje incómodo. Quizá por eso el desenlace del caso Serrano pueda resultar bastante menos previsible que su llegada. Hoy su imagen sirve para construir un relato contra el correísmo. Mañana sus palabras podrían incomodar a otros. En política, los testigos suelen tener la mala costumbre de recordar más de una época.
Aquí vuelve a aparecer aquella vieja historia francesa. Antes de subir a la carreta que lo conduciría a la guillotina, Danton ya había visto caer a muchos. Robespierre también. Cada uno, mientras estuvo arriba, debió imaginar que todavía controlaba el curso de los acontecimientos. No lo controlaban.
Marx encontró décadas después una fórmula magnífica para esa obstinación humana. Recordando a Hegel escribió que los grandes acontecimientos y personajes de la historia aparecen dos veces: primero como tragedia y después como farsa. Tal vez la farsa no consista en que José Serrano repita a Danton o a Robespierre. Eso sería demasiado sencillo.
Quizá esté en algo mucho más persistente: cada generación que llega al poder vuelve a creer que la rueda se detendrá justamente cuando ella está arriba. Nunca ocurre. Serrano conoció ministerios, escoltas y salones donde las decisiones parecían definitivas. Hoy conoce una celda.
No sabemos todavía qué resolverá la justicia ni cuánto de cuanto se dice sobre él podrá probarse. Pero su fotografía deja una pequeña lección que excede su destino personal.
Quienes hoy contemplan desde el poder la caída de uno de sus antiguos adversarios harían bien en observarla durante unos segundos más.
No para compadecerlo.
Para reconocerse.



