Por L. Parrini
Las diferencias entre un perro y un lobo suelen ser notables, no obstante sus semejanzas y origen genético común. Un perro por lo general lleva collar, un lobo frecuentemente sufre de hambre, pero no responde a un dueño, es libre. Parodiando esta fábula se diría que la mayoría de los hombres elige la seguridad del collar.
Las diferencias entre el lobo y el perro son evidentes: el lobo luce flaco y hambriento, el perro está obeso, bien alimentado por su amo y su vida aparenta ser fácil. El perro le dice al lobo, haz como yo, nunca volverás a pasar hambre. El lobo lo mira y se concentra en una cicatriz alrededor del cuello del perro: ¿Qué es esa marca?, le pregunta. Pues nada, mi amo me mantiene atado durante el día, pero por la noche en casa soy libre. El lobo sonríe, y luego de girar sobre sus pasos se interna en el bosque. Es un aparente sacrificio, pero no. El lobo acaba de tomar una decisión: el hambre no es el problema, el hambre es el precio de la libertad.
El collar no siempre es un símbolo, es una relación en la que nos mantenemos porque la comunidad resulta mejor, más segura que la incertidumbre de ir en soledad. El collar es el colectivo al que sigues formando parte porque sentirse aceptado resulta más fácil que la soledad de haber evolucionado en libertad. El collar suele ser una versión de sí mismo que sigues interpretando porque la aprobación de los demás resulta más cómoda que el riesgo de ser quien realmente debes ser.
El perro no es libre, solo está mejor alimentado. Es la diferencia entre un hombre que tiene todo lo necesario y un hombre que no responde ante nadie. La mayoría de los hombres ha confundido ambas cosas desde siempre.
El lobo pasa hambre de vez en cuando, pero no tiene dueño, precisamente dispuesto a vivir ciertas circunstancias nadie puede utilizar aquello para controlarlo. No se puede controlar a un ser que no tiene miedo a pasar hambre. Ese es el hombre más peligroso que existe. No es quien más tiene sino el que menos necesita.
Otros seres encarnan otro tipo de peligro. Forman parte de la minoría que nunca haría lo que el noventa por ciento de personas acaba de hacer, no son normales son peligrosos. Una de cada diez personas no son solo difíciles, también son potenciales destructores de personas y vidas, y suelen ocultarse en diversos perfiles: el narcisista que te subyuga al principio y luego te aplasta; el límite que hoy te ama y mañana te odia sin explicación alguna; el antisocial que te miente mirándote a los ojos sin sentir culpa alguna; el paranoide que ataca primero porque está convencido de que todos van contra él; el histriónico que necesita ubicarse en el centro de todo y cuando no lo logra se convierte en villano.
Se es libre y feliz cuando uno está dominado y conoce los límites. Mientras esté dominado nunca será enteramente feliz, tendrá momentos de placer -como cualquiera-, que es distinto. La libertad depende del carácter y el carácter que se inculca no deja ser libre. El carácter se estructura como la manera de pensar, ser y actuar del ser humano. Aristóteles, en la antigua Grecia, lo definió bien: el pensamiento condiciona la acción que determina el comportamiento que repetido crea hábitos, los hábitos estructuran un carácter y el carácter marca un destino. Ser libre y feliz solo se logra cuando uno está dominado y conoce su supraconciencia, profunda sensación de paz, claridad y conexión con el todo, que permite dejar atrás la visión individualista y separada del «yo contra el mundo» para una mejor conexión con el entorno. Ese es el quid del asunto: ¿qué hábitos adquirimos, los del perro o los del lobo?



