El mes de mayo ha sido históricamente un mes de grandes movilizaciones sociales. Desde el 1 de mayo de 1886 en Chicago, que consagró el Día Internacional de los Trabajadores en homenaje a las víctimas de la represión en la huelga general que reclamó una jornada laboral de ocho horas, hasta el Mayo Francés, en 1968, cuando una cadena de protestas estudiantiles, principalmente universitarias, y posteriormente sindicales se llevaron a cabo en Francia y particularmente en París durante los meses de mayo y junio de ese año.
La serie de protestas espontáneas en Francia fue iniciada por grupos estudiantiles contrarios a la sociedad de consumo, el capitalismo, el imperialismo y el autoritarismo, que en general desautorizaban a organizaciones políticas y sociales de la época, como los partidos, el gobierno, los sindicatos o incluso la propia universidad.
Al movimiento estudiantil inicial pronto se unieron grupos de obreros industriales, los sindicatos y el PC francés aunque con objetivos principalmente laborales, no plenamente coincidentes con los grupos estudiantiles. Ambos movimientos dieron como resultado la mayor revuelta estudiantil y la mayor huelga general de la historia de Francia secundada por más de nueve millones de trabajadores. La crisis de mayo de 1968 en Paris surge al término de una década de prosperidad económica sin precedentes. Sin embargo, el número de desempleados aumentaba de forma notoria, y al empezar 1968 ya eran 500.000 y la juventud se veía particularmente afectada.
Políticamente, la década del 60 vivió una serie de cambios a nivel mundial que llevaron al cuestionamiento del sistema de dominio europeo y, sobre todo, estadounidense sobre los territorios coloniales o recientemente independizados de África, Asia y América. Los años 60 en Francia – al igual que en el resto de occidente – fueron una época de acelerados cambios culturales. La época estaba caracterizada por la aceleración del éxodo rural y el surgimiento de la sociedad de consumo, cada vez más influida por los medios de comunicación que generalizaban la cultura de masas.
Bajo el descontento generalizado una consigna hizo carne en los habitantes de Paris: la imaginación al poder. La proclama invitaba a pensar en nuevas formas de vivir y a cuestionar las estructuras de poder existentes, como una de las consignas más emblemáticas del movimiento de mayo de 1968 que se extendió más allá de Francia y se convirtió en un símbolo de la contracultura y la resistencia juvenil contra el sistema. Nacido en el contexto de las protestas estudiantiles y obreras, el lema reflejaba la búsqueda de un cambio radical en la sociedad, una transformación que iba más allá de la política y se extendía a la cultura, los valores y las relaciones sociales. «La imaginación al poder» se entendía como una llamada a la liberación de la creatividad y la imaginación, para construir un nuevo mundo. La consigna también tenía un significado de empoderamiento, invitando al pueblo a tomar el poder y a resistir contra la opresión y la injusticia.
Y había otras proclamas pidiendo la dimisión presidencial. El resultado fue que el mandatario, Charles De Gaulle, se dirigió al país por la radio anunciando que no dimitirá, al tiempo que disolvió la Asamblea y anunció que convocaría a elecciones en un plazo de 40 días. Tras las elecciones de junio, el gobierno francés reconoció la necesidad de emprender una política de reformas profundas para hacer frente al malestar social existente en el país. El mayo del 68 también provocó una reflexión sobre la naturaleza del poder y la forma en que se ejerce, cuestionando la legitimidad del Estado y los poderes establecidos desde una visión de hombres y mujeres de la cultura.
¿Por qué hoy los artistas no se plantean la toma del poder, o al menos disputarle espacios políticos y culturales? La frase que invitaba a tomar el poder con imaginación se trivializó hasta el punto de que, fuera ya de su contexto, parece sugerir otra cosa: movimiento hippie, protesta lúdica, ecologista y pacifista. Sin embargo, lo que querían decir con ella quienes la escribieron en los muros de la Sorbonne de Paris apenas tiene que ver con pacifismo, protesta lúdica y ambientalismo.
La consigna de por sí creativa surgió de la imaginación de los artistas que acaso hicieran del ejercicio del poder un acto más creativo y menos convencional. Sin embargo, hartos de políticos chatos de espíritu, ignorantones, herederos de fortunas a menudo mal habidas, impávidos asistimos a sus fracasos y los elegimos una y otra vez, en una clarividencia de masoquismo político.
En el otro extremo de los renuentes a aproximarse al poder están los llamados Intelectuales orgánicos que, en la visión de Gramsci son intelectuales coludidos con proyectos políticos en la perspectiva de ejercer el poder. Todo grupo en el poder necesita producir y reproducir su hegemonía -señalaba Gramsci-, y para ello se vale de intelectuales “encargados de elaborar y difundir mediante los más diversos tipos de organizaciones e instituciones las relaciones económicas, jurídicas, políticas, filosóficas, artísticas, científicas, ideológicas y religiosas”. Así identificamos a promotores, opinólogos y reproductores de conceptos, ideas o nociones que buscan perpetuar el sistema de valores ideológicos vigentes.
La libertad creativa
De mis conversaciones con mis estimables amigos artistas, escritores, músicos, pintores o actores, puedo extraer algunas ideas concluyentes acerca del tema. Los artistas e intelectuales no creen en el progresismo que no hace la revolución, puesto que, a vista de la historia y según su percepción, el llamado socialismo del siglo XXI “no ha hecho ninguna revolución social o popular”. Será acaso por eso que no se juegan orgánicamente una carta a fondo, más allá del sufragio secreto por algunos de sus líderes populistas.
Los artistas a menudo necesitan una libertad más especial que las personas con otras actividades. Parece ser que el compromiso del artista va con su libertad de creación y las condiciones favorables que garanticen su quehacer. Y es el Estado la instancia que condiciona dicha libertad. Existe una aparente “guerra fría entre el compromiso del artista y el complejo de un Estado que hasta ahora ve a la actividad cultural como algo ajeno e inútil, a no ser que se convierta en mercancía”. Se ha querido enmarcar al «rol» del arte, por una parte, se encasilla a la cultura en las lógicas productivistas de la llamada «economía naranja», cuyas apariencias utilitarias tienen un impacto también en los imaginarios colectivos. Por otra, existe la pretensión de alinear a la cultura y cooptar a sus creadores para que sostengan un comportamiento obsecuente con determinados proyectos políticos, sin considerar que la política suele ser coyuntural y el arte es trascendental en el tiempo y en el espacio.
¿La libertad creativa exime a los intelectuales de apostolados conservadores o de militancias orgánicas progresistas? Indudablemente no. Esta cuestión está en relación con lo que debemos entender por arte. ¿Qué es el arte? El arte es la respuesta, un gesto esencialmente creacional donde prima la libertad de creación, puesto que “todo creador es inconforme”, por tanto, no admite ser encasillado.
Si el arte es un ejercicio creativo que oscila entre la tradición y la innovación, el lojano Pablo Palacio suele ser un buen ejemplo de claridad teórica y práctica en cuanto al rol del artista en la sociedad. Como escritor de la “vanguardia tardía”, representa la ruptura con las convenciones propias del realismo social ecuatoriano, con una obra literaria que privilegia una perspectiva más subjetiva y psicológica de los personajes.
Esa libertad creativa rupturista no arriesga el valor artístico de la obra, por el contrario, lo sostiene. A propósito del compromiso creativo del arte, Ernesto Che Guevara acuñó una afirmación que engalana los muros de la Revolución Cubana: “la calidad es respeto al pueblo”. La afirmación remite al adeudo estético de la obra con el público receptor, al tiempo que deja claro que “el arte se compromete con el arte, y el comprometido es el autor”.
¿La imaginación en el poder estaría garantizada por la existencia de un Ministerio de Cultura? Indudablemente que no, puesto que dicha institución a la sombra, de una “égida utilitaria, política o mercantil, ha pervivido desde su creación”.
Es hora de replantear no solo el rol del Estado frente a los artistas y gestores sino, además, es preciso revalorar los planteamientos que apuntan a la concepción de cultura, y a partir de entonces sugerir el papel que cada gestor cultural pueda jugar en una movilización estética e ideológica de la sociedad.
Ante la crisis, que es a la postre la forma de ser del país, el desprecio estatal por la cultura no es más que otro capítulo del debilitamiento de lo público, ausencia de derechos culturales, abandono de mecanismos de representatividad política, y soslayo de una participación a través de la cual el llamado “sector cultural” pueda incidir en la vida nacional.
La imaginación en el poder no puede ser otra cosa que el compromiso de calidad de la creación artística con el pueblo, genuino beneficiario del poder de la imaginación.



