Por Leonardo Parrini
Diversos estudiosos del fenómeno social han señalado que no se puede entender el rol histórico de la izquierda, sin identificar el papel que juega la derecha política en la defensa del sistema capitalista. En esa perspectiva, el historiador Juan Paz y Miño apunta a que las repúblicas surgidas tras los procesos independentistas “construyeron Estados oligárquicos, en los cuales las familias de las endogámicas élites de terratenientes, comerciantes y banqueros que controlaron el poder político en los diferentes países, reprodujeron las mismas condiciones laborales heredadas de la colonia”.
Bien se puede colegir entonces que en momentos de la creación del Estado oligárquico se inaugura en el poder una clase social que ostentará los privilegios políticos y económicos de su época como dueños de los medios de producción y de comunicación, echando las bases de las instituciones excluyentes que nos han gobernado desde la colonia. En esa circunstancia tiene origen un forcejeo por implementar leyes laborales y los derechos de los trabajadores que pongan límites “al insaciable apetito de acumulación de los propietarios del capital, que se alimenta más cuando los trabajadores y sus familias quedan sometidos a infames condiciones de vida”.
En ignorancia de la historia económica y social del capitalismo y de América Latina, neoliberales, anarco capitalistas y empresarios se ven representados por ideologías y gobiernos surgidos bajo sus consignas. Las mismas que declaran entre sus enemigos a los impuestos, a los derechos laborales y al Estado, considerados un estorbo para la “libertad económica”, como puntualiza Paz y Miño, además de los derechos ambientales, movimientos sociales y reivindicaciones populares.
En este contexto es preciso entender los roles que la izquierda juega y ha jugado frente al poder. Uno de esos roles, que en lo inmediato identifica a la izquierda es la lucha contra la escandalosa miseria, pobreza y explotación laboral y social que se extendieron durante toda la vida de los Estados republicanos. Situación social precaria que se relaciona directamente con la negación al pago de los impuestos que va de la mano con el impedimento de políticas sociales, puesto que se carece de recursos para implementarlas. En tal sentido, no es difícil identificar las causas de las estadísticas y estudios internacionales que comprueban “el agravamiento de la pobreza, la expansión de la miseria, el derrumbe del trabajo, el crecimiento de la informalidad y de la emigración, la explosión del crimen organizado”.
Paz y Miño se pregunta por qué tienen las oligarquías como enemigo al Estado, a tal punto que los anarco-capitalistas piensan en su desaparición. No obstante que Ecuador sirve de radical ejemplo de cómo el “Estado mínimo”, concebido durante el siglo XIX y mantenido por el Estado oligárquico hasta bien entrado el siglo XX, hizo del país uno de los más atrasados de América Latina y del mundo, bajo una ideología de “libertad económica” que poco o nada aportó al desarrollo económico y al bienestar de la región latinoamericana.
En la actualidad, prueba del menoscabo del Estado y su ideología de la miseria, el mandatario argentino, Milei, define su misión como librar la “batalla ideológica para que las ideas de la libertad adquieran verdadera hegemonía global”. Esta sola concurrencia y el despertar de las ultraderechas en la región, define la lucha social en América Latina que forma parte de la tarea por desmontar las propuestas de esta ideología.
Qué hace y deja de hacer la izquierda
Definiendo las tareas pendientes en las izquierdas de la región, reducto natural de la tendencia en el mundo, el politico Pablo Iglesias en entrevista con el medio digital Canal Once, se plantea que “la clave para la izquierda no es una oferta electoral, sino su capacidad de comunicar”. Consecuentemente, la izquierda no puede seguir olvidando que la batalla política no es una batalla por las políticas públicas que se ofrecen, sino una batalla ideológica por los relatos que son condición de las políticas públicas y eso tiene relación con el poder mediático de la izquierda. Iglesias recuerda que si la izquierda no es capaz de equilibrar la correlación de fuerzas no tiene nada que hacer. Riesgo que genera una polémica en la región, cuando un sector de la izquierda reconoce que no está dando la batalla ideológica y otro sector le responde: nosotros no estamos acá para da una batalla ideológica sino para mejorar la vida de la gente.
No obstante, surgen los primeros escollos cuando la derecha latinoamericana ha convencido a la gente de que los impuestos son malos, la izquierda tiene las manos atadas para hacer políticas públicas de distribución de la riqueza. Así, sucesivamente, izquierda y derecha terminan uniéndose en una misma práctica. Prueba de ello es que la izquierda tiene en el siglo XXI, como parte de su narrativa, la democracia y la convivencia con el libre mercado.
Iglesias recuerda que la izquierda debe aplicar “un modelo que supere al capitalismo, definido como uno de los grandes males de la humanidad, que condena al planeta al colapso económico”. Sin embargo, “es una ingenuidad pensar que en el ámbito del Estado se puede desafiar al capitalismo”. Visto así, la izquierda tiene que ser capaz ideológicamente de armar una alternativa a lo que representa el capitalismo, y al mismo tiempo superar la contradicción que supone estar organizada y que a medida en que es democrática aspira a competir en procesos electorales que dan acceso a un limitado ámbito administrativo en el Estado.
En la dinámica de forcejeo por las políticas públicas la derecha se descompone y quiere destruir la democracia cada vez que no le funcionan las elecciones, mientras la izquierda suele aparecer como la más respetuosa de las formas de la democracia formal. Sin embargo, esta moderación desdibuja a la izquierda tratando de defender las libertades de identidad nada más y teniendo las mismas creencias de la derecha en economía. Todos los gobiernos de la llamada izquierda del siglo XXI, han dejado intactos los aparatos productivos de los países donde han gobernado y en muchos de ellos los millonarios, empresarios y banqueros, multiplicaron sus fortunas.
Iglesias regresa hacer una doble crítica a las izquierdas, una a los izquierdistas que piensan que la radicalización política se puede definir por la radicalidad de sus palabras y que en lo declarativo está la definición política de un actor. Otra crítica es para algunos que se ven más sofisticados y que piensan que la política es un mercado de demanda, y hay que acercarse al centro o a la oferta socialdemócrata para tener más éxito electoral. Es hora de que la izquierda asuma algo que la derecha ha entendido mejor, que la política es un terreno de disputa ideológica y que para disputar ese terreno es fundamental contar con proteínas ideológicas propias y no adaptarse a lo que piensa mucha gente.
Esta es una tarea que demanda esfuerzos en el ámbito de las luchas comunicacional y judicial. La izquierda debe tener sus propios medios de comunicación, porque la política es la expresión de una correlación de fuerza y si se piensa que los sistemas democráticos son absolutamente justos, pues no lo son. Si bien los sistemas demoliberales son los sistemas políticos más aceptables y preferibles para la izquierda, pero la clave de un sistema político es que establezca las reglas de combate por el poder. La obtención del poder es un proceso que implica algo más que presentarse a elecciones. El poder es inherente a quiénes son los dueños de los medios de comunicación y sus editorialistas, reporteros y voceros, cuál es el poder ideológico dominante en el poder judicial, cuál es la ideología de los militares y la policía y del empresariado de un país. La principal razón porque la derecha acepta los sistemas democráticos es porque sabe que tiene la base del poder, que ellos no van a perder las elecciones y controlan los medios de comunicación y controlan a los jueces. La derecha cuando pierde las elecciones deja de ser demócrata, Chile y Venezuela, Perú, Ecuador, entre otros países, son botones de muestra. Cuando gana, como en el caso argentino, aplica como Milei doctrinas sectarias e inviables en términos económicos pero que han tenido mucho éxito ideológico que, sin embargo, no han resuelto los problemas de los argentinos y que será muy difícil revertir.
No es menos complejo entender el rol de la izquierda. Mientras la derecha actúa políticamente con la razón de la fuerza durante los golpes de Estado que ha organizado, mostrando mecanismos como el papel de los medios de comunicación, del empresariado y el papel de las autoridades judiciales que pueden dar apariencia de legalidad y legitimar movimientos que son claramente golpistas, la izquierda tiene que asumir la defensa de una democracia formal y desmoviliza a sus fuerzas.
Distanciarse de las posturas del adversario no es solo cuestión de identidad, sino de responsabilidad y consecuencia política. La izquierda y la derecha unidas no van a ninguna parte que no sea hacia donde la derecha señala el camino.



