Por L.Parrini
Preservar la memoria tal vez sea una de las misiones más importantes del periodismo. Registrar los aconteceres, mantener viva la conciencia de hechos pasados que expliquen el presente y otorguen sentido al futuro.
El mes de septiembre, tan lleno de circunstancias históricas, es el momento cuando mayormente se advertirte el peligro del olvido colectivo, cuando la indiferencia pretende imponerse a la consciencia. El periodismo en este mes tiene la múltiple responsabilidad de recrear a través de la crónica lo acontecido, vivir para contarla decía García Márquez. Acaso por eso el periodismo suele considerarse de las profesiones más comprometidas con la realidad nacional e internacional y también entre las más vilipendiadas, prostituidas y perseguidas del mundo.
Septiembre tiene marcado en un costado a fuego lento días como el 11 de septiembre de 1830 en que se expidió la Primera Constitución de la República de Ecuador en la ciudad de Riobamba, el certificado de nacimiento de una joven nación. El 18 de septiembre de 1810, cuando se constituye en Chile la Primera Junta Nacional de Gobierno independiente del yugo español. O el aciago 11 de septiembre de 1973, cuando feneció en el país del sur, bajo la violencia golpista militar, lo que se estimaba una madura y estable democracia continental.
Las repercusiones se sucedieron en el tiempo. Ecuador proclamó su natividad como nación, dando origen a la Constitución del Estado nacional. Chile vio derrumbarse sus instituciones democráticas, proclamando la muerte de los derechos humanos y la desaparición de miles de personas.
Particularmente sensibles fueron los crímenes a Víctor Jara y a Pablo Neruda. El primero acaecido el 16 de septiembre de 1973 en el Estadio Chile, convertido por la dictadura pinochetista en mazmorra de reclusión y muerte, donde el trovador chileno murió debido a brutales torturas. El segundo tuvo lugar en una clínica el 23 de septiembre de 1973, donde fue recluido el poeta afectado por un cáncer de próstata avanzado, cuya muerte se investiga fue producto de un asesinato al inyectarle una toxina.
El 8 de septiembre pasa desapercibido como el Día Internacional del Periodista, fecha que conmemora el asesinato del periodista Juluis Fucik en el invierno de Praga, en 1943, quien murió ahorcado en manos de los alemanes nazis que ocupaban la ciudad. Fucik fue ejecutado luego de dejar escrito su célebre Reportaje al pie del patíbulo. La celebración de este día acaso haya perdido motivaciones en la opacidad del olvido, cuando decenas de colegas periodistas caen cada año durante bombardeos en Gaza o el Sur del Líbano bajo la agresión sionista israelí o en México por el sicariato criminal. Reportes mundiales hablan de 700 periodistas asesinados en un año, ya sea por bombardeos israelíes, o por grupos armados en otros países, que, matando a un periodista, creen haber matado la verdad.
En días de enajenante uso de las redes sociales, un fenómeno que pretende hacernos creer que un celular en manos de un hijo de vecino lo convierte en periodista, o la sala de propaganda oficial la convierte en agencia de noticias, percibimos la superficialidad, el odio y otros males importados, propios del capitalismo como sistema social decadente, que laceran al periodismo honesto que debemos practicar.
Para ser periodista, decía García Márquez, hay que ser buena persona, no basta con una pauta oficial, un editorial cooptado o la vocación de héroe, es preciso, más allá del valor y compromiso con la verdad, la honestidad y la sensibilidad para movilizarnos por las causas genuinamente justas.
No será la apología, la complicidad y la mentira componentes de nuestra profesión, como no puede ser la motivación a quienes se dedican a llenar sus editoriales de falacias, nimiedades intrascendentes o propaganda del poder.
Porque como dejó escrito Borges: no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón. Este septiembre, al Día Internacional del Periodista corresponde conmemorarlo manteniendo a salvo la memoria de los peligros del olvido.



