Por Pablo Salgado J.
Una noche, el escritor sale del bar y desaparece. Lo buscaron por cielo y tierra. Su madre, su familia y sus amigos, pero nunca lo encontraron. El escritor, había sido parte del Taller de literatura que coordinó Miguel Donoso Pareja, y también uno de los creadores de la revista cultural La Mosca Zumba. Se había incorporado a un grupo subversivo, por lo que fue detenido; y, luego, sobreseído. Estaba a punto de obtener su doctorado en Letras, en la Universidad Católica; pero aquella noche, Gustavo Garzón Guzmán salió del bar, sin despedirse, y desapareció. O tal vez no, a lo mejor cambió su nombre -a Icaza- y se incorporó a la insurgencia colombiana, en el Timbío, en el Cauca.
Es lo que nos relata la novela Entre la página y el fuego, del escritor colombiano Daniel Ángel, en la cual Gustavo Garzón Guzmán es uno de los protagonistas. Una novela que aborda los episodios que con frecuencia se repiten en la historia reciente de América Latina y, particularmente, de Ecuador y Colombia. Las armas y las letras protagonizan esta novela, en la cual “confluyen el revolucionario desencantado, la madre que pierde a su bebé, el padre que se suicida, la traición y el desengaño, así como la violencia y el despojo de tierras, ejes que orientan la mirada del narrador”, se dice en la tapa de la novela editada, en Bogotá, por la casa editorial Periscopio.
Daniel Ángel es un escritor ya con una vasta obra literaria; su primera novela, País de colores, apareció en 2015. Luego publicó: Rifles bajo la lluvia, En esa noche tibia de la muerte primavera (ganadora del Premio Nacional de Novela, 2017), En tus canciones dejo mi corazón, Las montañas incendian la noche, y Montes de María. En cuento, Antología del cuento colombiano; y sus poemas aparecen en Poetas que hay que morir antes de leer.
Entre la página y el fuego, es una novela que sorprende, no solo porque el autor utiliza nombres propios para estructurar su historia de ficción, sino porque también relata episodios y hechos que sucedieron en la vida real: “la ficción nos ayuda a entender un poco más, o a entender más profundamente, aquellos sucesos de la realidad que por diversos motivos no logramos comprender, entre ellos la desaparición forzada o el suicidio,” dice una nota del autor, y agrega: “esta obra está basada en una exhaustiva investigación de archivo y entrevistas a familiares y personas cercanas a los protagonistas. Con todo, sigue perteneciendo al mundo de la ficción literaria, porque no hay otro modo de sustentar el dolor y de viajar al fondo de los seres que no pudieron contarnos su propia historia.”
Episodios que se desarrollan en varios escenarios: en Quito, la capital ecuatoriana; en Bogotá; y en la selva colombiana, en donde operan los grupos guerrilleros y las fuerzas armadas. Son los años ochenta y noventa, décadas en las cuales surgieron los movimientos y grupos de izquierda, y enfrentaron una feroz represión militar de las fuerzas de seguridad del Estado, que incluía la tortura, las desapariciones y los asesinatos extra judiciales. Una década -los ochenta- en el caso de Ecuador, también plagada de tertulias y eventos culturales, reflexiones y debates intelectuales, y una eclosión de talleres y revistas literarias, así como el aparecimiento de bares, salsotecas y grupos de música, en una ciudad -más bien pacata- que empezó a acostarse tarde, a mover las caderas y a desmelenarse, como una forma de resistencia.
Una novela en la cual -en primera persona- el narrador, Camilo Torres (un guiño al cura guerrillero) nos relata su vida; de escritor, hijo, esposo y docente. Y en la cual fluyen las historias contadas con un lenguaje cotidiano y cercano; aunque en alguna ocasión se desliza algún quiteñismo: “a su irse a volver” por “me voy a volver.” La sintaxis de los personajes está bien estructurada, por lo que son creíbles y verosímiles. En la novela se entrecruzan varias historias: la del protagonista-narrador, con sus padres y su esposa Vero; las que encuentra en la montaña y la guerrilla; Silvina y Celeste; la de Gustavo y su militancia en el grupo subversivo, su relación con sus compañeros de literatura y La Mosca Zumba, y sus amores; Fabiola y Liliana. Y la de Icaza (un escritor ecuatoriano que llega a Colombia para integrarse a la guerrilla), y es la historia a través de la cual se resuelve la novela.
Gustavo Garzón Guzmán, es un técnico en aviónica que fue despedido de Ecuatoriana de Aviación, por escribir un cuento en el que criticaba al ejército y al servicio militar. Es además un gran lector, amante de la música -de Serrat, Sui Generis y Pink Floyd- y con una conciencia social que, poco a poco, le lleva por caminos diferentes al conformismo y la sumisión. Dos hechos marcaron el devenir de su vida: el encuentro con Jarrín, quien lo invita a sumarse al movimiento subversivo AVC, para cambiar el país; y su ingreso al Taller de literatura de Donoso Pareja: “Por eso para él, para el Gustavo, había tan pocas diferencias entre escribir literatura y hacer la revolución, eran dos oficios en los que se ganaba o se perdía la vida, sin puntos intermedios.”
Otro de los protagonistas es el padre de Camilo, un ex guerrillero del M19, que sobrevivió a la lucha armada y logró llegar a viejo, a diferencia de la mayoría de sus compañeros que o murieron en combate o fueron asesinados cuando firmaron la paz y entregaron las armas. Pero optó por el suicidio, hecho que trastocó la vida familiar, sobre todo la de su hijo Camilo.
Al leer el libro, me resultó extraño encontrarme como personaje en una novela de ficción, protagonizando episodios vividos y compartidos con pasión e intensidad. El narrador recrea esas historias reales, a partir de nuestros propios testimonios. Historias que el narrador cuenta de la misma forma que el padre también le contaba sus historias a su hijo, el narrador de la novela. Y quizá de la misma forma que el hijo-narrador-autor exorciza sus dolores, sus sentimientos y conflictos interiores, sus ausencias, que afloran con el suicidio del padre y que, a través de la lectura -y relectura- de la carta de despedida, va aclarando y entendiendo su propia vida. Y no solo eso, sino que también -como lectores- exorcizamos aquellos años compartidos entre el ejercicio literario y periodístico, el compromiso social y político y la impotencia de no saber qué sucedió con Gustavo, desde aquella noche -9 de noviembre de 1990- cuando salió del bar y desapareció -¿para siempre?- en manos de las fuerzas policiales.
Y lo digo porque también se cuenta la historia de aquel grupo literario, La Mosca Zumba (Byron Rodríguez, Rubén Darío Buitrón, Pablo Salgado, Rubén Vásquez y Gustavo Garzón) que al finalizar el Taller de Miguel Donoso optó por ejercer la crítica literaria -en un contexto de elogios, guetos y amiguismos- a través de la revista La Mosca Zumba. Ese zumbido que revolotea en la cabeza, molesta, fastidia, hostiga: “Son las vengadoras. Ellas vigilan. Te exigen. Te siguen. Te observan,” como escribía el Tito Monterroso.
Y si, es “una historia sobre lo que nunca se sabrá del todo y sobre el lugar de la literatura cuando ya no es posible interrogar a los ausentes.” Por ello, esta novela es además un homenaje (que viene desde Colombia) a Gustavo Garzón Guzmán; a su familia, a doña Clorinda; a sus libros, la mayoría póstumos; a sus convicciones; literarias, humanas y políticas; a “su fuerza avasalladora por vivir y amar”; y a todos los torturados y desaparecidos. Y a la memoria, a esa necesidad de no olvidar, más aún en momentos en que ciertos presidentes neoliberales han vuelto a desaparecer personas, y a instaurar el miedo y el terror como formas de gobierno.
En los capítulos finales, un accidente de moto vuelve a cambiar, abruptamente, la vida de Camilo. En el hospital, cuida, abnegadamente, a Verónica, hasta que su madre le cuenta episodios recurrentes de su infancia que no recordaba: “Tu no la estás cuidando, solo evitas la tragedia”. Y Camilo vuelve a encontrar razones para vivir, y para al fin resolver la gran interrogante: ¿Icaza es Gustavo Garzón Guzmán? Respuesta que solo podrá encontrar en los cuadernos que Gustavo escribe y guarda celosamente. Aunque al final, Camilo recibe lo impensado; un título para su libro.



