Por Marcelo Pérez Albán
El 31 de octubre, en Cuenca, ante un auditorio saturado de estudiantes, el presidente Daniel Noboa declaró con naturalidad que la inteligencia artificial podría servir para cosas sencillas, como escribir un discurso o —por qué no— “para diseñar hasta una Constitución”.
La frase, que quizás buscaba parece moderna, terminó sonando más bien como una parodia del pensamiento político contemporáneo: una mezcla de entusiasmo tecnológico y desdén democrático.
Sí, la inteligencia artificial puede escribir discursos, componer canciones y hasta corregir los tuits presidenciales, pero de ahí a redactar la Carta Magna de un país, hay un abismo tan grande como el que separa un algoritmo de un ciudadano.
Una Constitución no es un texto simplón con artículos numerados. Es un pacto político, ético y social, un acuerdo entre generaciones que refleja historia, luchas, heridas y esperanzas. Pretender que una máquina lo diseñe es como pedirle a una licuadora que escriba poesía: puede combinar ingredientes, pero nunca dará sabor a vida.
La inteligencia artificial carece de lo esencial: identidad, compromiso, contradicción. No conoce la angustia del campesino, la lucha del obrero ni la voz de las minorías. No entiende de injusticias ni de memoria histórica. No sufre, no se indigna, no sueña. Por eso, pretender que un algoritmo reemplace al pueblo es reducir la democracia a una fórmula matemática: elegante, precisa y completamente vacía.
Imaginemos, por un momento, una “Constitución enlatada”. Un texto impecable, gramaticalmente perfecto, sin errores ni debates. Claro, también sin alma, sin pueblo, sin historia. Una Constitución “a la carta”, lista para descargar, firmar digitalmente y presumir en los medios de comunicación masiva. Porque, ¿para qué perder tiempo en asambleas, marchas o consultas populares, si un clic puede resolverlo en minutos?
El presidente Noboa parece abordar la creación de una Constitución con la misma ligereza con la que se elige un menú de comida rápida. ¿Quiere una república con derechos humanos, o prefiere el combo económico sin sindicatos y sin actores sociales, sin debate, con el silencioso levantamiento de manos de los asambleístas de su partido?
Este simplismo tecnológico no solo banaliza el proceso constituyente, sino que despoja a la ciudadanía de su papel protagónico. Redactar una Constitución no es una tarea doméstica ni un trámite administrativo; es el acto más solemne de la soberanía popular. No se hace con algoritmos, sino con conciencia. No se programa, se debate.
Una Constitución diseñada por inteligencia artificial sería, en el mejor de los casos, una Constitución de cartón: bonita por fuera, hueca por dentro. Perfecta en lógica, absurda en legitimidad. Y lo peor: fácil de reemplazar cada vez que el poder de turno quiera “actualizarla”.
Si seguimos esta lógica, pronto podríamos tener presidentes holográficos, ministros digitales y ciudadanos en versión beta. Total, la realidad se complica demasiado; mejor vivir en un país simulado donde nadie protesta y todo se aprueba con un algoritmo.
Albert Einstein advirtió: “Temo por el día en que la tecnología sobrepase la interacción humana; el mundo solo tendrá una generación de idiotas.” Ese día parece estar más cerca cuando se propone reemplazar el debate ciudadano con inteligencia artificial, como si el espíritu democrático fuera un software que se puede descargar desde el laboratorio virtual.
La tecnología puede —y debe— servir a la democracia, pero nunca sustituirla. Puede ayudarnos a escribir mejor, no a pensar menos. Puede organizarnos, pero no representarnos.
Porque una Constitución no se diseña, se construye; no se programa, se vive.
Y, sobre todo, porque ningún algoritmo podrá jamás reemplazar la voluntad, el coraje y la dignidad de un pueblo que todavía cree que la democracia es una alternativa para alcanzar la justicia social.
Por cierto, este sainete se puede evitar con un contundente NO en la consulta del 16 de noviembre…



