Estamos más solos en el mundo, falleció Juan Paredes. Los cantores no mueren, solo nos dejan. Vivir tu muerte, amigo querido, es un dolor moral que se hace físico y duele en el corazón.
Adiós, hermano, cantor, militante, tres dimensiones de tu fecunda vida. Se abre tu mano de artista para entonar tu postrer adiós, se cierra tu puño de combatiente para confirmar la batalla en un mismo gesto de hermandad perpetua.
La lucha por la justicia te trajo hasta la mitad del mundo desde el extremo austral del planeta. Desde la estrecha y larga cornisa de los Andes donde aprendiste a cantar un canto nuevo. Extenso fue tu andar, como una cueca larga, como un profundo aliento, como el vino de nuestros valles, largamente estacionado en el fudre de roble con exquisita paciencia.
De tu Chile rojo viniste a un Pueblo Nuevo, solidario y militante, para unir tu voz a los hermanos de Ecuador y con ellos entonar un solo afán de justicia y poesía. Inspirado en los viejos trinos de la Nueva Canción chilena, fueron Violeta, Víctor, Quilapayún y los Inti Illimani tus referentes artísticos.
Así fue tu vida, de música y embriaguez de utopías. Y en ese vuelo estuvimos unidos como pájaros migratorios por una amistad sin condiciones, por la admiración que profesé a tu canto y a tu guitarra pulsada por tus manos buenas de amigo generoso.
Tu corazón, aun doliente, cantó un canto promisorio. Un mal compartido que nos hizo contemplar la vida sin contemplaciones. Quién más que yo conoció el pesar de tus pesares, físicos y espirituales, cuando la muerte te vigiló de cerca y la esquivaste. Cuando tu voz se alzó por sobre todos los padeceres para entonar un canto cargado de vida.
Por eso será que los poemas de los grandes poetas te secundan. Aquel poema de Neruda te pertenece, te representa, es tuyo por convicción y doctrina.
He renacido muchas veces, desde el fondo
de estrellas derrotadas, reconstruyendo el hilo
de las eternidades que poblé con mis manos,
y ahora voy a morir, sin nada más, con tierra
sobre mi cuerpo, destinado a ser tierra.
No compré una parcela del cielo que vendían
los sacerdotes, ni acepté tinieblas
que el metafísico manufacturaba
para despreocupados poderosos.
Quiero estar en la muerte con los pobres
que no tuvieron tiempo de estudiarla,
mientras los apaleaban los que tienen
el cielo dividido y arreglado.
Tengo lista mi muerte, como un traje
que me espera, del color que amo,
de la extensión que busqué inútilmente,
de la profundidad que necesito.
Cuando el amor gastó su materia evidente
y la lucha desgrana sus martillos
en otras manos de agregada fuerza,
viene a borrar la muerte las señales
que fueron construyendo tus fronteras.
Los cantores no mueren, solo nos dejan. Si nos deja el cantor, nos deja la vida. Quédate entre nosotros, Juan, siemprevivo: Si nada nos salva de la muerte, que al menos el amor nos salve de la vida.



