Por L. Parrini
A Juan Paredes
Mis amigos en la vida han sido pocos, pero buenos. Desde niño preferí tener dos o tres compañeros con quienes me sentía en fraternidad. De cara a esa minoría que la vida valora de por sí y ante sí, la muerte mezquina y destruye.
La amistad, ese vínculo superior al amor, definido por Borges por la ausencia de ansiedad y la nula necesidad de frecuencia ¿cómo se fomenta en la vida, trasciende más allá de la muerte? Dos cuestionamientos claves para comprender qué nos da la vida de la amistad y qué nos quita de ella la muerte.
Tras la muerte de un amigo emerge esta sensación de impotencia, como si la muerte fuera más rotunda que la vida. Y lo es. Esta sensación de no haber hecho a tiempo lo suficiente. Este sabor a derrota irreversible. Esta culpa irredenta e imperdonable que castiga y oprime.
Frente a la muerte de mi amigo Juan, culpable soy de haber dejado tanto por hacer. De no haber multiplicado tu canto cuando el tirano quiso silenciar tu voz. De no haberla reproducido en un eco constante en tiempos de libertad. De no haber alzado en alto la bandera de la rebeldía contra esa y otras tantas injusticias. Culpable soy de no haberte devuelto la patria que dejaste tras tu exilio.
Dicen que el duelo se vive en tres dimensiones: de la negación de la muerte, de la rebeldía frente a su sentencia y de la nostalgia por aquello que nos arrebata. Negar tu muerte por absurda, rebelarme frente a su absoluto y evocar tu presencia ausente, es la deuda que tengo contigo.
No sé qué duele más, si los momentos vividos o aquellos que no se vivirán junto al amigo. Qué pesa más en el presente, un pasado imperfecto o el porvenir que no vendrá.
Culpable soy de dejar escurrir el tiempo entre las manos. La muerte no da tiempo, lo quita. La súbita muerte no avisa, sorprende con perentoria sentencia. Nadie está preparado para la muerte. Así nos arrebata el tiempo que creímos eterno en los relojes. De ese modo imperativo impone un paréntesis en la amistad que pensamos infinita.
Tengo el amargo sabor de conciencia de no haber hecho más por ti, por nosotros, querido amigo. Es extraño, cada proyecto nuestro quedó en la palabra, como si la vida fuera aún más mezquina que la muerte. Acaso es una virtud que nuestra amistad fuera de palabra y se mostrara de ese modo consecuente.
Si bien la amistad se decanta por la ausencia de ansiedad y la nula necesidad de frecuencia, sí precisa de consecuencia y continuidad. Y para eso requiere tiempo.
La muerte, al final de la vida se muestra contradictoria, a ti te da una eternidad para sopesar lo dicho, a mí apenas el instante necesario para vivirlo.



