Por Felipe Vega de la Cuadra
Allá por los años ochentas del siglo pasado, así nos inquiría, con humor, pero con un regusto desencantado, un querido profesor mío de comunicación social y jefe editorial de diario El Mercurio de Cuenca: José Edmundo Maldonado Samaniego. Lo decía ante la esperanza de que las izquierdas revolucionarias de aquel entonces se pusiesen de acuerdo y presentasen un frente unitario en los procesos electorales, para derrotar a un neoliberalismo que se había apoltronado en el poder político del Ecuador. Su enunciado, demasiado retador y vitriólico, para el entusiasmo escolástico de los púberes militantes comunistas que asistíamos a sus clases, nos hacía dudar de su coherencia política, puesto que trastrocaba el himno de la Unidad Popular chilena que solíamos cantar, casi como un acto de fe y con fervor reverencial, en los mítines y en las calles: aquel de que el pueblo unido, jamás será vencido. El recordado “Loco” Maldonado, a la manera del viejo Sócrates nos empujaba a “parir” la verdad, ejercitando nuestros propios recursos lógicos. Su Mayéutica trataba de arrancarnos de la catequesis que nos había convencido del dogma de la unidad como razón de ser de los partidos revolucionarios y como horizonte de la militancia, sin entender que, las diferencias ideológicas en el abanico de las izquierdas, no solo eran profundas, sino que, a veces, irreconciliables.
Para unos revolucionarios, los socialistas eran socialdemócratas; para otros, los comunistas eran “cabezones”, revisionistas; para los “cabezones”, los trostkistas eran traidores y facciosos; y, para casi todos, los “chinos”, que apelaban, primero al maoísmo y luego al pensamiento de Enver Hoxha (el líder del partido comunista de Albania), no eran otra cosa que agentes de la CIA. Veníamos de haber contemplado el gobierno socialista de Salvador Allende en Chile, donde la otra izquierda se mantuvo al margen de los paros que precipitaron su derrota; del fusilamiento del poeta Roque Dalton en El Salvador, acusado por el maoísmo de ser “pequeño burgués”, del desprecio del MPD a la revolución cubana que se debatía entre el bloqueo y la necesidad de su subsistencia.
En fin, la imposible reconciliación de las militancias revolucionarias, atrapadas en sus doctrinas exclusivas, fue rebasada por el protagonismo de un movimiento social que, deviniendo de la comunidades eclesiales de base, dejó a la izquierda en la retaguardia de los procesos políticos en el Ecuador: este fue el movimiento indígena y campesino, que se construía con levantamientos y una presencia atemorizadora (para la población blanca y mestiza) en las calles y plazas de las ciudades serranas; mientras otros partidos, del centro político, se apropiaban del anhelo popular: por ejemplo CFP, Izquierda Democrática y Roldosismo, alcanzando las administraciones públicas.
Para el inicio del nuevo siglo, una corriente distinta se presentó como catalizadora de todas las esperanzas de las izquierdas y de los movimientos sociales: el progresismo que, sacando al centro y a la derecha política del poder (bajo el lema de “que se vayan todos”) propuso y concretó una agenda contra neoliberal que alcanzó soberanía, desarrollo y equidad en el país, pero que no satisfizo algunas de las eternas expectativas de la izquierda (como hacer la revolución socialista) o las visiones sectoriales del movimiento indígena sobre la tierra y la explotación de recursos minerales en sus territorios. En varias naciones latinoamericanas el progresismo accedió al poder, primero en Venezuela y en Argentina; luego en Ecuador y también en Brasil, Bolivia y otros más. Por supuesto, de entrada y de estreno, en nuestro Ecuador, toda la izquierda y los movimientos sociales se sumaron al gobierno de Alianza País (que hoy ha devenido, luego de soportar el ataque sistemático de la institucionalidad recuperada por el neoliberalismo, en la Revolución Ciudadana). Conocemos lo que ha sucedido en los últimos siete años y en los tres gobiernos anti progresistas que hemos tenido; arribando al 2024 con un panorama algo similar al que vivíamos en los años ochenta: 1) El neoliberalismo apropiado del gobierno. 2) Un potente movimiento social, la CONAIE, que aglutina a indígenas, campesinos y pobladores; y que, si bien se encuentra inmerso en discrepancias internas, al parecer no llegaría a desintegrarse, ni a tener aquello como futuro posible. 3) Un enorme movimiento político, la Revolución Ciudadana, representando al anhelo popular y al progresismo. 4) Las mismas izquierdas (incluido PACHACÚTIK, brazo político del movimiento indígena) divididas ellas, irreconciliables y maltratadas, al haber pactado, servido y apoyado, en ocasiones con descaro, a la más ultrista derecha neoliberal.
¿Es posible la unidad…? Tal vez sí, digamos que se vuelven posibles dos versiones de unidad: la una, la que proclama Pedro Granja y el ex MPD (unidad de los que supuestamente no han gobernado, unidad sin la Revolución Ciudadana, unidad de los “puros” y catecúmenos revolucionarios ―aunque no lo sean―), unidad que dejará al margen de las opciones electorales, otra vez y como siempre, a los supuestos “revolucionarios de izquierda” en reedición interminable de sus contradicciones; y, la unidad del progresismo con el movimiento social, indígena y campesino (no olvidemos que la mesa de unidad fue convocado por decenas de organizaciones sociales) que pone a aquella convergencia ante un muy posible triunfo electoral.
De todas formas y cuarenta años después sigue vigente la pregunta de mi profesor de Periodismo de la Opinión: ¿La unidad dejará sin su partida de bautizo y su razón de ser a las izquierdas que se han bajado de la mesa…? Habrá que ver si la historia se repite.



