Por Pablo Meriguet
Tras el anuncio del proyecto ganador para la construcción del tan anunciado Museo Nacional, muchas personas demostraron su descontento por la forma que tendría. “Una caja de fósforos”, “un bloque gris y triste” y “una aberración de concreto” fueron algunos de los comentarios más repetidos. Ante ello surgió un inmediato rechazo porque la estructura, afirman, asoma como “fea”, “aburrida”, “sin identidad”. No es de extrañarse: la gente tiene sus gustos y, por lo menos, a la clase media, que ha sido históricamente la que se toma en serio este tipo de asuntos, en términos generales, no le gustó.
Ahora bien, por la propia limitación ideológica de dicha clase, el “debate” (siempre limitado a un pequeño grupo de intelectuales y artistas) recayó en la discusión formalista, es decir, en la discusión sobre la representación del museo, los espacios que propone y que restringe, la estructura de las recámaras, etc. Y, en ese sentido, argumentaron que se debió premiar a otros proyectos más atrevidos, menos “desabridos”, etc. Asimismo, los más cercanos a un formalismo “con tintes sociales” dijeron que la estructura pondría en peligro a los transeúntes porque habría paredes inmensas que se extienden por varios metros, en donde la gente podría ser asaltada.
Pues bien, ese tipo de análisis puede resultar interesante para quienes han caído en la misma trampa que están criticando. Cuando uno ve el Museo Pompidou de París por primera vez (llamado realmente Centro Pompidou), los ojos se abren como si se tratara de una broma en la que una ferretería se hubiese mezclado con la Plataforma Gubernamental de la Avenida Amazonas, y hubieran tenido un hijo muy raro. Así, la arquitectura, como cualquier expresión artística, puede resultar linda, sublime, hermosa, pero también puede ser disruptiva, caótica, incluso grotesca. Basta con remitirnos a nuestros tristes, melancólicos y profusos pasillos para entender por qué no todo el arte tiene que alegrar, embellecer o agradar.
Claro, se podrá decir que en la tristeza, la melancolía, la desazón residen también la belleza pero, en contra de lo que pensamos, lo bello (que muchos confunden con esa sensación que remueve algo profundo) no se encuentra siempre en la primera impresión que tenemos de un objeto, en este caso, de un edificio. A veces esa sensación de sentirnos asombrados, sobrecogidos, descolocados puede llegar ante la existencia de objetos artísticos simples, cotidianos, rectilíneos, etc. Los zapatos que dibujó Van Gogh o una tonada silvestre nos pueden conmover hasta el tuétano más que una pintura sobre un paisaje magistralmente pintado o una obertura de Bach. Eso, obviamente, va a depender de nuestra clase social, nuestra cultura y otras cuestiones existenciales relativas a nuestra experiencia personal.
Por ello, entre otras cosas, es que cuando discutimos solamente desde el formalismo artístico podemos perder de vista una pregunta verdaderamente importante: ¿por qué ganó ese proyecto de museo? En otras palabras, a veces lo más importante no es preguntarnos solamente qué es más bonito (porque el gusto cambia con el tiempo, y lo que ahora parece horroroso mañana puede resultar armónico, y viceversa), sino en función de quién se construye.
Y no me refiero aquí a las presuntas denuncias de corrupción que han surgido en redes sociales sobre un supuesto beneficio en favor de ciertas personas relacionadas con el jurado que decidió el ganador (que, de ser ciertas, podrían provocar consecuencias muy graves). Más bien, creo que el proyecto que ganó expresa de manera muy certera la visión que tiene la clase dominante ecuatoriana sobre el pasado y el arte en general.
Proyecto neoliberal
Lejos ha quedado el esfuerzo pequeño, aunque esfuerzo al fin y al cabo, que la burguesía de primera mitad del siglo XX —inspirada en aquel liberalismo universal— intentó emprender en favor de la recuperación del pasado (bajo sus propios límites ideológicos, por supuesto) y la promoción de ciertas artes y estudios sobre la identidad nacional, así como los enormes esfuerzos que una gran parte de la izquierda, especialmente comunistas y socialistas, intentaron promover mediante la creación de revistas literarias, grupos artísticos y, como intento de síntesis de estos y otros proyectos, la creación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana en la década del 40. En esta lucha por la identidad también entraron a su manera los conservadores, quienes vieron en el pasado una suerte de punto de llegada y afirmaron el peligro del presentismo y el materialismo como agentes que diluyen una esencia nacional auténtica y prístina.
Sin embargo, el neoliberalismo, como proyecto civilizatorio y gran fuerza histórica que llegó a remover las bases de la sociedad, requiere necesariamente, para construir su anhelada (aunque falaz) poshistoria, de limar rápidamente del imaginario colectivo la memoria histórica, la identidad nacional y toda expresión que reivindique lo local como algo fundamental. En contra de ello requieren disolver lo local en un supuesto cosmopolitismo basado en el consumo vertiginoso (incluyendo la cultura y la memoria como puro objeto de consumo); necesitan premiar el olvido de la historia de los pueblos y de la patria como un requerimiento para vivir en un eterno presente que se incomoda cuando se enfrenta al ayer; y, por último, necesita socavar toda identidad nacional que se oponga al ultraje y saqueo de nuestras tierras por parte de los capitales internacionales y nacionales.
No es de extrañarnos que durante décadas ningún gobierno ecuatoriano haya emprendido concretamente, por ejemplo, la construcción de un archivo nacional o de una biblioteca nacional que preserven, con la mejor tecnología disponible, el pasado del país, su memoria, identidad y su reserva material. El edificio de la antigua Biblioteca Nacional desapareció hace décadas, y el Archivo Nacional resiste como puede, pequeño y azul, frente al parque de La Alameda en medio de la contaminación más tenaz de Quito.
Por ello es que, en contra de tantos argumentos formalistas, hay que decir que el jurado eligió correctamente el proyecto ganador. Las clases dominantes —que hoy desfinancian a las universidades, los museos, los archivos, las artes, etc.— expresan mediante sus edificios, museos, su música, su proyecto de país. Y como la burguesía oligárquica nacional, que ha forjado un pacto desde hace décadas para controlar al Ecuador, no tiene puesta su vista en este país, sino en Estados Unidos (y, más miope aún, en Miami), ha elegido bien un proyecto que expresa precisamente su visión sobre el pasado y el arte ecuatoriano: un mausoleo verticalista (tan propio de su visión de la realidad alejado de la tierra, a saber, del país) en el que se guardarán los cadáveres de un pasado que debe permanecer muerto, y en el que el arte actual debe estructurarse como una actividad performativa de aquellas élites artísticas que vuelven al país después de estudiar y hacer mediante “performances” teoría posmoderna del arte en el extranjero para apropiarse de un espacio que lo han ganado tanto por la pírrica fortaleza de su clase como por la debilidad de los grupos dominados.
Porque, aunque parezca contradictorio, la burguesía oligárquica ecuatoriana tiene la deuda, como sujeto histórico que desarrolla el neoliberalismo en el Ecuador (aunque lo hace, a su vez, como clase subalterna del capital transnacional), de tomar por asalto la memoria y el arte nacional para, por fin, convertirlos en una pretendida “alta cultura” que se distancie del arte popular. Pero tal vez lo más interesante de todo ello es que es muy difícil que consigan hacerlo, por lo menos a corto plazo. Esta clase dominante es aún muy débil, tanto por sus contradicciones internas como por el papel de mayordomo del capital transnacional que ha decidido asumir. Se encuentra todavía en una etapa corporativista, y por ello es que su proyecto político y estético, que en realidad es un proyecto para desnaturalizar la identidad nacional (aún en marcha), no logra permear ni siquiera en la que debería ser su aliada, la pequeña burguesía (la mal llamada “clase media”).
En otras palabras, el dilema del proyecto del Museo Nacional revela, entre otras cosas, la visión aún subdesarrollada que tiene la burguesía ecuatoriana neoliberal sobre su proyecto de país, así como una carencia de consenso absoluto entre las clases sociales ecuatorianas. Muy lejos están los neoliberales del siglo XXI de los liberales del siglo XX, tanto por su anémico proyecto nacional, como por la debilidad de sus intelectuales, que no logran ni siquiera permear correctamente sus ideas más atrevidas en una clase media que, como siempre, se debate “entre la ira y la esperanza”.
Esto no quiere decir, sin embargo, que estén derrotados o vencidos. El proyecto del Museo Nacional precisamente da cuenta de que, por primera vez, la burguesía oligárquica ha decidido lanzarse a la “toma por asalto” de la cultura nacional, y eso da cuenta de una gran determinación política. Probablemente mañana dirán, entrampando a la clase media en un debate tramposo, que el proyecto no es definitivo y que se pueden hacer ciertos cambios, o incluso cederán ante la presión y cambiarán el modelo del proyecto.
Eso, nuevamente, no es lo realmente importante, sino, como ya se dijo, en función de quién se hace un museo. Y esa lección es fundamental para las clases dominadas, las cuales aún tienen algo que perder: su memoria de lucha, de patria y una identidad que debe defenderse a como dé lugar mediante la organización política ante los intentos por disolverla en la ideología de Miami, que huele menos a óleo y granito, y más a margaritas y centro comercial.



