Por L. Parrini
Jorge Enrique Adoum, acaso el más universal de los poetas ecuatorianos con una obra esencialmente humanista de la que ningún asunto del hombre le fue ajeno, ya entró en la eternidad de las letras siemprevivas. A cien años de su nacimiento en Ambato el 29 de junio de 1926, nos reunimos un puñado de lectores y amigos al pie del Árbol de la vida, en la Capilla del Hombre, en Quito, donde descansa junto a su camarada de toda la vida, Oswaldo Guayasamin.

No fue por nostalgia, sino por memoria que en la ocasión se evocaron sus poemas en la lectura de diversos poetas y se ofreció en la voz plural del Coro Pichincha, una Serenata con sus versos musicalizados, mientras que Jorgenrique, con sus propias palabras en un video, recreaba algunas de sus poesías. Fue un encuentro austero, esencial como su obra, provisto del reconocimiento del Ecuador país que, en opinión de Neruda, tenía “al mejor poeta de América Latina”, refiriéndose a Adoum.
Cada quien de los presentes rebuscó en la memoria algún encuentro, alguna palabra escuchada personalmente al poeta. Evoqué entonces, de una entrevista que realicé a Adoum, su relación con Neruda durante dos años como su secretario personal: “Me encargué de su correspondencia, porque de su poesía se encargaba él”, me dijo en aquella oportunidad. Del Nobel de Literatura chileno, Adoum heredó su visión del mundo, su irrenunciable defensa por los derechos del hombre, así como la ponderación de la mujer como compañera de vida.
Yo, que salí de mujer como del alba,
que ardí, que he muerto pocas veces
todavía, y todavía espero por las cosas,
hoy vuelvo con la misma camisa
que tocaron los pechos de tantas despedidas,
vuelvo y te encuentro en tu liviana
muerte de materia, y me detengo,
no por duda en los pies, no de paso
a la ciudad: es por destino,
y traigo mi alma llena de tu páramo,
de escombros, de huesos cuyo nombre
reconozco y debo enterrar inútilmente.
Una vida transcurrida a contrapunto, a través de una obra contestataria en su afán intelectual: “Yo creo que la tarea del intelectual es, precisamente, suscitar interrogantes y preguntas y que sea el público del arte, cualquiera que éste sea, quien se busque las soluciones. Yo le tengo mucho miedo al artista en el poder -afirmó en aquella entrevista- le tengo miedo al artista en el poder, porque lo que al artista le corresponde es la crítica, el análisis. Se supone que el verdadero artista es un dinamitero de la sociedad”.
No hace falta referirnos en detalle a su obra de poesía, ensayos y novelas, puesto que es ampliamente conocida y relevante por su humanismo y compromiso con los vilipendiados de la tierra, obra que proyectó la cultura de su país como viajero del mundo y de la literatura.
En sus libros, desde sus poemarios, la novela Entre Marx y una mujer desnuda, y el ensayo Señas Particulares, Adoum proyectó una dimensión del país donde vernos reflejados en un perfil claroscuro, sin soslayar la voluntad de cambio: “Tengo que creer en la utopía, aunque no llegue a verla realizada. De otro modo, habría que dejar de creer en la humanidad”. Obra universal y humanista, vigente mientras Ecuador no encuentre su vocación de futuro y deje de buscar en la culpa de otros la raíz de sus males.

La noche se adentraba en la ciudad con sus opacidades y resplandores. Arriba, el frío arreciaba en las alturas de la Capilla del Hombre. A pocos metros, bajo el Árbol de la vida, Jorgenrique y su amigo y camarada, Oswaldo Guayasamin, reanudaban su diálogo más de cien años de eternidad.



