Por L. Parrini
Hay cosas frente a las que uno se pregunta por qué no me sucedió antes, después de haber percibido esa sensación de vivencia tardía en el alma. Esa fue la convicción que tuve al conocer a estas alturas de la vida a Georges Perec (1936-1982), escritor desaparecido en plena madurez creativa como uno de los novelistas franceses más valorados en estos últimos años. Dos libros suyos cayeron a mis manos por gestión de mi hija Paula, junto a una autorizada recomendación suya de asidua lectora: W o el recuerdo de la infancia (Ediciones Península, 1987) y Las cosas (Anagrama, 1992).

En la primera historia el autor se sumerge en las reminiscencias de su infancia, a través de una amalgama de vivencias y ficciones en las fantasías de un niño que son al mismo tiempo las vicisitudes acaecidas a una generación durante la guerra. En esos recuerdos sin fondo se confundían “la incomprensión, el horror y la fascinación”, como reconoce el protagonista, “un niño que juega al escondite y que no sabe qué teme o desea más, si permanecer escondido o ser descubierto”.
Historia escrita por Perec que toma forma casi al mismo tiempo que su proyecto de escribir. Echando mano a recuerdos de hechos desteñidos mientras observa viejas fotografías familiares que ausculta con denodado interés, el autor junta las piezas de su pasado infantil como en un juego de rompecabezas, trazando ribetes de una reminiscencia compuesta de recuerdos fugaces o persistentes que le permite reconstruir la imagen de sus padres en la memoria; el padre un soldado que muere por Francia, la madre que ejerce el oficio de peluquera para mantener a su familia. Perec va preguntándose a través del libro cómo podría aclarar esa bruma desatinada en que se agitan las sombras, según versa en el epígrafe de Raymond Queneau con que inaugura las primeras páginas de la obra.
La historia transcurre en W, una isla en el extremo del mundo cercada por arrecifes a flor de agua que “la tradición atribuye fundada por un tal Wilson y el propio nombre de la isla”, poblada por habitantes dedicados al deporte del atletismo. Una ínsula localizada en Tierra del Fuego que colinda con los campos de deportados en los islotes donde los fascistas de Pinochet “se han encargado de dotar a mi fantasma de un último eco”. El libro enseña que no es lo importante la cronología histórica de los hechos, sino el relato que recompone su sentido, la resignificación que se suele hacer de las experiencias a través de la memoria cuando las miramos a contraluz, obnubilados por el destello de una verdad. Más aun cuando la memoria no es un simple archivo de datos, sino un laberinto paradójico donde residen la identidad, la imaginación y el tiempo porque, según sostenía Borges, no es una bendición, sino una condena que impide pensar, generalizar y vivir.
Las cosas es la historia de Jerome y Sylvie, “una pareja de jóvenes pequeñoburgueses que se gana la vida realizando encuestas para empresas de publicidad”. En un despreocupado y fulgurante Paris habitan “un departamento diminuto e incómodo” con dinero que apenas les alcanza para vivir, añorando una vida de ricos. En esa sociedad de la opulencia los jóvenes persiguen “una vida refinada y garante de una tradición de buen gusto”, creada por “una sociedad que fomenta expectativas artificiales en quienes no pueden satisfacerlas”. El libro es una reveladora radiografía a la sociedad consumista, el mito del confort y los gustos prometidos por “un mundo cuya banalidad propone múltiples espejismos de quimeras inasequibles”.
Al tenor de ambas lecturas caí en cuenta que uno conecta con un escritor independiente del tiempo histórico, siempre que sintonice con las experiencias del lector o el lector se identifique con la trama y sus personajes en una suerte de conexión existencial. Este es el caso de Perec, acaso dejándonos aconsejar por la recomendación de A. Ubidia, cada vez el tiempo es más avaro y se necesita decir lo que se debe.
Por eso la obra de Perec no es un descubrimiento tardío. Nunca es tarde haber conocido al novelista francés a estas alturas de mi vida porque Georges Perec vence al tiempo, trasciende en sus escritos, sea porque se adelantó a su presente o porque tiene esa capacidad de revalorizar el pasado como quien atesora un valor imperecedero.



