Por L. Parrini
La tradicional dicotomía política entre la izquierda y la derecha tiene orígenes en 1789 durante la Revolución Francesa, específicamente en la Asamblea Nacional Constituyente en la que los diputados de la asamblea se agruparon de manera espontánea según sus afinidades políticas. A la derecha del presidente de la mesa se sentaban los sectores más conservadores y aristócratas, que defendían el poder de la monarquía del rey Luis XVI y querían mantener el orden tradicional. A la izquierda se ubicaban los reformistas, burgueses y revolucionarios, que exigían cambios profundos, limitar el poder del rey y buscar mayor igualdad social.
Hoy en día, la izquierda prioriza la intervención del Estado para lograr justicia social e igualdad. La derecha defiende la libertad de mercado, la propiedad privada y la menor intervención estatal en la economía. Los valores de igualdad social, solidaridad, diversidad, pluralismo, Estado laico, internacionalismo, justicia social, estado de bienestar y ambientalismo, forman parte el ideario de la izquierda política. En tanto, los valores de nacionalismo, conservadurismo, autoridad, identidad nacional, orden jerárquico, militarismo, seguridad, tradición y religión, constituyen el glosario ideológico de la derecha política.
La historia confirma que en el afán de atenuar las contradicciones sociales surge el Populismo, tendencia política que presume ser de izquierda, -los llamados progres-, que postulan a ser reformistas, restauradores del conflicto social al margen de la lucha de clases proclamada por las tesis revolucionarias del marxismo. Esta tercera vía, entre izquierda y derecha, tiene fundamento actual en las tesis del fin de la historia y el fin de las ideologías. El sociólogo norteamericano, Daniel Bell, popularizó en los años sesenta la tesis del fin de las ideologías, una noción política que sostiene que las grandes narrativas doctrinales —como el comunismo, el fascismo o el capitalismo dogmático— han perdido su vigencia y atractivo para explicar u organizar la sociedad contemporánea y que hoy predomina el pragmatismo y el tecnicismo político.
Esta concepción ideológica va de la mano de la propuesta filosófica de Francis Fukuyama, politólogo estadounidense quien sostiene que la humanidad ha alcanzado el punto final de su evolución ideológica y su forma definitiva de gobierno con el triunfo del sistema de democracia liberal y el capitalismo occidental. En términos cotidianos estas visiones de la política se traducen en el pretendido apoliticismo de algunos que sostienen ser apolíticos, no obstante que dicha declaración no puede ser más política.
La ideología, es como una niebla que lo envuelve todo, un sistema de ideas, creencias y representaciones que deforma la realidad y justifica los intereses de la clase dominante. No obstante, la persistente negación de las ideologías por quienes evitan un auto reconocimiento de derecha considerado vergonzante, diversos académicos han señalado que el auge de los autoritarismos de corte imperialista, la polarización global y potencias capitalistas de partido único (como China) demuestran que la historia y el choque de ideologías siguen muy activos.
La otra historia
Más allá de la identidad, fundamentos y paradigmas de las ideologias el criterio de verdad radica en la propia historia, en los porfiados hechos que caen por su propio peso. Dicha historia demuestra con acontecimientos, datos y argumentos las diferencias existentes entre la izquierda y la derecha en el poder.
La derecha puede exhibir triunfantes a sus más conspicuos representantes regionales latinoamericanos. En Ecuador, un presidente acusado de vincular sus empresas exportadoras de banano a un escándalo relacionado con un cargamento de cocaína con destino a Europa. En Argentina, un mandatario que transformó a su país en uno de los grandes experimentos contemporáneos del libertarismo, con recortes en los presupuestos estatales en Educación, Salud, Pensiones y programas sociales, además de recortes evidentes en Derechos Humanos. En Chile, un presidente ultra conservador y abiertamente vinculado a la tradición del dictador Pinochet y que cuyo padre fue miembro del partido Nazi la Alemania de Hitler y fiel seguidor de su ideología. El Salvador, un presidente que convirtió a la seguridad y el régimen de excepción en el centro de su política en un país donde organizaciones de Derechos Humanos han documentado torturas, violaciones y asesinatos durante su mandato. En Perú gobierna la heredera de un mandatario condenado a más de 25 años por crímenes de lesa humanidad, y que hoy ha cometido delitos de organización criminal, lavado de activos, obstrucción a la justicia y falsa declaración en procedimiento administrativo. Y en Colombia, un presidente que antes de llegar al poder ejerció como abogado de narcotraficantes, paramilitares y personas vinculadas al crimen organizado, un mandatario que hoy se pasea con una pistola al cinto públicamente en su país.
Las preguntas caen por su peso: ¿Cuál es el supuesto avance de la ultraderecha en la región, luego de la restauración conservadora que llevó al poder a esta tendencia política en América Latina? ¿Qué siguen las personas que apoyan esta ideología? La respuesta es obvia: se trata de un retroceso completo para la historia social y de los derechos ciudadanos en el continente.
No obstante, sus adláteres y seguidores arguyen ser la alternativa para los pueblos de la región, aliados a la geopolítica imperial estadounidense, alianza que busca eliminar a sus adversarios de la izquierda, “zurdos de mierda” como dice Milei, mientras Trump declara ante la prensa obsecuente de su país: “Somos el país de moda en el mundo”.
Y la batalla, además de ser política y cultural, es esencialmente económica: para muestra un comparativo entre las economías de El Salvador y Argentina, y entre Colombia y Brasil. Los gobiernos de derecha en Italia y Ecuador deberían ser milagros económicos, en tanto que España y México, gobernados por regímenes de izquierda, deberían estar en crisis.
Los datos hablan por sí mismos. En Ecuador su presidente llegó prometiendo administrar el Estado como una empresa, recortó el gasto público y propuso reducir los costos salariales a las empresas, ofreciéndoles beneficios tributarios y creando contratos laborales flexibles por hora. El resultado fue que su primer año de gestión terminó con una caída de la Economía del 2% y del 3,8% en la Inversión. Además, aumentó el empleo precario, desde su mandato: 440.000 ecuatorianos viven con ingresos inferiores al salario básico.
México eligió el camino contrario, desde 2028 cuando asumió la presidencia AMLO aumentó el salario mínimo en un 154% y, en 2025, en medio de tensiones arancelarias con EE. UU la inversión extranjera en México alcanzó el nivel más alto de su historia: 40.870 millones dólares, con un desempleo de apenas un 2,9%.
En Europa, la mandataria Georgia Meloni en Italia impulsó la fórmula de siempre: rebaja tributaria, incentivos empresariales y control del gasto público, pero el anunciado gran despegue nunca apareció. Italia creció solo un 0,25% en 2025, el consumo masivo solo aumentó el 1% y este año el país italiano crecerá o 0,7%. En contraste en España, gobernada por una coalición progresista desde el 2018, el salario mínimo ha aumentado un 66% y se crearon impuestos extraordinarios para la banca y las grandes compañías energéticas, y en 2025 se crearon en España 525 mil empleos y su economia creció el 2,8 %, según publica diario El País.
Más allá de la ortodoxia reaccionaria, bajar impuestos y ser gobernado por un empresario en la presidencia de un país, no siempre garantiza el crecimiento económico, así como subir ir salarios y cobrar impuestos a las grandes empresas, no destruye automáticamente la economía.
¡Cuánta necesidad hacen más economistas dispuestos a no repetir viejos dogmas y que se muestren comprometidos con políticas públicas de índole social en capacidad de reducir las profundas desigualdades que crea el capitalismo!
Mas allá de las falsas creencias estimuladas por la propaganda y el periodismo obsecuente con obsoletos paradigmas políticos, hablan los porfiados hechos entre la izquierda y la derecha.



