Por Pablo Salgado J.
Es la cantora viva más importante de nuestra América. Figura imprescindible de la música afro-peruana; es la raíz y el alma de los pueblos de nuestro continente. Investigadora, compositora, cantante y promotora. Y la más galardonada y reconocida. Fue, además, ministra de Cultura del Perú y Presidenta de la Comisión Interamericana de Cultura de la OEA. Es Susana Esther Baca de la Colina. A sus 82 años sigue viajando y cantando. Llegó a Quito para ser parte del Festival Ecuador Jazz, que cada año organiza la Fundación del Teatro Nacional Sucre.
A Susana Baca, la conocí personalmente una noche de 2012 en Lima, en casa de Diego Ribadeneira, entonces Embajador de Ecuador en Perú. Digo personalmente, porque sus canciones y su cálida voz ya las conocía a través de su amplia discografía. Recuerdo el Cd Lamento Negro, que lo compré precisamente en el aeropuerto de Lima, cuando ganó su primer Grammy Latino, allá por 2002. Luego ganaría dos Grammys más, y acumularía numerosos premios, medallas, condecoraciones y reconocimientos.
Aquella fue una velada extraordinaria -junto a otros músicos y escritores- ya que Susana no solo nos platicó sobre su vida musical e interpretó varias canciones, sino que en esas conversaciones nació un proyecto para juntar a los músicos afrodescendientes de los dos países. Proyecto que se concretaría poco después cuando se editó el álbum De la misma sangre. Un precioso trabajo musical, producido por el sociólogo Ricardo Pereira (esposo de Susana) y que juntó a dos de nuestros mayores patrimonios sonoros: Susana Baca y el gran Papá Roncón. Además de las Tres Marías, Shubert Ganchoso, la Banda Mocha y Lindberg Valencia, por Ecuador; y por Perú: Ernesto Hermoza, María Elena Pacheco, Oscar Guaranga, entre otros.

Así es Susana Baca, de una voluntad inquebrantable forjada a partir del dolor y la discriminación. Nunca olvida cuando aún siendo muy joven, participó en las audiciones de su colegio para formar el conjunto de baile. No fue admitida. Ninguna niña negra fue admitida. Y le causó un profundo dolor, que cuando llegó a casa se echó a llorar en brazos de su madre, quien la consoló y le dijo: “No llores, hija. Esa profesora está equivocada.” Una frase que le ha acompañado el resto de su vida. Y que le permitió entender que la música sería, precisamente, el vehículo a través del cual lucharía contra la discriminación y el racismo.
No fue fácil esa lucha. Pero al talento innato del canto le añadió una gran tenacidad y terquedad. Conoció a Chabuca Granda, que era la cantante y compositora a quien admiraba. Y la conoció a través del escritor Eduardo González Viaña, quien la llevó a casa de la gran Chabuca. Tímidamente, cantó una de las canciones. Y Chabuca, le dijo: “Nunca dejes de cantar.” Y no solo eso, sino que le abrió las puertas de su casa, para que Susana pueda ir a leer y, sobre todo, a escuchar música; pues en su casa, Susana no tenía ni libros ni tocadiscos. Así, cuando Chabuca emprendía sus giras, Susana todos los días estaba en esa casa, leyendo y escuchando música: “Fue como una madre, y mi mejor amiga,” nos dice Susana, con unas gotas de agradecimiento en sus ojos.
La trayectoria
Creció en el popular barrio de Chorrillos, en Lima, y fue feliz. Su madre bailaba y su padre tocaba la guitarra, por lo que las reuniones familiares siempre eran una fiesta; sonaban los cantos, el ritmo único de los cajones, y las mujeres mayores bailaban zamacueca. Y la pequeña Susana, abría sus ojos para, por una rendija, mirar ese baile. Y la música le llenaba el corazón. Y ahí nació su apego y su profundo amor por el canto. De ahí que, en el colegio, era la primera en animar las celebraciones estudiantiles, cantaba y bailaba. Y entonces sucedió el episodio del colegio. Y fue su primer gran choque con una sociedad que oprimía y discriminaba. Así, con dolor descubrió y comprendió la negritud.
Luego, ingresó a la Universidad de La Cantuta, y se graduó como maestra. Esa misma universidad en la que los militares peruanos masacraron a decenas de estudiantes y profesores, hecho que marcó profundamente a Susana, de ahí que nunca tuvo miedo de protestar y decir lo que piensa. Ejerció de maestra en varias ciudades de la sierra, y ahí aprendió a amar a la gente, sencilla y honesta, de ese Perú abandonado y explotado por terratenientes inescrupulosos y por políticos bandidos.
Susana empezó cantando a los poetas. Textos de poetas que musicalizaba. Poetas de varios países, hasta que la propia Chabuca le sugiere que lo haga también con los poetas peruanos. Así le llega un texto de César Calvo, María Landó, que Chabuca le puso música pero que Susana le añadió un coro. Y es uno de los temas más icónicos de su repertorio.
Cuando David Byrne visitó Perú, se juntó con Susana, quien lo invitó a su casa, y le cantó María Landó que a David le fascinó, tanto que se propuso publicar un disco con canciones afro-peruanas. Y lo hizo, en 1995: El alma del Perú negro, en el que incluyó María Landó. Byrne no solo impulsó a nivel global a Susana Baca, sino que han compartido escenario y, sobre todo, una profunda amistad.
Pero su legado va mucho más allá del canto y la promoción de la cultura negra, también ha contribuido a la investigación y preservación del patrimonio sonoro del pueblo afrodescendiente. Durante once años se dedicó a recorrer los pueblos remotos de la costa recopilando canciones, documentos e historias. El resultado lo publicó en el libro Del fuego y del agua, que apareció en 1992. Y luego, con Ricardo, crearon el Centro Cultural Afroperuano, para preservar la memoria, promover la cultura afro y apoyar a los jóvenes músicos, pues también dispone de un estudio de grabación.
Su relación con el Ecuador viene de lejos, no solo por la producción de aquel álbum con Papá Roncón, a quien Susana tanto admiraba, sino porque siempre creyó que era necesario restablecer y curar aquellas heridas causadas por las estúpidas guerras de frontera entre dos pueblos hermanos. “La producción de ese disco se prolongó, porque cada vez que escuchábamos lo que habíamos grabado, nos poníamos a bailar,” recuerda hoy Susana. Lo grabaron en Esmeraldas, Guayaquil y El Chota; Lima y Cañete.
Ecuador siempre la acogió con enorme cariño. Sus conciertos son siempre a teatro lleno. Y en esta ocasión no fue la excepción; llegó para ser parte del Festival Ecuador Jazz, con su concierto Maestra Vida. Pero, ¿qué tiene que ver la música de Susana con el jazz?, me preguntan apenas se publica el afiche promocional. Y respondo: ¿acaso el jazz no nació en las comunidades negras norteamericanas que luchaban por sus derechos y libertades? Y acaso, ¿la música afrodescendiente del Caribe y del Pacífico Sur, no han aportado tanto al desarrollo y crecimiento del jazz y de otros géneros, al punto que muchos lo denominan Latin jazz? Además, Susana Baca se ha ganado el derecho a presentarse en el festival que le dé la gana. Y siempre será un éxito.
El reencuentro
Nos reencontramos en Quito. Y es una alegría enorme verla, tan alegre y vital, como siempre, sobre todo después de haber superado, hace dos años, una enfermedad que la mantuvo internada en un hospital, al borde de la muerte. Luce espléndida. Lleva un taje gris y una bufanda violeta, a juego con sus aretes, y el mechón de su cabello. Abrazo a Susana, y también a Ricardo, su representante y compañero de casi toda la vida. Susana no oculta su preocupación, e indignación, por lo que sucede con los gobiernos neoliberales de la región: “Lo veo también en mi país, recortar presupuestos como primera tentativa, para ir cerrando estos espacios culturales. Y también en eliminar el presupuesto para la Universidad de Bellas Artes, los jóvenes que quieren ser artistas, no van a poder continuar estudiando. Hay esta tentativa y ejecución también de recortar la cultura, de eliminar las expresiones culturales, cuando nuestros pueblos son conocidos por su cultura. El Perú es reconocido por sus centros arqueólogicos, y por su cultura viva, en los poetas y cantores.”
Susana se sorprende, e indigna, cuando le digo que en Ecuador se eliminó el Ministerio de Cultura: “Es un agravio para nuestros pueblos. Yo no estaba enterada que habían eliminado el Ministerio. Como es posible que, en un país con una tremenda historia cultural, ocurra esto; es algo tremendo. Es una forma de control, porque la cultura nunca ha estado en la derecha. Y los gobiernos que nos están gobernando, son de derecha.”
Y me vuelve a mencionar los hermosos recuerdos que guarda de Papá Roncón, y también de Julio Jaramillo, el gran Jota Jota que, como ninguno, sigue siendo el más popular en nuestros países: “Tengo muy presente el recuerdo de que mi madre ha corrido para recibir a Julio Jaramillo cuando llegaba a Lima. El teatro se llenaba y tenía que alargar los días, y el número de las funciones,” me dice emocionada, como susurrando una canción del Ruiseñor de América.
Al final, le obsequio el libro De Taitas y de Mamas, que contiene la vida y la música de seis de nuestros mayores, entre ellos el mismo Papá Roncón. Y Don Naza. Y las Tres Marías. Y Julián Tucumbi, quien acaba de fallecer. Su rostro dibuja una enorme sonrisa y abrazándome, me dice: “qué bien, lo lograste. Este libro estará en nuestro Centro Cultural.” En aquella velada en casa del embajador Ribadeneira le había comentado de este proyecto que fue posible gracias a la iniciativa y producción de Ivis Flies y Mariana Pizarro, y el financiamiento del Ministerio Coordinador de Patrimonio.
Llega la noche de su concierto. Las entradas se agotaron tres días antes. En esta ocasión no está sola. Le acompañan, sus dos colegas de Ecuador, Margarita Laso y María Fernanda Rivera, y la Orquesta de Instrumentos Andinos. El teatro expectante, a tope; gran número de mujeres están presentes. Es además el cierre de una nueva edición del Festival. Se abre el telón y todos aplauden y vitorean apenas Susana aparece en escena; lleva un traje amarillo, que resplandece con las luces del escenario. Como presagio de una noche brillante que nos sumerge en la esencia de su canto y su música que nos invita al goce, al disfrute y a la alegría.



