Por C.I Vigletti.
A estas alturas, negar que vivimos una guerra de la percepción sería ingenuo. El Ecuador está siendo sometido a una ofensiva comunicacional sin precedentes: la campaña del “Sí” —con su empapelamiento masivo, su tono mesiánico y su insistencia en el cambio— no busca informar, sino condicionar emocionalmente al votante.
Lo que se juega en las urnas del 16 de noviembre no es una simple consulta: es la continuidad o la fractura de la República.
El gobierno ha sabido manejar el lenguaje del espectáculo político. Cada cartel, cada video, cada tuit presidencial forma parte de una coreografía diseñada para reemplazar la reflexión por la sensación de inevitabilidad. Y mientras tanto, el Consejo Nacional Electoral mira hacia otro lado, tolerando campañas anticipadas y el uso de recursos públicos, en abierta contradicción con el Código de la Democracia. No se trata de omisión, sino de una forma sofisticada de cooptación institucional. El árbitro, como en los malos partidos, parece jugar para un solo equipo.
En paralelo, la violencia y el crimen baten récords, el costo de vida sube, y el IESS se tambalea bajo el peso del abandono y la tentación privatizadora. Pero la propaganda no habla de eso; ofrece espejismos: “menos políticos”, “más seguridad”, “una nueva Constitución”. En realidad, lo que se oculta tras esa retórica es un rediseño neoliberal del Estado, un traslado progresivo de las funciones públicas hacia los grupos económicos y financieros. El pueblo, noble y fatigado, es el terreno fértil de esa siembra del miedo.
Las cuatro preguntas son, en apariencia, técnicas. Pero cada una encierra un golpe de profundidad. Permitir bases militares extranjeras —aunque se las maquille de “cooperación”— significaría renunciar a un siglo de soberanía duramente ganada. Reducir el número de asambleístas podría sonar a eficiencia, pero implicaría silenciar las voces pequeñas del país diverso. Eliminar el financiamiento público de los partidos no eliminaría la corrupción, sino que entregaría la política al dinero privado. Y la Constituyente, la “joya” de la consulta, es el caballo de Troya que abre la puerta a un poder sin contrapesos.
Lo más grave no es solo la intención, sino la forma. Esta campaña —aceitada, emotiva, total— es un laboratorio de manipulación perceptiva. Apela a la psicología del miedo y del hartazgo: si no dices “sí”, eres parte del pasado; si dudas, eres cómplice del caos. Se construye así un falso consenso, una ilusión de mayoría que oprime a la conciencia crítica.
Y sin embargo, hay una corriente subterránea que resiste. En los barrios, en las redes, en los cafés universitarios, el “No” empieza a pronunciarse como un acto de defensa del alma nacional. No es un no de rechazo, sino de lucidez: no a la entrega del país, no a la manipulación, no a la mentira decorada de modernidad.
Es el momento de pensar. Mujeres, jóvenes, trabajadores, jubilados: cada voto será una declaración ética. No se trata de nostalgia, sino de futuro. Porque un país que entrega su soberanía, su seguridad social y su Constitución en nombre del “cambio”, no cambia: se entrega.
El Ecuador merece una transformación real, pero basada en la razón y la justicia, no en la propaganda ni en el miedo.
Que nadie olvide: los caballos de Troya entran de noche, cuando la ciudad duerme.



