Por L. Parrini
El arte, sin duda alguna, representa la forma más esencial de celebrar la vida, y establecer en la cultura uno de los vínculos más poderosos entre los pueblos. Esa relación queda plasmada en las proximidades humanas y artísticas que tienen lugar entre creadores y de estos con los usuarios del arte público.
Prueba de ello es el muralismo, como expresión visual expuesta en lugares del espacio colectivo en formidables dimensiones que magnifican el mensaje al alcance de todos. Esta vinculación cultural encuentra entre Ecuador y México un ejemplo de cómo, a través de la pintura, ambos pueblos han protagonizado un aprendizaje, un compromiso y una expresión común en la defensa de los derechos de los pueblos y la significación estética de su arte visual.
Artistas, como el pintor muralista ecuatoriano Pavel Égüez, hallaron en el muralismo mexicano un referente, una consigna y un modo de vida que hicieron suyos bajo la enseñanza de la obra de Alfaro Siqueiros. Sus tempranos estudios en el Colegio de Artes Plásticas de la Universidad Central del Ecuador y en la Escuela de Bellas Artes de Quito, contribuyeron a su formación artística. Luego, su vínculo con los maestros Oswaldo Guayasamin y Eduardo Kingman, permitió a Égüez participar en importantes proyectos pictóricos en los talleres de ambos maestros considerados entre los más importantes del país.
Por su notable trayectoria que incluye la producción de diversos murales nacionales e internacionales, así como cuadros en diversas técnicas y formatos, Pavel Égüez recientemente recibió la distinción cultural Doctorado Nobilis Causa, por el Movimiento Cultural Sur, “en reconocimiento a más de cuatro décadas de arte público dedicado a la memoria y los derechos humanos”. MCS, es un espacio internacional de activismo político y cultural que nuclea a intelectuales, artistas y cultores para defender las diversidades de la región desde una mirada latinoamericana, con sede en La Habana, Cuba. Égüez ha manifestado que “este reconocimiento reafirma mi compromiso con el arte, la memoria, la paz, la vida y los derechos humanos”. En relación con esta distinción Égüez es entrevistado en México por Guillermina Guadarrama, de cuyo conversatorio nos hacemos eco.
En referencia a su formación, Égüez manifiesta en la entrevista que, “el arte no consiste únicamente en hacer, sino también en pensar, reflexionar, estudiar y conocer la historia”. En consecuencia, comienza a “estudiar con enorme interés lo ocurrido a principios del siglo XX con la Revolución mexicana y el surgimiento del muralismo”. Realiza su primer mural en 1982, siendo todavía muy joven, trabajado básicamente en técnicas de mosaico, cuya temática recuerda la lucha de una comunidad unida para construir las líneas que llevarían la luz a su hábitat rural en el norte del país. El trabajo, además, le permitió comprender que “el arte no puede realizarse sin rigor técnico, pero tampoco debería existir desprovisto de pensamiento crítico”.
Posteriormente, luego del primer mural realiza “otra obra que resultó muy significativa y que está vinculada con Simón Bolívar, bajo una idea que sigue siendo central para nosotros: la necesidad de la integración latinoamericana”. También Égüez realizó un mural vinculado con la memoria y los derechos humanos, que se resuelve en una denuncia mural acerca de los atropellos a los derechos del hombre y la mujer perpetrados en el continente y en Ecuador durante recientes décadas, relacionado con los casos de violaciones de derechos investigados por la Comisión de la Verdad. El mural ubicado en las proximidades de la Fiscalía General del Estado se volvió polémico, incluso antes de la inauguración comenzaron las críticas, principalmente desde determinados sectores políticos y mediáticos. “Creo que cuando un mural produce discusión, cuando obliga a mirar y a debatir, está cumpliendo una parte importante de su función”, concluye Égüez, bajo la total convicción de que “el mural puede convertirse en memoria, denuncia y visibilización de acontecimientos que una sociedad necesita mirar. Y lo importante es que siga siendo un mural vivo, no una obra que termine enrollada o abandonada en una bodega”. Condición sine qua non será que “para estar verdaderamente vivo tendría que establecer permanentemente un diálogo entre aquellas grandes obras históricas y los conflictos, lenguajes y artistas de nuestro tiempo”, enfatiza Égüez.
Visto así el muralismo no puede reducirse a admirar si alguien dibuja bien o domina perfectamente el color, como lo concibe el pintor ecuatoriano: “El dominio técnico es indispensable, por supuesto, pero hace falta algo más: una reflexión sobre nuestro tiempo (…) Por eso insisto con los jóvenes: no basta con saber dibujar ni con dominar los materiales. El arte requiere conocimiento, reflexión, posicionamiento y capacidad de construir símbolos”.
Puesto que la cultura puede quedar expuesta a los cambios políticos, Égüez reflexiona, “dependiendo de las circunstancias políticas, administrativas o institucionales, una obra pública puede correr el riesgo de ser alterada, trasladada o destruida. Por eso debemos mantener una permanente resistencia en defensa de estas obras y, sobre todo, continuar produciendo”.
Como final conclusión, Égüez enuncia una verdad irredargüible: “Un mural debería ser, en muchos casos, la culminación de un proceso de pensamiento y de investigación. Antes del mural existen dibujos, lecturas, conversaciones, pinturas, estudios técnicos y búsquedas iconográficas. Por eso el mural puede contener tantas capas de experiencia. Y precisamente por su condición pública adquiere después una vida propia”.
La sapiencia de este artista, acumulada en experiencias creativas comprometidas con las mejores causas de la humanidad y su activismo politico cultural lo convierten en un referente del arte ecuatoriano en la actualidad, condición reconocida en la distinción Doctorado Nobilis Causa, por demás merecida. Reconocimiento que viene a fortalecer la hermandad latinoamericana, proyectando a la cultura como uno de los vínculos más poderosos que poseemos entre los pueblos.



