Por L.Parrini
No voy hablar de años religiosos. Años jubilares también suelen ser aquellos que se viven bajo esa condición llamada Jubilación, proceso de poner fin a la vida laboral de un trabajador por edad o incapacidad. El término proviene de la raíz de júbilo, del latín jubilare -lanzar gritos de alegría-, un cese del trabajo como etapa festiva y feliz. También está asociado al jubileo, festividad bíblica celebrada cada 50 años, porque la jubiación se daba tras medio siglo de servicio.
En Ecuador actual para jubilarse se exige mínimo 60 años de edad y 30 de aportes al Estado. Tras lo cual, la sociedad aparenta brindar un beneficio al jubilado: así entendido, jubilar es dispensar a alguien con una pensión por razones de su edad o decrepitud. Pero ese beneficio no es tal cuando la jubilación implica quedarse al margen de una existencia segura. El Estado en manos de gobiernos indolentes pretende aumentar la edad mínima para jubilar al trabajador, además de los pujos privatizadores de las autoridades a la Seguridad Social, adicional a la incertidumbre de si el próximo mes existirán recursos estatales, (7.000 millones de dólares), para cubrir las pensiones de 785.473 jubilados que hay en el país, según registros del IESS, de los cuales medio millón son por vejez.
Jubilación o renuncia
No siempre la jubilación significa júbilo, puesto que todo final de una etapa en la vida es una pérdida, para unos es un vacío, pérdida de identidad, aislamiento. Para otros, jubilarse es una etapa vital, cuyo sinónimo parece ser renunciación. Jubilarse es renunciar. Muchos renuncian para jubilarse. Y otros tantos se jubilan y renuncian a sí mismos, a su futuro, a su existencia, a la vida misma.
Por lo general la jubilación coincide con esa edad avanzada en la que comenzamos a arrastrar deberes del pasado, a seguir comprometidos con obligaciones ya cumplidas a las cuales nos negamos a renunciar: el cuidado de la familia, la correspondencia conyugal, la protección a los hijos, en fin, la vigilancia de todo aquello que nos dice amar y amamos, en consecuencia.
Sin embargo que el amor hace ya mucho tiempo dejó de ser un deber. Un deber ser que para Cortázar es una fuerza espontánea, a menudo fatalista, definida por el gran cronopio como “un rayo que te parte los huesos”. Una fueza que no se elige “que nos elige” y transforma.
La jubilación también da cuenta del amor, el jubilado por lo general renuncia a amarse con amor propio y amar con sentido de pareja, y su fuego se apaga como la llama de un cirio que se extingue. Entonces la jubilación viene unida a la pérdida de interés por las circunstancias del entorno, el acontecer diario, las personas que nos rodean, los hechos que antes nos importaban. Eso significa que a cierta edad se acabaron los propósitos que nos obligaban en la vida. Enfrentamos una rutina que ahora nos produce vacío existencial. Y el error del anciano es que pretende enjuiciar el hoy con el criterio de ayer, decía Epicteto.
¿Entonces, cómo llenar ese vacío? La respuesta está en buscar un propósito que nazca desde uno mismo. Ese es el propósito que da una razón de ser a la vida jubilar. La interrogante es: ¿Qué hacer con el tiempo que nos queda?: Pues, sin duda, algo que nos haga vibrar el alma, viajar, escribir un diario, leer libros escritos por otros, pasear una mascota, cultivar las plantas del jardín, extasiarnos ante un crepúsculo, oír toda música que compusieron los grandes genios.
Un propósito que debe ser concreto, simple, que genere acciones diarias, hacer rituales cotidianos que tengan que ver con el propósito: llevar una vitacora, por ejemplo, para conservar la memoria, un propósito que brinde identidad y sentido a la vida cuando todo lo demás es caos. No resignar la existencia a alimentar palomas sentados en la Plaza Mayor.
Las circunstancias externas ya no deben influir malignamente nuestro fuero interior, sino vivir con la naturaleza esencial de sí mismos, solo así se alcanza una libertad que nadie nos puede arrebatar. Eso enseña a relacionarme con mi ser: a no ser implacable, ser compasivo conmigo mismo. Ver en el espejo a un ser humano completo, lleno de historia y dignidad. No ver a quien espera el final. Desoir la voz del capitalismo salvaje que nos obliga a ver al ser humano como una máquina que pierde valor cuando envejece. No prestar oidos a una sociedad enferma que valora a las personas por su productividad y apariencia física.
En los años jubilares necesitamos brindar propósitos a nuestros días. Jubilar no tiene que implicar renunciación, sino un nuevo sentido en función propia que nos haga renunciar, eso sí, a todo aquello que nos provoca renunciar en la vida.
Fotografía Radio Pichincha



