Por L. Parrini
Cuando un país repite sus fracasos nacionales en el campo deportivo estamos hablando no solo de un fenómeno futbolístico sino sociológico. Ecuador ha convertido el fracaso mundial en una forma de ser nacional.
El comentarista deportivo Roberto Bonafont, calificado como “el poeta del fútbol”, tiene una versión muy prosaica para explicar el fracaso: “tristeza absoluta, declaraciones del técnico Beccacece como canción de cuna para un cadáver, termina el partido como debió haberlo comenzado: con doble nueve, poniéndolo a Angulo que da apertura, poniéndolo a Preciado que da amplitud. Plata, apuntando siempre al portero sin dirección ni colocación el momento de disparar, estaba para cambio. Valencia comienza el partido con un pase de Caicedo y Enner permite que se agrande el arquero y no puede concretar el gol. Situación que se repitió el resto del partido. El técnico se equivoca rotundamente. Cuando hablaban de goleada, el gol más difícil de hacer para los que quieren goleada es el primero y el primero nunca llegó. ¿Para qué tanto defensor si se necesitaba profundidad de carrileros, volantes ofensivos? Terminaron como siempre al plan de los ponchazos, la táctica del ollazo para ver si algo salía. Se regaló la mitad de la cancha buena parte del primer episodio, replegamos demasiado dándole ventaja de 40 metros al adversario Curazao que era maluco, que tenía los pies de madera, que no podía hacer mayor cosa con la pelota por la falta de técnica. Es un paso muy triste el del profesor Beccacece, hoy se volvió a llenar el estadio de ecuatorianos y el estadio coreó el nombre de «fuera Beccacece», porque el público se da cuenta: un mal planteamiento ante un rival débil al que nosotros agrandamos. Una tristeza avergonzante de un pueblo que se fue herido, porque este pueblo llenó el estadio nuevamente con 70 mil personas. Ahora nos interesa ganarle a Alemania si es que todavía nos queda amor propio, porque el público que vino al estadio, sí tiene amor propio”.
Un hincha, de aquellos que Bonafont atribuye amor propio, dijo apesadumbrado: “se acabó, simplemente no se puede creer, otra sensación de duelo, ¿dónde quedó esa nueva generación, esa gran generación dorada? Es un dolor enorme, es una daga en el corazón. Hemos conseguido un punto, es una situación muy difícil para poder aspirar a algo. ¿Cuál es el problema? Es que hoy, al menos en este Mundial no hemos estado como profesionales de la información, estamos como un hincha más. Nuestras expectativas, nuestras ilusiones estaban allá arriba, jamás nos habíamos sentido tan favoritos, no solamente por el corazón propio, porque como ecuatoriano uno siempre quiere llegar alto, pero es lo que también se dijo alrededor del mundo, nos ponían en los cuartos de final, como la gran sorpresa de este mundial”.
Conclusión futbolística
Ecuador no tiene delanteros solventes, y contrató a un director técnico insolvente, y la prensa especializada no lo analiza con rigor. Por más que la prensa deportiva ensalce a la ecuatoriana como “la mejor defensa de las eliminatorias”, los partidos se ganan haciendo goles no solo defendiéndose para que no nos hagan. El arquero Hernán Galíndez contuvo tres disparos que eran goles cantados y se convierte en el único jugador de Ecuador que enfrentó el partido con vergüenza en la cara, pero es argentino naturalizado.
La prensa deportiva que se supone especializada en un tema: el fútbol, no hace un análisis objetivo, ni autocrítico riguroso. Previo a los partidos se convierten en hinchas fanatizados generando falsas expectativas en campañas publicitarias orquestadas por los medios donde ejercen, al término de los partidos fracasados, solo se lamentan, sin un rigor analítico apuntando a razones que, muchas veces, están fuera de la cancha, repiten lo que el público vio en el terreno de juego, sin análisis técnico que no solo es deportivo, sino reflexiones de carácter comunicacional desentrañando las causas generales y específicas de las derrotas. Se diría que hay un silencio cómplice e interesado, porque seguramente si apuntan a los responsables con firmeza, pierden el empleo.
Los comentaristas deportivos -y ahora también mujeres- viajan por el mundo como fanáticos con sueldos y viáticos que no deben ser menores. Incluso en la historia de la profesión circularon rumores -imposibles de confirmar- que la propia FEF financiaba los viajes de ciertos comunicadores deportivos considerados elegidos, a cambio de encausar su visión de la realidad deportiva del país. De este modo, el periodismo deportivo crea ídolos con pie de barro, manoseando las ilusiones populares, generando una suerte de religión colectiva como falsos profetas.
Cuando se extrapolan los fracasos políticos, -léase, poca fe en el país, falta de orgullo nacional, escasa dignidad colectiva, al campo de fútbol y los resultados se traducen en fracaso deportivo, estamos hablando de un fenómeno sociológico, ante el pozo de una crisis que ningún jefe de Estado, ni director técnico con vocación de agoreros nos puede eximir.
Danza de los millones
El fenómeno no solo sociológico, también el fracaso es un fenómeno con entretelones económicos: estamos hablando de profesionales del deporte que se hacen millonarios: El director técnico de la Tri, el argentino Sebastián Beccacece, percibe un sueldo anual de 2.4 millones de dólares. El club mexicano Los Tigres pagó casi ocho millones de dólares por el pase de Enner Valencia en el verano del 2017, adquirido al West Ham United de la Liga Inglesa. El ecuatoriano en el club azteca terminó por pasar sin mucha trascendencia. Se conoce que Valencia también obtenía en el Pachuca, de México, ganancias por 1.2 millones de dólares anuales, es decir, 23 mil dólares semanales. No obstante, Moisés Caicedo es el futbolista ecuatoriano que llegó a ser el mejor pagado del mundo con un salario entre 13 y 14 millones de dólares anuales en el Chelsea FC hasta 2033. Mientras que el presidente del país, Daniel Noboa, gana 5.072 dólares mensuales, máximo salario establecido dentro del régimen de servicio público ecuatoriano. Cifras que un ciudadanos medio no alcanza a ganar en toda su vida.
Tristeza vergonzante embarga al pueblo cuando en dos pasiones populares -el fútbol y la política- se produce un fracaso mundial. Ahora solo resta una reflexión a fondo sobre el ser nacional: un país sin realización presente y sin vocación de futuro, como dejó escrito Jorge Enrique Adoum, como parte de nuestras señas particulares.



