Por Marcelo Perezalbán
El Día del Padre nació, como tantas efemérides modernas, bajo el signo del marketing: una fecha diseñaba para mover la caja registradora, para que los escaparates se llenen de corbatas, relojes y perfumes. Sin embargo, la mercadotecnia no pudo prever que, detrás de la estrategia comercial, se escondía un símbolo profundo, un rito que toca las fibras más íntimas del ser humano.
Porque el padre junto a la madre, es el eje de la familia, el sostén que equilibra la balanza de la vida.
El padre es ternura y sacrificio, amor y entrega cotidiana. Es quien, segundo a segundo, minuto a minuto, hora tras hora, se desvela por sus hijos. Los alimenta, los protege, los educa, los forma. No lo hace con la esperanza de compensaciones. Lo hace porque su misión es formar seres dignos, personas de bien, capaces de ejercer los valores humanos, gracias al ejemplo que reciben en su hogar.
Los hijos crecen, y también les crecen alas gigantes, poderosas, que los llevan muy lejos. Pero aunque vuelen a otras tierras, aunque se pierdan en otros horizontes, nunca escapan de la cabeza ni del corazón de sus padres. Allí permanecen hasta el último aliento.
El rol del padre se prolonga en la dulzura del abuelo: cariñoso, consentidor y sabio. El abuelo ofrece consejos, palabras que son bálsamo, enseñanzas que se convierten en herencia. Y cuando el padre y el abuelo se van, siguen vivos en la memoria, en la palabra, en las huellas que dejaron en la vida de sus hijos y nietos.
A veces, incluso, los abuelos asumen la paternidad, cuando la guerra, la migración o la pandemia arrancan a los padres de su lugar, como ocurre en el mundo convulsionado de hoy.
Cruza por mi cabeza un recuerdo lacerante: durante el Covid 19, muchos padres quedaron sin trabajo, otros se fueron para siempre. Entonces los abuelos cogieron el testigo, y volvieron a ser padres en un entorno de estoicismo y dolor.
Todo esto contrasta con la ironía amarga de aquellos que renuncian a su deber, que abandonan a sus hijos como si fueran cargas indeseadas, que pugnan en los tribunales por pagar lo menos posible en los juicios de alimentos. Padres de papel, que se borran a sí mismos de la historia de sus hijos, sin comprender que la verdadera riqueza no está en el dinero escondido, sino en el amor que se entrega.
El Día del Padre, entonces, no es solo una fecha de consumo. Es un recordatorio de que la paternidad es un acto de fe, un compromiso sin condiciones, una entrega que no espera retorno.
Es la celebración de quienes, con ternura y sacrificio, sostienen la vida de sus hijos y nietos, y que, incluso después de partir, siguen siendo faros de luz en la memoria de la familia.



