Francisco descansa en su última morada en la basílica de Santa María la Mayor en Roma, en un ataúd de madera vista con un féretro de zing en su interior, solo engalanado con la tela roja simbólica del Vaticano, cuyo significado es la pasión y la sangre de Cristo y su voluntad de sacrificarse, usque ad sanguinis effusionem, hasta derramar su propia sangre. En el interior de la urna, su cuerpo vestido con la mitra de obispo, lo acompaña el Palio del Papa, monedas y medallas acuñadas durante su pontificado y un Rogito, o Escritura, que resume su vida y su papado. El propio Francisco eligió este atuendo funerario, dejando atrás los tradicionales tres ataúdes de ciprés, plomo y roble en exequias papales anteriores. Un séquito de cuarenta personas, compuesto por pobres, presos y transexuales, entre otros, esperaba el féretro papal para conducirlo hasta su morada eterna.
Ahora su humanidad habita una tumba sencilla en la Basílica dedica a la Virgen María, la misma donde Francisco residió en vida. Es una iglesia romana que conserva la planta estrictamente basilical y la estructura paleocristiana primitiva, el alzado con algunos cambios posteriores al terremoto de 1348, es el templo romano más importante dedicado al culto mariano.
Una vida en austeridad
Jorge Bergoglio, en su vida cotidiana vivía también en la sencillez de un hombre austero, no usaba teléfono celular, dormía seis horas por noche y media hora de siestas después de almorzar una comida casera de origen argentino con la cual evocaba su infancia en el barrio bonaerense de Flores donde nació. Degustaba colita de cuadril, un clásico de carnes gauchas, empanadas, pizza con fainá y huevo argentino, alfajores de hojaldre y dulce de leche. Sus comidas eran un gesto de comunión con los otros comensales.
Toda la vida de Francisco fue un culto a la austeridad, consagrada en su ideario de justicia social que inculcó a la Iglesia como líder de más de mil quinientos millones de fieles en el mundo. Un planeta agobiado por el pecado social de la miseria bajo la hegemonía de potencias que buscan conservar el capitalismo salvaje contra el cual el Papa Francisco se pronunció en frecuentes alusiones.
Hoy la Iglesia católica apostólica romana tiene el reto de continuar el legado de Francisco y su militancia pastoral por los condenados de la tierra. De no hacerlo ahondará el sisma con pueblos vilipendiados de la humanidad, o en su defecto, volver a los orígenes del mito cristiano de peregrinar con Jesús y emprender un viaje para profundizar en la fe, siguiendo su derrotero. En aquel sendero, conmueve el ejemplo de Francisco, camino, luz y vida de los reivindicados en su mensaje de justicia y humildad.
Su plegaria cotidiana así lo consagra: “La vida pasa en un abrir y cerra de ojos, un día somos niños soñando con crecer, y al siguiente, adultos deseando volver atrás, nos obsesionamos con el futuro sin darnos cuenta de que el presente es lo único real, nos preocupamos por lo que no tenemos sin valorar lo que ya es nuestro, corremos tras el éxito olvidando que la verdadera riqueza está en los momentos, en las risas compartidas, en el abrazo de quienes amamos. ¿Cuántas veces nos detenemos a sentir el sol en la piel, a escuchar de verdad a alguien sin prisas, a decir te quiero sin miedo? Si la vida es un suspiro ¿por qué vivirla conteniendo la respiración? Quizás la verdadera sabiduría no está en saber más sino en sentir más, en amar más, en estar más presentes hoy. Haz una pausa, mira alrededor, respira hondo porque este instante nunca volverá”.
No, ante su última morada no hay pesar. Prevalecen sus palabras de aliento: “Si un día la tristeza te hace una invitación dile que ya tienes un compromiso con la alegría, y que le serás fiel toda la vida”.
Descansa en paz, peregrino de la vida.



