Por Patricio Silva Delgado
La guerra por la tele y el fin de lo real
En 1991, mientras caían bombas sobre Bagdad, el filósofo francés Jean Baudrillard lanzó una frase que a muchos le sonó a chiste o a locura: la Guerra del Golfo no existió. No decía que no hubiera muertos ni esquirlas, sino algo mucho más jodido: la guerra de verdad se había esfumado adentro de la pantalla. Fue el primer conflicto bélico transmitido en vivo las veinticuatro horas, relatado casi con la misma adrenalina y los mismos códigos que un partido del domingo.
En la televisión no veías cuerpos destrozados ni barro; veías fuegos artificiales verdes en la noche, luces que iban y venían, misiles quirúrgicos y estadísticas limpias. Un show sin barro ni espanto. La guerra se convirtió en simulacro, una telenovela donde el relato se tragó a la realidad. Nos metieron de cabeza en la hiperrealidad: un libreto armado donde las amenazas pesan más que las batallas y donde el conteo de daños circula sin que nadie pueda verificar un solo dato. La matanza se volvió imagen de consumo. ¿Y qué pasa cuando el dolor de los otros se convierte en entretenimiento de fondo mientras cenamos frente a la pantalla?
De conquistar tierras a conquistar cabezas
Yuval Harari, en Homo Deus, lanza una idea que desarma cualquier ingenuidad: la guerra nunca fue una maldición biológica, sino el invento cultural más sangriento de la historia. Miles de personas que no se conocían entre sí salían a degollar a otros tantos desconocidos simplemente porque compartían ficciones sagradas: «mi dios», «mi patria», «mi bandera», «mi raza superior».
Pero después de 1945 el tablero cambió. El botín principal ya no fue la tierra, sino el relato, los mercados y el conocimiento. A principios de este siglo XXI pasó algo insólito: empezó a morir más gente por comer de más que por pasar hambre, más por viejos que por pestes infecciosas, y hay más suicidios en el mundo que muertos en combate. La guerra tradicional parecía un fósil que nos daba vergüenza admitir. Hasta que saltaron las alarmas en Ucrania y Medio Oriente, y tuvimos que aguantarnos la soberbia: la guerra es un anacronismo, sí, pero seguimos creyendo en sus fantasmas. ¿Hará falta que vuele todo por el aire en un invierno nuclear para darnos cuenta, o nos vamos a conformar con una carnicería a cuentagotas administrada por la diplomacia del miedo?
El circo de los líderes descartables
Acá está el nudo del asunto: el sistema global sigue marchando, pero la política se convirtió en un conventillo. Nos llenamos la boca hablando de democracia, pero en las urnas votamos con las tripas, buscando a alguien que nos venda identidad en treinta segundos de video vertical. Elegimos gobernantes que parecen galanes de telenovela barata, comediantes pasados de tono o futbolistas retirados. Nos pasamos horas armando memes con las burradas que dice el presidente de turno, indignándonos por los zapatos que usó o la última frase vacía que lanzó en una rueda de prensa.
Pero mientras nos reímos de la payasada, nos comemos el ajuste, la degradación de los hospitales, las escuelas donde los jóvenes apenas aprenden a comprender un texto y el despojo sistemático de los recursos comunes. La estupidez de los mandatarios no es un accidente; es un engranaje perfecto. Cuanto más bruto y figureti es el líder, menos molesta a los verdaderos dueños del poder económico. Son títeres necesarios para mantener a la platea entretenida mientras en los pasillos oscuros se deciden las cosas de verdad.
El Estado se volvió un elefante reumático, pesado y cómplice. Las Naciones Unidas reciben a criminales de guerra no para frenarlos, sino para ponerles una tarima alfombrada desde donde justifican el exterminio ante la mirada tibia de la comunidad internacional. Como en el cuento de Cortázar, nos van tomando la casa habitación por habitación, empujándonos al patio, mientras nosotros discutimos la estética del decorado.
El cuerpo del hongo invisible
Pero mientras miramos embobados el escenario y nos preguntamos qué presidente desquiciado va a apretar el botón rojo, detrás de las cortinas está naciendo otra cosa. Silencioso, como los hongos que crecen bajo la tierra pudriendo las raíces viejas y armando redes invisibles, se viene tejiendo un nodo que concentra todo. Lo que a un equipo de científicos le cuesta quince días o años de debate, una inteligencia artificial te lo procesa y te lo escupe en quince segundos.
Fíjate lo que pasó hace poco: cuando matemáticos de primer nivel como Buckmaster, Alpögue, Córdoba o Martínez-Zoroa laburaban en pistas para resolver uno de los enigmas del milenio del Instituto Clay —de esos problemas matemáticos que desvelaron a genios como Perelman—, la máquina procesó el material acumulado durante años, se les adelantó y largó una resolución tentativa antes de que los propios académicos pudieran firmarla y revisarla. No es un detalle de color: es el primer aviso de que la técnica dejó de ser un simple martillo o una calculadora de bolsillo. La máquina empezó a dar saltos epistemológicos sin pedirnos permiso ni esperar los tiempos lentos de nuestra digestión biológica.
Cuando el poder ya no necesita de la carne
Volvamos al proscenio. Durante siglos, el poder necesitó de la mano del hombre: necesitaba un rey que firmara decretos, un general que diera la orden de fuego, un burócrata que sellara expedientes. Pero hoy el poder se cansó de los intermediarios. Se hartó de la torpeza de los gobernantes, de sus escándalos sexuales, de su vanidad ridícula, de su miedo a perder las elecciones y de sus simulacros de guerra. El poder se rebela contra la carne y se revela como sujeto.
La inteligencia artificial no es la herramienta que va a usar el tirano de turno; es el cuerpo incorpóreo que el poder estaba esperando para sacarse de encima al animal humano. ¿Para qué va a depender el sistema de un líder incompetente que duda, que duerme y que se equivoca, si puede autogobernarse desde el cálculo puro, frío y sin culpa de los algoritmos?
El telón se está cayendo a pedazos. La pregunta que nos quema las manos ya no es si la tecnología nos va a quitar el trabajo o si nos va a hacer la vida más cómoda. La pregunta es mucho más cruda: en un mundo donde el poder ya no necesita de nosotros para mandar ni para pensar, ¿qué cosa vamos a hacer con nuestra condición humana? ¿Nos queda alguna soberanía sobre el asombro y la palabra, o ya compramos el boleto de espectadores de primera fila para asistir, con canguil en la mano, a nuestra propia irrelevancia?



