Por L.Parrini
A propósito del centenario del natalicio del poeta ecuatoriano Jorgenrique Adoum, revista Lapalabrabierta reproduce una entrevista difundida en el libro Decapitar a la Gorgona: ¿la corrupción, moral de la crisis?, de Leonardo Parrini, en el que se convoca a prominentes ecuatorianos entre artistas, políticos, economistas y juristas a reflexionar acerca de la corrupción en el país. Una vez conocida la obra de Adoum, amerita conocer más a fondo su pensamiento. He aquí la entrevista.
JORGE ENRIQUE ADOUM, LAS OTRAS SEÑAS PARTICULARES DE LA MORAL
Por Leonardo Parrini
He gobernado un siglo, pero no basta. Necesito otros cien años para salvar la patria enferma. (El pueblo soy yo, Pedro Jorge Vera)
Jorge Enrique Adoum, sin proponérselo, termina siendo un filósofo actual de recia envergadura intelectual al reflexionar, desde una perspectiva personal, las señas particulares del ser ecuatoriano al que reconoce como un todo idéntico y cultural.
Autor de una obra que incluye 25 volúmenes de poesía, critica, narrativa y teatro, junto a un sinnúmero de artículos y ensayos, Adoum, se inserta en el panorama de las letras latinoamericanas como uno de sus más altivos exponentes. En una prematura estadía en Chile, creció junto a creadores de la talla de Neruda, con quien colabora hasta los días de su muerte en 1973.
Tempranamente publica Ecuador Amargo, en 1949, y luego Entre Marx y una mujer desnuda, considerada la más representativa novela de la narrativa ecuatoriana contemporánea. Su obra Ciudad sin Ángel, el poemario El amor desterrado y otros poemas, y las memorias imaginarias Los amores fugaces han sido traducidas a varios idiomas.
Adoum, haciendo un paréntesis en sus actividades, nos recibe en su apartamento en Quito, a pocas horas de viajar a Cuba donde se publicarán sus Memorias, las reales, en el contexto del encuentro mundial de escritores que tiene lugar en ese país por estos días. Con fina ironía y penetrante lucidez, nuestro invitado, enfrenta la grabadora para responder, con efecto retroactivo, por sus afirmaciones vertidas en el libro Ecuador: Señas Particulares, ensayo en el que hace un sugestivo esbozo del perfil ecuatoriano.
Aferrado firmemente a la ideología y, en particular, a su ideología humanista, Adoum levanta una ética del intelectual comprometido con los destinos de quienes integran las mayorías del pueblo, reivindicando la utopía de un país libre de corrupción. En tono, a momentos ácido, nos enseña una bisección de la identidad nacional a la que no exime “del hedor de la putrefacción moral”, y a la que antepone una ética fraguada en una estética de artista cuestionador, pero sugerente; demoledor, pero edificante.
Sin dejar de lado una actitud desmitificadora, manifiesta su escepticismo acerca del rol de la juventud en una nueva ética ciudadana, dado que el neoliberalismo y el dios dinero que impera en la sociedad de consumo son cantos de sirena que amenazan con desviar a las nuevas generaciones de sus propios derroteros éticos.
Con valiente sentido autocrítico, Adoum, reconoce que nada o poco han hecho los intelectuales por convertir en realidad la utopía de Benjamín Carrión de hacer del Ecuador una potencia cultural. Al mismo tiempo, con total sinceridad, se pertrecha junto a los dinamiteros de la sociedad, en la que aún sigue pendiente la construcción de una cultura de la honestidad, declarándose obsesionado por la identidad entre la ética y la estética.
Jorge Enrique Adoum reclama del intelectual la responsabilidad de formar a su público, con el ejemplo vivo de su obra, tanto en lo que exalta o destruye como con aquello que propone o rechaza. Con fino bisturí nuestro panelista hace el corte sutil entre una nueva ética y la moral tradicional, hasta encontrar la brecha por donde inyectar potentes contenidos a una palabra degradada.
Frente al tema que nos atañe me llama la atención que usted en su libro Ecuador: Señas Particulares no mencione la corrupción, sino la picardía como rasgo definitorio. ¿La corrupción no es acaso una seña particular del Ecuador? ¿Qué diferencia encuentra entre picardía y corrupción?
Bien yo no creo que sea uno de los signos o señas particulares del Ecuador la corrupción, no somos tan originales como para creer que es una de nuestras señas particulares. Basta ver lo que ha sucedido en México, Paraguay, Perú, Colombia o Venezuela, de modo que no es privativo nuestro. La diferencia entre la picardía y la corrupción es que puede haber muchas actitudes. La primera, digo yo en el libro, es llamada viveza que significa agilidad, prontitud del espíritu y del pensamiento. No toda picardía supone corrupción. El que maneja un coche y ve que uno va a parquearse en un sitio y la viveza está en ganarle el sitio. La viveza está en el acaparamiento de artículos de primera necesidad porque se advierte un posible aumento del precio. Yo creo que la corrupción ni siquiera entraña viveza; es uno de los actos más infames y bajos del ser humano.
Dentro de las señas particulares del Ecuador ¿Considera que somos un pueblo inmoral?
No. A menos que demos a la palabra moral otro significado. Yo creo que ninguno de esos términos, de esas taras, pueda aplicarse a todo el pueblo ecuatoriano. El problema está en la definición de pueblo, que cambia según el contexto. Por ejemplo, en la Segunda Guerra mundial sufría todo el pueblo de los países en guerra. Cuando se trata de analizar en la preguerra las medidas económicas, ya no es todo el pueblo el que sufre. Así podemos ir disminuyendo la universalidad del término. Yo creo que nuestro pueblo no es inmoral, yo diría todo lo contrario. Hay virtudes y características de la mayoría de la población ecuatoriana, del verdadero pueblo, me refiero a las aldeas, a los grandes espacios agrícolas, donde no creo que haya entrado todavía la inmoralidad oficial.
Hay quienes afirman que la moral depende de la cultura en que estemos insertos, es decir que toda moral es una forma de cultura. ¿Qué opina de este pensamiento?
Claro que sí. La prueba está en que la base de toda moral ha sido la religión o las filosofías universales. No conozco sociedad alguna, llegará el día en que haya, cuyos cimientos éticos y morales no descasen en la religión. La religión es uno de los valores esenciales y fundamentales para definir una cultura o las grandes corrientes filosóficas universales.
Usted ha escrito que el Ecuador es un país sin vocación de futuro. ¿Esa “abolición del futuro” que usted califica de «síntoma nacional” nos impide acaso rescatar la utopía como el sueño posible de un país libre de corrupción?
Bueno yo doy ejemplos allí sobre la falta de futuro de nuestro país en la concepción de la vida y del mundo. Yo creo que siempre hemos vivido de utopías, la humanidad entera, y gracias a ellas es que la humanidad ha avanzado y también nuestro país. Yo supongo que la supuesta abolición de las utopías, y dentro de ellas de las ideologías, supone ya ese enunciado, forma parte ya de otra ideología. Anunciar que las ideologías, cabe decir las utopías, han finalizado porque ahora hay una sola forma global de gobierno en el mundo, es el enunciado de una ideología.
La degradación moral de la palabra que usted ha señalado encuentra su origen en quienes nos dieron el idioma ya que, como usted señala, el lenguaje es producto de la clase social que lo emplea. El que nos trajeron de España es el de los aventureros, delincuentes, prófugos de la justicia, luego el de los religiosos, etc. ¿Existe aquí una fuente histórica que explicaría la corrupción existente en el Ecuador?
Durante la conquista, evidentemente, en todos los actos. Yo creo que el descubrimiento es una de las grandes hazañas científicas de la humanidad. Sólo después del descubrimiento de América se pudieron trazar mapamundis más verdaderos, ya se sabía qué existía al otro lado de lo que entonces era el mundo, más allá del tenebroso mar. En cuanto al lenguaje, para mí es muy difícil, no conozco las lenguas aborígenes que, si bien no impusieron un lenguaje, ahora tenemos uno que es una mezcla en cierto modo. Me refiero a los lenguajes no a las lenguas; habría que analizar uno a uno. El lenguaje revela realmente la esencia, la sustancia del ser humano. Yo no creo que exista nada antes de ser nombrado. En la utilización del lenguaje se refleja la conciencia de cada uno. Yo decía en serio que donde mejor se conoce a los individuos, es en el diván del psicoanalista y en el confesionario y eso nos demuestra, además, que es más fácil mentir de rodillas que recostado.
¿Qué rol juega la fuente indígena en el lenguaje mestizo, cuya palabra está moralmente degradada, según su perspectiva?
Yo no me atrevo a hablar en términos generales. Hay una tendencia a considerar que todo lo popular, que todo lo indígena, es por esa razón. No sé si se puede hablar la función que desempeña el factor étnico, indígena. Yo creo que igual como sucede con los blancos, hay que juzgar individuo por individuo. En las preguntas de su cuestionario yo citaba el caso de un indio que fue ministro de Bucaram y luego fue acusado de vender niños, lo cual parece no coincidir con nuestra imagen de lo que es el indio. Hacer que el indio sea la personificación simbólica de los indios, es un poco peligroso, porque supondría considerarlos como un movimiento de masas y no integrado por individuos y allí pagarían justos por pecadores y absolveríamos a los culpables con esa idealización, lo cual es otra manera de demostrar una actitud racista. Es igual a la concepción de la mujer. Hay una exaltación exagerada que, probablemente, oculta un menosprecio o una concepción que ocupa un lugar inferior. Creo que la idealización de lo indio, del indio con mayúsculas, constituye una actitud similar.
Usted ha afirmado que somos un país necesitado de héroes ¿De dónde sacar esa condición superior de ciudadanos que nos acentúen la identidad nacional, en un país donde se ensalza lo intrascendente y se destruye lo importante?
Yo no digo que el Ecuador es un país que necesita héroes, porque todos los países del mundo han sentido la necesidad del héroe para reafirmar su historia y tomarlos de ejemplos para cambiar el presente. Todos los países tienen héroes, algunos exageradamente y otros como el nuestro, que somos tan pobres. El nombre de Bolívar, Sucre, Espejo se repite constantemente, no hay plaza o calle que no tenga el nombre de una de esas tres figuras. El problema está en que en el mundo de hoy se ha reemplazado el valor de la persona humana por el valor del dinero, donde la famosa frase: dime cuanto tienes y te diré quién eres, está acabando con la concepción de los verdaderos valores de la persona humana. Esto comienza por la educación. No sé cuándo se suprimió una signatura que no siempre contó con buenos profesores, pero que por lo menos existía que era Moral y Cívica. Algún ministro de educación dijo que no hacía falta mantenerlos como asignaturas en escuelas y colegios, porque eso estaba implícito en todas las asignaturas. Necesitamos de héroes. En el socialismo se creó, en medio de risas de occidente y aplausos de la gente de izquierda, se creó el concepto de héroe del trabajo. Aquí nuestros héroes son los pícaros que evaden el trabajo, más por una capacidad increíble para volver todo banal, superficial e intrascendente. No creo que estemos buscando héroes ahora, la prueba está en la facilidad en que nos fabricamos héroes de pacotilla. Por alguna asonada, sucede que de la noche a la mañana nos ha nacido un héroe que no se distinguió en las luchas populares. Yo no creo que el concepto de héroe siga teniendo validez, únicamente, como el militar que gana batalla. Yo creo que hay los héroes de la vida diaria, el heroísmo de poder sobrevivir en las condiciones en que vive nuestro pueblo. Creo que allí están los héroes que deberíamos honrar.
Usted se conduele “de ver cómo somos” ¿Qué es aquello que más le duele del ser ecuatoriano?
Un sentimiento de inferioridad que, al tratar de ser vencido, hace que quien adolece de ese dolor, pase al otro extremo que es el de la agresión gratuita. Es similar a aquellos tímidos que para envalentonarse necesitan tomarse unos tragos, y la manera de demostrar que son muy hombres no está en el trabajo, en la honestidad, sino en el puñetazo o el puntapié. Esa actitud de la que somos testigos cada día. La insolencia de ciertos gobernantes, de ciertos periodistas, la infamia de ciertos jueces que sólo se explica por un afán de sobresalir, de existir ante los ojos de los demás y que se origina en un sentimiento de inferioridad. Inclusive el delirio de persecución que sienten algunos gobernantes, el despliegue inaudito, inusitado, innecesario de guardias, de ruido de motocicletas, porque van a pasar. Me parece es una manera de creer que, porque uno se pone en punta de pie, es más grande.
“El país se desmorona nos guiamos por el ruido de los trozos que caen y por el hedor de la putrefacción moral”, ¿no resulta muy severa esta afirmación suya, ¿qué haría posible lo contrario?
No. Habría que preguntar a quién no está de acuerdo. ¿En dónde están los signos de haberme yo equivocado o haber exagerado? Yo no sé quién fue el autor original de la frase. Yo la conocí cuando Ángel Felicísimo Rojas la pronunció en el año 44. Por donde aprieta el dedo salta el pus, decía él. Yo creo que, exceptuando las capas más humildes de la población, sigue teniendo validez esa afirmación.
Usted califica el patriotismo de los ecuatorianos como “visceral, no sujeto a raciocinio, parecido al apetito venéreo de una violación sin seducción ni amor”. ¿Cuáles deben ser a su juicio los componentes de una moral patriótica, si es de que la considera necesaria en el país?
Si preguntamos a cada uno de nosotros, que decimos estar orgullosos de ser ecuatorianos, ¿en qué basamos ese orgullo? En general sólo se ve como reacciones individuales en el extranjero. Dentro del país hay discursos de presidentes, hay arengas, hay proclamas militares, celebraciones de fiestas cívicas, y yo no he visto jamás una frase que explicara, individual o colectivamente, porqué tenemos el orgullo de ser ecuatorianos. Es en ese sentido que digo yo que es visceral y no razonado. Entonces sacamos argumentos como la belleza del paisaje, el paisaje es bello en todo el mundo. Hay cosas geográficas de las que no se ha tomado conciencia. Por ejemplo, saber que este país es el único lugar del mundo en donde en 24 horas se puede cruzar por todos los climas del planeta. Que fuimos luz de América, si muy bien, después la oscuridad nos duró de 1809 a 1824 y nos hemos quedado muchas veces sin luz después. Es como el enamoramiento. Una vez que se enamora alguien, se le pide razones y todas son falsas porque son a posteriori, no se razona antes de amar. Entonces sucede que nos enamoramos de la muchacha porque era morena y tenía los ojos grandes, los labios gruesos. A la vuelta de unos meses nos enamoramos de alguien porque es rubia, blanca y tiene los labios finos. Siempre las explicaciones del amor son a posteriori, porque no son sentimientos basados previamente en una reflexión.
El ser “demasiado jóvenes como país”, como usted afirma, ¿nos concede alguna ventaja ética frente al resto del mundo?
No creo. Lo que nos concede es una excusa para muchas cosas. Creo que es más respetable un anciano que un joven por su experiencia. La mayor sabiduría es la de los años y la de la vida, el haber visto cosas, el haber aprendido de los demás, el haber superado defectos personales. Lo único que nos concede esa juventud, es la excusa para justificar lo que está mal.
Usted ha dicho que los jóvenes “al verse en nuestro espejo roto se avergüenzan de esa parte de nosotros que aparece deformada y decidan ser diferentes”. ¿Qué nos hace pensar que de “la juventud pueda esperarse una transformación en todos los ámbitos de nuestra vida”?
Yo creo que ahí idealicé un poco. La publicación de Señas Particulares me dio la oportunidad, y por eso es el libro al que más gratitud le tengo, de sostener conversaciones con grupos de estudiantes. Para la sexta edición se enriqueció esa edición por el contacto con esos jóvenes. Yo les vi pesimistas al principio y luego de una conversación de dos horas, los vi esperanzados. Respondiendo a una de sus preguntas del cuestionario, me puse a pensar que los jóvenes son más que nosotros los viejos, productos de la sociedad en la que viven y se desarrollan, de la que no reciben sino malos ejemplos en hogares que no siempre son un modelo de corrección, atraídos por la propaganda comercial, aparentemente sin ideales. Parecería que la preocupación mayor es encontrar un empleo luego de sus estudios, lo cual es respetable, honesto. Pero me temo que el canto de sirena de la sociedad de consumo, del neoliberalismo, haga que ellos también por desgracia tengan una tendencia a la obtención de dinero fácil. Entonces no creo que el reemplazo generacional sea una garantía de que el futuro del Ecuador va a ser distinto, de que va a desaparecer la corrupción.
Usted ha afirmado que padecemos una “inseguridad ontológica” como país, que impide resignarnos “a ser lo que somos”, ¿Acaso la historia nos ganó la moral? ¿Somos un pueblo acomplejado?
En el comportamiento cotidiano sí; porque, en cambio, nos llenamos la boca cuando hablamos de nuestra historia, como si hubiéramos sido los únicos que tuvimos una Independencia, un afán de transformación radical y revolucionario, pero en el comportamiento diario no se advierte en absoluto. Creo que es también causa de nuestra juventud; no tenemos una práctica histórica de la honestidad gubernamental, un ejercicio histórico del derecho a decidir nuestro destino. Un poco, como rasgo indígena, como sumisión a la Corona, creo que hemos heredado también eso. Ya la palabra revolucionario parece haber perdido su valor y el crédito, sin embargo, es lo que más valor debería tener: decirnos hasta cuándo vamos a ser lo que somos. En el libro yo quería reflexionar porqué somos así, y una vez que encontremos las razones, saber si estamos decididos a cambiar.
EL ARTISTA, DINAMITERO DE LA SOCIEDAD
¿En qué circunstancias la estética conlleva una ética?
Para mí van juntas. Creo que fue Vladimiro Rivas Iturralde, un escritor y amigo a quien respeto y quiero, que al final de un prólogo largo a una antología mía que se publicó en México, ponía de relieve el hecho de que para mí la estética iba unida a la ética. Eso no era un reproche, sino que simplemente dejaba constancia. Si pensamos si es posible separar a ética de la estética, a mí me parece imposible, puesto que ambas nacen de la misma caverna del alma. No creo que alguien que no tenga y ejercite valores éticos, pueda hacer una estética válida, a partir de posiciones o ideologías impuras o viciadas de corrupción. Desde luego yo no creo que le toque al escritor proponer soluciones…
Eso no implica que la literatura tenga que ser moralizante…
No, no. No le toca al artista proponer soluciones. Dios nos libró de las soluciones que podría haber propuesto Jorge Luis Borges, por ejemplo, cuando sugería arrojar la bomba atómica en Vietnam. El problema es que con Borges no se sabe, con Picasso si se sabía, cuando era una broma o cuando era en serio. Yo creo que la tarea del intelectual es, precisamente, suscitar interrogantes y preguntas y que sea el público del arte, cualquiera que éste sea, quien se busque las soluciones. Yo le tengo mucho miedo al artista en el poder. El propio Goethe, una de las conciencias más lúcidas de la humanidad del siglo diecinueve, se preguntaba cómo pudo él haberse puesto al servicio de una familia real, y sus conversaciones eran de gran amargura. Le tengo miedo al artista en el poder, porque lo que al artista le corresponde es la crítica, el análisis. Se supone que el verdadero artista es un dinamitero de la sociedad. Y puesto a escoger entre dinamitar la sociedad, o por lo menos ciertos estamentos de ella, y dedicarse a defenderla y cuidarla, hemos visto que la mayor parte de las veces opta por lo segundo, con lo cual deja de lado su verdadera vocación y tarea.
¿Existe una moral del escritor o es un concepto anacrónico e innecesario?
Yo creo que la moral del escritor es igual a la moral del individuo, del ciudadano. Lo que sucede es que puede ser más útil o más peligroso, puesto que lo quiera él o no y dependiendo de su talento y de su suerte, tiene un público. Que un ciudadano cualquiera que pasa por la calle, sea inmoral en algún aspecto, viene a hacer y ejercer un mal restringido. Un escritor que fuera inmoral en su literatura hace más daño, puesto que transmite un mensaje que va a llegar a un mayor número de personas que aquel ciudadano que pasa por la calle.
Usted ha afirmado que “no existen culturas puras”, ¿De qué está contaminada la nuestra?
De otras culturas, es en ese sentido. Ya vimos a donde fueron a parar las culturas como la griega y la latina, lo que se pudo salvar de ellas entró en la cultura occidental. Es imposible, en el mundo contemporáneo, creer que se pueda mantener pura una cultura. Y cuando digo esto, no estoy criticando de impurezas, estoy hablando simplemente de enriquecimiento o penetración de otras culturas. Desde luego, es bastante dificultoso establecer las diferencias, inclusive el diccionario tiene ese problema, entre aculturación y transculturización. Y no es necesario haber borrado los límites culturales, políticos, militares entre una cultura y otra. Es inconcebible una cultura que no sea mestiza, es decir, el resultado de dos o varias culturas. La nuestra tiene lo que heredó de la cultura grecolatina, tiene la herencia del cristianismo, la herencia de España, más la de los indios y de los negros que vinieron en los mismos barcos que los españoles. Todas las migraciones, los italianos en Argentina, los alemanes en Chile, los españoles más claramente influenciando en las culturas del Caribe y toda América Latina. De ahí que la nuestra es una cultura de la que sí podemos estar orgullosos, por la riqueza que aportaron cada una de las fuentes en esta confluencia de la que estamos hablando.
¿Es dable hablar de una “cultura de la honestidad”, que claman algunos, o es nada más un eufemismo?
Puede ser una expresión metafórica. Hemos hablado de la cultura del pánico y otras culturas. Cuando respondí su cuestionario en la pregunta de que, si la corrupción es inherente al poder, decía yo que suponer eso sería justificarla y tal vez, supondría cierta ignorancia de la historia. Yo no creo, no he leído que en el siglo de Pericles en Grecia o durante el periodo que abarca Solón, la corrupción haya sido también inherente al poder. La cultura de la honestidad habría que crearla, empezar a crearla. Hemos, más bien, fomentado la cultura de la deshonestidad, de la inmoralidad, de la corrupción. La prueba está en que ahora hay movimientos que tratan de luchar contra la corrupción después de haberla dejado crecer hasta volverse casi universal en el país. Ya no se enseña a los niños los diez mandamientos, tal vez en las escuelas religiosas, es que sabe un niño que es pecado jurar en vano, que es pecado mentir. A propósito de la picardía, la viveza criolla está llena de cuestiones deshonestas e inmorales. Nunca hemos hablado de la viveza criolla para señalar momentos, actitudes de un gran ingenio o vivacidad de pensamiento. Siempre la viveza es para señalar la picardía, la trampa, el engaño, la estafa en todos los planos y en todos los órdenes.
Usted relaciona identidad con cultura, en su libro ¿Cómo caracterizar los rasgos de esa identidad, basada en qué cultura?
Ese fue un error mío. Durante algunos años cuando trabaje en la UNESCO, me esforcé porque cada vez que fuera posible hubiera un escritor latinoamericano y solía haber reuniones bienales de todos los editores del correo de la UNESCO que llegaron a ser treinta y seis. En una de esas reuniones la editora italiana me dijo: qué es esto de identidad cultural; pero, previamente, el alemán me dijo: yo no puedo traducir esto porque no tengo esos conceptos en mi lengua. Mucho después yo comprendí que era un error, porque toda identidad es cultural. No podemos hablar de identidades geográficas, que no entrañaran también en el cuidado de la geografía, una actitud cultural. Ese fue un error: yo creo que toda identidad es cultural.
¿Está vigente aún la propuesta de Benjamin Carrión de hacer del Ecuador “una potencia cultural”? ¿Sobre qué bases?
Él se basaba en la historia. Decía que no somos una potencia económica, no queremos ser una potencia militar. Entonces él se basaba en figuras como Eugenio Espejo, Montalvo, González Suárez que son figuras de las que realmente podemos estar orgullosos. No sé si sean más grandes, iguales o inferiores que las figuras que tienen otros países del continente. Yo creo que Benjamin lo planteaba como una utopía para él, más fácil de alcanzarla, que para mí. No creo que desde Benjamin Carrión hasta hoy, nosotros hayamos contribuido realmente a ser una potencia cultural. Hay muchos elementos, hay cierta mediocridad, la envidia, el rencor. Creo que muchos amigos periodistas, entre otros, parece que les preocupa la posteridad, pero creo yo que la posteridad o éxito es ancha y no es cuestión de empujar o de abrirse paso a codazos, sino de pensar que somos tan delgados que podemos pasar dos seres al mismo tiempo. Entonces esa actitud de ciertos gacetilleros, porque no llegan a ser críticos, debe desanimar a muchos jóvenes. Yo recuerdo un periódico de Quito que dedicó una página entera, por primera vez a un acontecimiento cultural, a criticar primeras obras de autores de dieciséis y dieciocho años, y de paso a quienes les habían dado un espaldarazo, ese empujoncito que a veces se necesita cuando uno duda de sí mismo. Me parece que esas actitudes, el silencio que se hace de ciertos autores u obras, o la demolición que se pretende hacer de otros y la falta de una política cultural, sobre todo. Por suerte el Estado no produce cultura, pero su obligación es suscitarla, producirla y difundirla, eso no existe en nuestro país y las instituciones llamadas a hacerlo no lo hacen porque no quieren o porque no pueden. Todo eso junto, creo que ha impedido que cumplamos la parte que nos tocaba en esa utópica construcción o visión de futuro que afirmaba Benjamin Carrión.
LOS INGENIEROS DEL ALMA
¿Qué papel juega el artista en la perspectiva de una sociedad sin corrupción?
Alguien, cuyo nombre es ya pecado nombrarlo, decía que los escritores son los ingenieros del alma. Incluso cuando su voluntad no lo busca, el escritor tiene un público, más o menos numeroso, más o menos receptivo, por lo mismo a él le toca contribuir a crear esa cultura de la honestidad de la que usted hablaba; en primer lugar, con su ejemplo, y son pocos los que pueden dar ese ejemplo; en segundo lugar, con su obra, con lo exalta o destruye, con lo que propone y lo que rechaza, que está dictado por su propia honestidad o corrupción.
El pintor Carlos Rosero afirma que la estética puede contribuir a la creación de una ética a partir de la emoción ¿De qué otra forma contribuye a lo mismo?
A partir del intelecto. La emoción es una parte, y no me extraña que él lo diga ya que es un artista plástico, pero en lo que se refiere a artes que no suscitan inmediatamente la emoción, sino a lo largo de horas de día de entrega a la lectura, en ese caso, ya no es solo la emoción, sino la reflexión y el pensamiento.
¿Es posible soñar en un país sin corrupción a través del rol social del arte?
Yo creo que siempre es un sueño esperar un país sin corrupción. No quiere decir que la corrupción sea inherente al ser humano, aunque habría que llegar, en última instancia, a esa conclusión. Todas las vías que busquemos son también un sueño, hay que buscarlas, hay que seguirlas, hay que propugnarlas. Y bueno, igual que en la técnica del tiro al blanco, hay que apuntar un poco más arriba para llegar al centro. Creo que mientras más utópica nos parezca esta ansia de honestidad, mientras más profundo sea este desprecio, este odio, a la corrupción, tal vez lleguemos a una etapa por lo menos, menos grave que la actual.
La Iglesia católica se considera a sí misma una especie “de reserva moral” de la sociedad ¿Comparte usted esta afirmación?
Yo creo que todas las iglesias pueden reclamar eso. Yo estoy fuera de ella, no la conozco por dentro, recibí su educación hasta los trece años de edad. Estamos viendo problemas en la iglesia. Hubo problemas de finanzas en el Vaticano, hay problemas de corrupción de menores en todas las diócesis de la iglesia católica en los EEUU. No creo yo que se pueda hablar de la iglesia en términos generales, inclusive durante muchos años hubo un divorcio entre quienes seguían la Teología de la Liberación en América Latina y quienes seguían las instrucciones del Vaticano. La participación directa del Papa en el derrocamiento de regímenes, buenos o malos, cuando actuaba, ya no como jefe de la Iglesia, sino como jefe de un Estado que es el vaticano con su propia moneda y su propio ejército. No creo que se pueda hablar de la iglesia en sentido universal, habría que analizar cada caso en cada país. Pero en el fondo, por su propia misión habría que creer que está menos corrompida, probablemente, posiblemente. Yo cito un ejemplo en el cuestionario, a propósito de mi libro, la primera pregunta me hizo un estudiante de las monjas, qué opina usted del uso que la iglesia hace de los fondos que recibe. Tuve que decir que ignoraba cuál era el uso, que si me podría informar para dar una opinión. Esto es señal de que los propios beneficiarios o adherentes a la iglesia o a la religión, tienen sus dudas.
Abdón Ubidia señala que vivimos una época donde se han perdido los referentes en que “estamos solos en el mundo, sin dioses” ¿Cree usted lo mismo?
Es una hermosa reflexión de Abdón, el problema está en que no debemos olvidar que tenemos un dios todopoderoso que es el dinero y que es la nueva religión por lo menos en grandes sectores de la cultura y la sociedad occidentales. El dinero lo rige todo, lo define todo, lo decide todo; las guerras, la paz, la democracia, el totalitarismo, todo está regido por el dinero. Antes era un poco más difícil encontrar la causa y la raíz de los males, ahora es tan desvergonzada la intervención del factor económico que no hay necesidad de buscarla. Vemos todos los días, en cualquier hecho en cualquier acto individual o colectivo, la función del dinero en la construcción de una nueva ética, en una supuesta moral nueva o revolucionaria. De modo que la frase es bella porque él toma como referentes dioses de la antigüedad, de la mitología o de las religiones universales, comparados con una sociedad en que la religión es algo de aparato, de apariencia. Yo recuerdo en mi primer regreso al Ecuador en los años sesenta unos jóvenes que no tenían donde hacer teatro lo hacían sobre las capota de los autos y consiguieron un local que era una especie de happening de teatro improvisado y salía un joven actor a decir, mis padres son los que están en la tercera fila, son personas importantes en nuestra sociedad, son católicos creyentes, el domingo van a misa, pero eso no impide que al regresar le den una bofetada a la empleada, con lo cual esos padres abandonaban el local y venía otro y señalaba a los suyos. Esto me pareció la expresión más extraordinaria de un teatro verdaderamente revolucionario, no sólo con relación al teatro tradicional, sino con relación a la sociedad misma, pero no he vuelto a saber de actos como ese.
¿Qué valores podemos anteponer a cierta “moral de mercado” como usted la llama que califica, descalifica y juzga, a base de una moralina que ve pecados por todas partes?
Yo no sé si se ven pecados en todas partes. Si, pero es más bien la maledicencia, la envidia, el rencor, el odio lo que hace ver pecados donde no hay. Los tenemos y muchos y todo el mundo los tiene. No es una sociedad de ángeles ni de santos la nuestras y las otras. Pero eso forma parte de la actitud que yo señalaba del sentimiento de inferioridad que todos arrastramos y reflejamos en los otros, tratar de presentarnos de que somos mejores que los demás. Esa misma reacción para vencer el sentimiento, para no manejar un sicoanálisis de supermercado, no quiero llamar complejo de inferioridad. El complejo es mucho más complejo que un simple sentimiento. De modo que eso sólo hace abonar en, mi opinión, sobre nuestro comportamiento cotidiano colectivo.
Se habla que la Educación debe crear una nueva moral en los individuos, un hombre nuevo en la sociedad. ¿Desde su apreciación, quién estaría en condiciones de educar en esa perspectiva?
(Sonríe). Primero veamos en manos de quién está la educación, desde luego que hay excepciones, no sólo honrosas, sino admirables. El problema es la sociedad. Los actuales maestros y profesores forman parte de esta sociedad, son producto de ella como todos nosotros y ellos son los que forman a una nueva generación dentro de sus cánones de moral, de ética, dentro de su pensamiento. Yo podría dar algunos ejemplos. La hija de un escritor argentino en París a los seis años, en las notas que trajo mala calificación, la profesora le puso: “demasiada imaginación”. Luego yo conozco profesores, casi todos los que yo conozco, a ninguno de ellos se le ocurre que el alumno deba ser mejor que ellos. Nunca encontrará usted un profesor, un maestro, que se dedique a ser que sus alumnos lo superen a él, porque allí va incluida una noción de orgullo profesional; pero si los maestros no se empeñan en hacer que los alumnos los superen, asistimos a una degradación constante de la Educación. Si el alumno va a ser inferior al maestro, cuando él sea maestro, sus alumnos van a ser inferiores a quien ya era inferior al otro referente. La moral nueva es la expresión de la moral burguesa, pero aquí hace falta una moral simplemente, vieja, actual o nueva. Nos hace falta cualquiera de las tres. Ese principio indígena de no mentir, no robar, no ser ocioso, bastaría con cumplir esos tres puntos para entrar ya en una moral nueva.
Usted afirma que “el Ecuador no es un pueblo politizado” ¿significa esto sin ideología? ¿Qué nos impide serlo?
Digo que no es politizado en el sentido de que es absurdo como en un país tan inculto políticamente que el voto sea obligatorio y universal. Creíamos que era un gesto democrático el voto universal. Es curioso, sucede que en este país se exigen ciertos requisitos para dar el cargo de secretaria a una muchacha, para dar un empleo en un banco; para lo único que no hay requisito es para el ejercicio de la política. Para ser presidente de la república creo que basta con tener 35 años y ser ecuatoriano de nacimiento, pero ¿cuántos individuos con 35 años y ecuatorianos de nacimiento pueden aspirar a la presidencia de la República? Y cuántos hay que en realidad están más capacitados que muchos presidentes para dirigir el país. Desde ese punto de vista es que no somos politizados. Quien quiera puede ser candidato a cualquier cosa lo cual es un principio democrático, pero es conocido en su casa y eso a las horas de comida, y la gente tiene que votar porque es obligatorio y obtener el certificado de que ha votado. Pero cómo puede ser politizado un país, si los propios dirigentes políticos le han convencido de que la política está mal, de que la política es una condena, de que la política nos ha llevado donde estamos. Yo creo que en cuanto se vive una sociedad, existe una política. Yo recuerdo al presidente Durán Ballén, desde la televisión, haciendo una campaña contra los políticos para un referéndum que es un acto político. No hay representante más directo de la política que el presidente de la República. Yo no sé cómo el presidente Gustavo Noboa se enorgullece de no tener ideología, él cree que no la tiene, pero cuando uno tiene una concepción del mundo de la vida, eso es ya una ideología. Creer que ideología es ser de derecha o de izquierda, cada uno puede interpretarlo a su manera, pero cuando él dice: si no hubiera sido militar habría sido sacerdote, alude a dos instituciones donde no se puede pensar porque está obligado a la obediencia. Todo ser humano tiene una ideología, aunque ésta no esté consagrada en principios de un partido. La ideología es una concepción del mundo y de la vida.
Ecuador pasó de actos de deshonestidad aislados a una cultura de la corrupción ¿Comparte esta caracterización del problema y cómo anteponer una nueva cultura desde el quehacer de los hacedores de cultura?
Yo comparto. Es posible que la corrupción haya sido igual pero no nos enterábamos. El desarrollo de los medios y la lucha de la prensa por tener acceso a las fuentes deben haber contribuido, en gran medida, a que tengamos la sensación de que la corrupción está en todas partes. En cuanto se firma un contrato, lo primero que dicen es ¿cuánto le habrán dado? Se supone que eso supone millones de dólares en coimas y sobornos. Tenemos la obsesión de los actos de corrupción, aunque no podamos demostrarlos siempre. Yo creo que como todos los defectos y virtudes han venido desarrollándose, hay una progresión demográfica que influye, la migración hacia las grandes ciudades, todo eso hace que haya venido desarrollándose y ahora nos parece realmente que la corrupción ha sobrepasado todos los límites. Y volviendo a mi obsesión de la identidad de la ética con la estética y al hecho de que el artista, sin que él se lo proponga ser una figura visible, lo es; y por tanto es su ejemplo y su prédica lo que puede contribuir a cambiar esta concepción de la vida social. No sé si haya habido un periodo con más corrupción que el de los últimos años en la vida del Ecuador. Seguramente en la colonia sí, por la catadura moral de la gente de la Corona. Sucede que ahora es desvergonzada, es abierta, es universal y está garantizada en algunos textos legales, porque la corrupción llega también a la administración de justicia y todos los amarres y enjuagues que se están haciendo para despolitizar las cortes, me supongo en lo que va a dar. Yo creo que la metáfora de la Gorgona es excelente para identificar a la corrupción. El problema está en saber hasta qué punto es popular. No sé si haya que hacer, previa a la aparición del libro, una divulgación simple y fácil para que se entienda bien que no se trata de un nombre propio, por ejemplo, no se vaya a creer que la Gorgona responde algún lugar geográfico.



