Por L. Parrini
Los romanos eran maestros en usar escudos. Los escudos romanos, símbolos de protección y poder militar, desempeñaron un papel clave en la expansión y defensa del Imperio. Desde el clásico scutum republicano hasta los modelos ovalados del Bajo Imperio, estas piezas evolucionaron junto con las tácticas y estructuras del ejército romano convirtiéndose en símbolo de poder y resistencia. Más allá de su función defensiva, el escudo romano fue símbolo de la civilización frente a la barbarie.
Analógicamente diríamos que el ex mandatario ecuatoriano, Rafael Correa, sin ser un gladiador de la antigua Roma, enfrenta hoy poderes fácticos análogos a la barbaridad jurídica y política: “Ya mismo te toca a ti”. Dijo Noboa en sus redes sociales a propósito de la detención de J. Serrano en la cárcel de El Encuentro. Pese a la advertencia, Correa responde: “No van a poder hacer nada y eso que me dicen prófugo todos los días”. La frase tiene la seguridad de quien la dice, un sentenciado en firme por tribunales ecuatorianos a ocho años de cárcel acusado de “influjo psíquico” en asociación ilícita para delinquir.
¿Cuál es el escudo que posee Correa?
La respuesta se encuentra lejos del país. La decisión del gobierno de Bélgica de cubrirlo con un escudo de protección diplomática ha frenado todo intento de traerlo a Ecuador, protegido bajo asilo político. Aunque la figura de asilo no elimina la sentencia ecuatoriana, el meollo del asunto radica en quién tiene la capacidad de generar cambios en la tensión política, más allá de un tira y afloja personal entre Noboa y Correa. Se trata de una controversia entre una sentencia de la justicia ecuatoriana contra una protección internacional y de por medio está la acción de extradición, legalmente imposible de ejecutar, salvo que se produzca un secuestro y forzadamente Correa sea trasladado al Ecuador. En ese caso se confirmaría una persecución política con grave injerencia en la justicia. Si bien legalmente los caminos están cerrados. en el terreno de facto todo puede suceder.
Es entonces cuando la política queda frente a la justicia con interés de provocar cambios con una amenaza como la que profirió Noboa y que incendió los titulares de prensa: pero hacer que una decisión política o judicial produzca efectos jurídicos en otro Estado, es otro cantar.
El caso Sobornos, mediante el cual se le sindica a Correa en delitos, según la Fiscalía en ese entonces durante el régimen correista existía un sistema a través del cual determinados contratistas del Estado “realizaron aportes que beneficiaron actividades políticas”. La acusación señala que algunos de esos aportes fueron realizados mediante cruce de facturas y mediante entregas directas de dinero. Luego de las indagaciones fiscales se llegó a una sentencia de los jueces por el delito de Cohecho. Luego de lo cual hubo apelación y en septiembre de 2020 la Corte Nacional resolvió los recursos de Casación para ver si se aplicaron correctamente las normas judiciales y la sentencia de ocho años quedó ratificada con efectos dentro del Ecuador, pero que en el exterior se considera que aquello tiene motivaciones políticas y se rechaza la legitimidad del caso y se cuestiona las acciones de la justicia ecuatoriana.
He ahí la contradicción: Si bien en Ecuador existe una sentencia en firme, esto no significa que se pueda ejecutar en cualquier lugar del mundo. Las fronteras existen para la justicia, para la policía y para los gobiernos y tras esas fronteras se protege quien se encuentra bajo la figura de asilado en otro país, en este caso Bélgica, el país de su esposa, nación que le reconoció a Correa la condición de protección internacional, un poderoso escudo diplomático bajo el asedio de la persecución política. Bélgica no tiene la obligación de entregarlo por la sentencia de Ecuador que solo tiene efectos dentro del territorio ecuatoriano cuyo gobierno no puede actuar dentro del territorio belga: la orden jurídica ecuatoriana no cruza de manera automática una frontera porque cuando la petición de extradición llegó a Bélgica ese país revisó la solicitud bajos sus propias normas internas y tratados internacionales.
Entonces cobra mucho sentido la frase “no van a poder hacer nada”; no obstante, la sentencia ecuatoriana sigue en firme, pero sin la capacidad de Ecuador para lograr que Correa sea entregado por las autoridades belgas. Si bien la sentencia existe, no existe su capacidad de ser ejecutada en otro país. Un sujeto puede estar sentenciado por la justicia de un país y, al mismo tiempo, puede estar protegido por el Estado de otro país. Ecuador tomó la decisión en base a un proceso penal, Bélgica lo hizo bajo consideraciones de orden político en una decisión internacional.
¿Qué une ambas cuestiones? La extradición, que no ha producido los resultados esperados por el régimen ecuatoriano. Y la segunda interrogante: ¿por qué si esta contradicción existe desde hace algunos años sube su perfil precisamente ahora? En este mes de septiembre el “caso Correa” se convierte en discurso político en boca del mandatario ecuatoriano de cara a las elecciones de noviembre. «Ya mismo te toca a ti» fue una frase con gran efecto político porque es pronunciada, precisamente, al tenor de una campaña que incluye acciones populistas como otorgar créditos, crear planes juveniles, y desplegar el más impresionante operativo permanente militar-policial para llegar hasta los escondites y caletas de los capos y subordinados de las organizaciones de crimen organizado y narcodelincuencia. La prensa cooptada se hace eco y magnifica estas acciones todos los días en sus informativos y editoriales: se trata de crear un clima de acción oficial en pos de la seguridad del país para proyectar una buena imagen gubernamental que incida decididamente en la voluntad popular en los comicios seccionales de noviembre. Ya no es una declaración de Noboa frente a un hecho histórico, es la estrategia política con propósitos electorales.
La extradición
Los escudos diplomáticos internacionales cubren a Correa contra una extradición y hacen que las amenazas del régimen ecuatoriano adquieran un tono propagandístico. Un hecho también es cierto: si el gobierno ecuatoriano no tiene otros caminos legales para traer a Correa al país no se descarta el uso de acciones ilegales, nadie garantiza nada en este caso. Interpol, que, obviamente, no es una institución “correista” ha negado en tres ocasiones su captura internacional por considerarlo un caso político y la solicitud de “difusión roja” no prospera.
No se descarta que el gobierno ecuatoriano prepare alguna acción en territorio belga, y eso llevaría el caso más allá de los hechos conocidos. Esto se supone en medio de un contexto claro: un régimen ecuatoriano, amparado en su propio sistema de justicia, que presiona para hacer cumplir una sentencia, justa o no, que nuevamente pone en el centro del debate público, y un escudo de protección política belga que impide que ese objetivo se realice.
¿Y ahora?
El régimen ecuatoriano tiene otras alternativas. Puede mantener vigente la sentencia, solicitar cooperación internacional, activar mecanismos de extradición e interponer nuevos elementos con el fin de provocar cambios en la situación jurídica del sentenciado. Pero está impedido de hacer que Bélgica resuelva en contra de Correa dentro del territorio belga. Y es entonces cuando el caso se vuelve aún más complejo, porque intervienen mecanismos -escudos- diplomáticos, tratados internacionales y sistema judiciales diferentes, todo bajo la soberanía de otro Estado. Por eso la frase el regreso de Correa –“ahora te toca a ti”- no es más que una frase, ni siquiera una decisión política adoptada en Carondelet con efecto concreto: es, en definitiva, una bravuconada de campaña.
Ventajosamente para Correa la política no funciona así. Mediante la política se puede ejercer presión en teoría para hacer que las cosas sucedan, pero otra cosa es que sucedan en la práctica. La frase de Noboa puede provocar tensión y espectacularidad, pero la extradición no se decide en redes sociales, se precisan actuaciones formales y, de ser así, deja huellas documentales como una decisión oficial, una solicitud internacional, un cambio de discurso, en fin, señales particulares de que se está tratando de hacer que el panorama adverso para el gobierno ecuatoriano cambie de color.
Por lo pronto lo que hay, es solo una reactivación política del caso Correa, con fines electorales. Eso pone otro tono al tema porque está en juego la credibilidad de las declaraciones oficiales: Noboa puede decir que “ahora te toca a ti” regresar a la cárcel ecuatoriana, pero Correa puede responder que cuenta con un escudo belga de resistente y de sólido metal político.
Una cosa es una “difusión roja” de Interpol para capturar a Correa y otra es una solicitud de extradición sujeta a que Bélgica acepte entregarlo. Subvertir la protección belga y capturar policialmente en territorio internacional durante algún viaje de Correa es simplemente un secuestro ilegal. Tampoco la protección belga es una decisión superior a la sentencia ecuatoriana y a las eventuales acciones ilegales que garantice absoluta defensión.
Detrás de los escudos subyace una realidad más allá del sujeto protegido y sus perseguidores: trata de un conflicto de orden político con formalidades diplomáticas difíciles de subvertir impunemente. Ese es el riesgo que corren los regímenes que soslayan la realidad internacional del mundo bajo la peregrina idea de que el planeta gira solo dentro de sus fronteras y no se expande más allá de sus narrativas locales.
Rafael Correa tras esos escudos continúa degustando comidas típicas ecuatorianas mientras realiza declaraciones políticas en el espacio digital Almorzando con el Machi, escribiendo twists en sus redes sociales, subiéndose a aviones que lo conduzcan a países que lo protegen o, incluso, aparecer en foros internacionales como un gladiador de la política en capacidad de levantar un escudo más pesado que los demás: su convicción de inocencia frente a una culpabilidad improbada.



