Por L. Parrini
La diplomacia ese arte, ciencia o práctica de conducir las relaciones, el diálogo y la negociación entre Estados u otros actores internacionales de manera pacífica, se encuentra en jaque. La afirmación de que la diplomacia está en jaque es una realidad compartida por múltiples analistas, líderes globales y expertos en relaciones internacionales. El sistema de gobernanza global, diseñado tras la Segunda Guerra Mundial, atraviesa una profunda crisis estructural donde el diálogo y el derecho internacional se ven frecuentemente desplazados por la fuerza.
Se viven tiempos de sintomática debilidad de una diplomacia que, sin duda está en jaque, incluso en el seno de los foros internacionales como es la plenaria de la Organización de las Naciones Unidas. Prueba de ello es la intervención de Donald Trump en el octogésimo primer periodo de sesiones de la ONU que tiene lugar en Nueva York entre los días 22 y 28 de septiembre. En esta oportunidad el mandatario estadounidense desmiente con su discurso que la ONU sea un foro que representa al mundo como una civilización global con normas internacionales para todos por igual.
Donald Trump subvierte aquello: o Irán acepta nuestra propuesta de paz o vamos a “aniquilar al país entero”, dijo el mandatario. Discurso arrogante, vergonzoso el de Trump que se cree jefe del mundo, que pretende poner en jaque a un orden legal internacional, más aún cuando el propio presidente de Irán está presente en la ONU. Trump es incapaz de entender que la guerra de Estados Unidos con Irán ha sido un rotundo despropósito para el imperialismo gringo y para los ciudadanos estadounidenses que ahora tienen que pagar una gasolina sesenta por ciento más cara, sin contar la muerte de soldados norteamericanos. Trump se siente como el político que decide a qué civilización o país va a aniquilar o a qué jefe de Estado va a dar de baja, porque él se cree que gobierna el mundo.
Sobre Venezuela aludió a que Estados Unidos ganó una guerra al país sudamericano y que por eso se quedó legítimamente “con el botín”, en referencia a los 65 billones de barriles de petróleo que robó olímpicamente a ese país, en un abierto abuso internacional. Trump miente: EE. UU no sostuvo una guerra con Venezuela, el país del norte invadió a la nación bolivariana y secuestró a su presidente Nicolás Maduro, con razón o sin ella, con el único propósito de apoderarse de la riqueza natural venezolana.
Acerca de Cuba dijo que la isla es “un Estado fallido”, mientras la delegación cubana se retiraba de la plenaria de la ONU de manera airada. Trump agregó que “muy pronto la libertad llegará a Cuba”, en otra bravuconada del destemplado mandatario estadounidense. Eso no es creíble, puesto que a Trump no le interesa la libertad en Cuba o en Venezuela ni en ninguna parte, solo le interesa hacer negocio o saquear los recursos ajenos.
La legalidad de la fuerza
El regreso de la ley de la fuerza que sustituye a la fuerza de la ley, la parálisis de los organismos multilaterales con instituciones globales estancadas, el abuso del veto, las crisis presupuestarias que erosionan su capacidad de mediación operativa en el terreno, son propios de la situación actual de la ONU. Los retos tradicionales se han multiplicado con la incorporación de herramientas de inteligencia artificial y la guerra comercial tecnológica. El discurso jurídico-diplomático clásico carece aún de marcos regulatorios globales efectivos para contener los ciberataques, las campañas de desinformación masiva y el espionaje digital a gran escala.
Incluso a nivel de bloques regionales, los mecanismos tradicionales de resolución de conflictos han perdido peso. Organismos históricos se enfrentan al desinterés o la polarización de sus miembros, mientras que los ministerios de relaciones exteriores sufren roces internos por el nombramiento de figuras políticas en lugar de diplomáticos profesionales de carrera.
El actual periodo de sesiones de las Naciones Unidas pone en evidencia una innegable verdad: el mundo debe elegir entre vivir la ley de la selva, la ley de los matones, o vivir en una civilización global regida por normas iguales para todos. Esto genera dudas acerca de la temática de la actual reunión que versa sobre «Restaurar la confianza, gestionar la transformación: unas Naciones Unidas que cumplan para todos», además de discutir sobre el cambio climático, la inteligencia artificial, el aumento del nivel del mar y la justicia social, que ha tenido un tenor adverso a esos propósitos ante la presencia de 130 jefes de Estado. En esta oportunidad la ONU está lejos de ser un foro singular para las deliberaciones multilaterales sobre toda la gama de cuestiones internacionales que abarca la Carta de las Naciones Unidas, con igualdad de voto para todos los Estados Miembros, para convertirse en un espacio de odios, amenazas y discordia internacional.
No obstante, gran parte de la diplomacia tiene lugar a puerta cerrada, donde cientos de reuniones bilaterales ofrecen a los líderes una oportunidad poco frecuente de reunirse con aliados, socios y rivales en un mismo lugar. En el foro de la ONU se espera que los conflictos, los desafíos económicos, las crisis humanitarias, el cambio climático, el desarrollo y las tecnologías emergentes ocupen un lugar destacado y hacer frente a desafíos que van desde la pobreza y el hambre hasta la educación, el acceso al agua potable y la energía para 2030.
La gran incógnita es ver si la diplomacia de las Naciones Unidas está en capacidad de sobrellevar sobre sus hombros una gestión mediadora, a través de una acción que se desarrolla en un contexto de crecientes divisiones entre los países y de presión sobre el sistema multilateral, y no sucumbir en jaque.



