Por L. Parrini
Todo parece previsible en la vida, menos un terremoto. Frente a una catástrofe de esa naturaleza lo único que podemos prever son las medidas que adoptaremos para prevenirla, sin saber cómo y cuando ocurrirá la debacle. Por algo ha de ser que el hombre es la naturaleza que toma consciencia de sí misma, pero no para sí misma.
Muestra de la imprevisión de una tragedia la historia registra el mega terremoto de la ciudad de Valdivia, al sur de Chile, que tuvo lugar a las 15.11 hora local del domingo 22 de mayo de 1960. Conocido como el gran terremoto de Chile el movimiento telúrico tuvo epicentro en Traiguén, Araucanía, y tuvo una magnitud de 9,5 Mw. con una duración de 10 minutos, siendo el más potente registrado instrumentalmente en Chile y en la historia de la humanidad. El sismo fue percibido a nivel planetario y produjo una serie de maremotos, cuyo alcance se extendió a diversas localidades a lo largo del océano Pacifico. Se estima que esta catástrofe natural costó la vida de entre 1.655 y 2.000 personas, y dejó damnificados a más de 2 millones de habitantes.
Chile se ubica a lo largo de una zona de alta sismicidad conocida como el «Cinturón de fuego del Pacífico”. Esto es producto del choque tectónico entre la placa de Nazca y las placas Sudamericana y de Chiloé. Al mismo tiempo ocurre la subducción de la primera bajo ambas placas continentales. La energía que se produce debido a la tensión entre estas placas se puede acumular para manifestarse en grandes movimientos telúricos. Estas características geológicas hacen que Chile sea catalogado como el país sísmicamente más activo del mundo. Fuera de Chile, el país más afectado por un maremoto que tuvo jugar luego del terremoto de 1960 fue Japón, donde 139 personas perdieron la vida producto de olas superiores a los 6 metros.
Japón presenta una característica sísmica similar a la de Chile. La fosa de Japón es una de las causas de los tsunamis y los terremotos en Japón. Desde 1973 se han registrado por lo menos nueve terremotos de una magnitud significativa. El terremoto y tsunami de Japón de 2011, conocido en ese país como el gran terremoto de Japón oriental, fue un terremoto de magnitud Mw 9,1 generando un tsunami con una altura máxima de aproximadamente 37,9 m. en Miyako, y ocurrió el viernes 11 de marzo a las 14:46, hora local.
Antecedentes del tipo de desastre telúrico que se podía producir, ya se conocían; ya que está descrito en un terremoto ocurrido el 16 de diciembre de 1575 en Chile. No obstante, la frecuencia de terremotos, estudios actuales indican que cataclismos similares al de 1575, denominados «gigantes», tienen un patrón previsible de ocurrencia cercano a los 300 años y han provocado cambios drásticos en la estructura de la Tierra.
Los orígenes de los terremotos suelen ser, entre los más comunes, por actividad de fallas geológicas. También pueden ocurrir por otras causas, como, por ejemplo: fricción en el borde de placas tectónicas, procesos volcánicos, impactos de asteroides o de cualquier objeto celeste de gran tamaño. O incluso pueden ser producidos por el ser humano al realizar detonaciones nucleares subterráneas.
En definitiva, los sismos se producen puesto que la estructura de la Tierra no es enteramente sólida sino fluida con movimientos constantes, formada por capas esféricas concéntricas: una corteza sólida de silicatos exterior, una astenosfera y un manto altamente viscosos, un núcleo externo líquido mucho menos viscoso que el manto y un núcleo interno sólido.
En ocho meses de 2026, el planeta registra 11 terremotos. En lo que va del año 2026 se han producido terremotos en Indonesia, Filipinas, Venezuela, Colombia y Perú de magnitud superior a los 7 grados. Los expertos explican que las placas tectónicas se encuentran en movimiento permanente y liberan periódicamente la tensión acumulada. Por eso, terremotos ocurridos con pocos días de diferencia y en distintos continentes no necesariamente tienen relación entre sí.
Catástrofes naturales y tragedias políticas
Por coincidencia o incidencia, los terremotos siendo catástrofes naturales han cursado con tragedias sociales o cuando la naturaleza recibe mal un acontecimiento político. Tal fue el caso en el terremoto de Las Melosas de 1958 que, en realidad, fue una sucesión de tres sismos que se produjeron en 6 minutos en la localidad del Cajón del Maipo en Chile. El mayor movimiento tuvo una magnitud de 7,0 en la escala de Richter. Ese día se elegía presidente de Chile el candidato derechista Jorge Alessandri que inauguraba su periodo con una catástrofe de gran magnitud y con el rechazo popular ante las insuficientes medidas oficiales adoptadas frente a la tragedia.
Similar situación ocurrió recientemente en Colombia una semana después de resultar electo el candidato derechista, Abelardo de la Espriella, considerado un defensor jurídico de narcotraficantes y delincuentes organizados. El terremoto que recibió al nuevo mandatario en Colombia ocurrió la mañana del 10 de agosto del presente año en el occidente del país, y tuvo una magnitud de 7,4 grados estableciendo una agenda urgente de atención gubernamental, no obstante, el gobierno se dedicó a repartir balones de fútbol entre los damnificados, situación que le significó severas críticas populares al flamante mandatario.
Las tragedias, por lo general, dejan al descubierto las contradicciones humanas con los consecuentes conflictos de clase provocados por la exclusión, los privilegios y las indolencias sociales, como si la vida no fuera lo suficientemente discriminatoria que la muerte también tenga que serlo.
Lo previsible frente a las tragedias debe ser el cuidado de la vida humana. La capacidad del Estado como organización social de autoprotección y precaución de los ciudadanos bajo su tutelaje. Pero el Estado en manos de grupos privados solo salvaguarda intereses privados, indiferente e indolente ante el drama ajeno.
La previsión ante una tragedia no solo es antelación a los hechos, es esencialmente un gesto de sensibilidad social que satisface un derecho popular a través de políticas públicas, lo demás es paternalismo tardío. Caso contrario, la confirmación de que el hombre puede ser la naturaleza que toma consciencia de sí misma para su propia integridad.
Foto El Comercio



