Nadie escribe para sí mismo. No puede existir el lector sin algo que leer, así no puede existir el escritor sin alguien que lo lea. (Iván Égüez). Solo hay arte para los demás. El ejercicio de escribir supone el ejercicio de la lectura, ambos suponen también dos sujetos diversos. Significa esto que existe un compromiso entre ambos, una obligación contraída. ¿cuál es esta?
Crear una obra de arte, escribir un libro, pintar un cuadro, componer una melodía, supone comercializar una mercancía, es obvio que no. Entonces, ya que el compromiso no es con el mercado, ¿será con alguna ideología, por tanto, cultural? La ideología se expresa como una falsa interpretación de la realidad, manifiesta en ideas que entran en juego cuando esas ideas han tomado contacto con el mundo concreto. La ideología a partir de ese momento soslaya la realidad, la elude, en eso consiste su trampa.
Puesto que el artista tampoco quiere ser identificado como un comerciante, el editor, galerista o difusor, asume la tarea de conquistar mercado, es decir, que es preciso además de fabricar el producto crear los propios consumidores, presupuesto típicamente capitalista.
Será que existe el artista que considera su obra como un producto ornamental, lúdico, accesible en el tiempo libre para divertirse y relajarse, aprender a través del juego, la recreación y el esparcimiento. Una práctica de cierta bohemia intelectual que le otorga fama de sujeto diferente, raro, consumidor de placeres mundanos que, como “todo escritor de origen burgués -afirma Sartre- ha conocido la tentación de la irresponsabilidad”, de olvidar que la literatura es una práctica social determinada, “no es un patrimonio personal sino parte de la vida de un pueblo, parte de su producción simbólica y de su memoria colectiva». Precisamente, a la ideología dominante le interesa reproducir esas formas de arte no comprometido, excepto con el ego del autor. No es lo vital pensar en el artista y su ego creador, sino pensarlo como un canal que permite la aparición de nuevas fuerzas, de nuevos caracteres.
¿Prefiere el artista, acaso, el mote de activista? Mientras que ciertos artistas se cobijan a la sombra del follaje de ser socialmente “comprometidos”, cierta tendencia ideológica aboga por que la literatura se exhiba como una mera expresión individual del autor sin mayor relación con el contexto histórico-social. Incluso no falta quienes sostienen que el arte no tiene ideología, es decir, carente de compromiso con idea alguna. Toda historia tiene un discurso. Toda obra supone un autor y detrás de toda historia hay un discurso ideológico. Ese arte que se agota en sí mismo, que se muerde la cola como el perro que gira sobre su cuerpo, estaría negándole al artista su protagonismo existencial, producto del proceso histórico que lo vio nacer. En esta visión que privilegia la subjetividad de la obra se agazapa una visión idealista del arte que subraya la forma por sobre el contenido.
No obstante, “la relación forma y contenido se plantea en términos de una correspondencia entre ambos planos, puesto que se trata de llegar a dar cuenta de los efectos ideológicos específicos que bajo la modalidad estética produce el texto en el interior de un campo ideológico-cultural, cuyos márgenes no están definidos por el texto en sí, sino por las contradicciones de la formación histórico social concreta en cuyo marco se produce y reproduce la “significación” de la obra de que se trate”, afirma Iván Égüez, en su Mitología del Iluminado.
Existe una tendencia muy corriente que consiste en incluir a la literatura entre los agentes de transformación social, entendiéndose en este caso supuestas influencias determinantes en el orden ético y en el orden axiológico. Sin embargo, obras de grandes creadores clásicos como Cervantes, Shakespeare, Dostoievski, Beethoven o Picasso, a pesar de la excelencia y belleza de su obra, no parecen haber originado, en sentido cabal, ninguna transformación social efectiva, no obstante su fuerte influencia en comportamientos individuales y generacionales. El arte de hecho es irresponsable del bien y del mal de la humanidad, y por lo tanto no está obligado hacer penitencia.
En otra dimensión del tema, el escritor romántico se reencarna en aquel que se cree independiente bajo cuya neutralidad pretende juzgar el mundo. En esto se basa la supuesta autonomía del intelectual que no se reconoce como trabajador de la cultura, como un vocero de su pueblo y se autocalifica de apolítico.
Todo arte toma posición. El autor que asume posturas lo hace como un sujeto real de carne y hueso, creador de personajes imaginarios, consciente de que su lenguaje (que es ideología en acción), “están del lado del cambio y la liberación o del sometimiento y el retraso” (I. Égüez). Su obra se constituye en acto. De ese modo debe entenderse el compromiso, como un “reconocimiento de su condición social, de ciudadano de esta región del mundo”. Al fin de cuentas, el arte se compromete con el arte y el comprometido es el autor. La propuesta sería, por tanto, poder establecer otra relación posible con las cosas.
¿Hacia dónde vamos entonces? Si las sociedades no se dejan transformar por la literatura, y es la literatura la que se encuentra permanentemente cuestionada por sociedades como la de hoy, ¿cómo es posible retornar a un debate sobre literatura y compromiso, sin que parezca que estamos hablando de prehistoria?



