Por L. Parrini
Fueron tres goles espectaculares que ubican a Lionel Messi como el máximo goleador histórico de los torneos mundiales de fútbol, con un total de 16 goles en las 3 Copas del Mundo en las que ha participado. El delantero argentino alcanzó esta histórica cifra durante el Mundial 2026, donde igualó la marca que ostentaba el alemán Miroslav Klose. El acontecimiento lo convirtió en protagonista estelar del partido en que Argentina superó por tres goles a cero al seleccionado de Argelia. Cuestión que no pasó inadvertida para los directivos FIFA y los realizadores de la transmisión televisiva mundial que enfocaban a Messi cada 5 minutos en la cancha y fuera de ella cuando fue suplantado, luego de haber hecho lo suficiente en el campo de juego.
Fueron 5 mil millones de personas que lo vieron en el mundo, convirtiendo a la Copa FIFA 2026 en el torneo futbolístico con el récord histórico de audiencia, con un promedio de asistencia de 63 mil espectadores por partido en los estadios, considerando que son 104 encuentros programados en las diversas sedes internacionales de México, Estados Unidos y Canadá. Se estima que el encuentro final del mundial convocará a más de mil millones de espectadores simultáneos en televisión e Internet en todo el planeta.
¿Qué significa esto en un mundo multipolar, asediado por disputas geopolíticas que hacen crecer el fantasma real de una guerra global?
No obstante, la amenaza bélica, la FIFA asegura que el fútbol une al mundo. Una afirmación publicitaria que convoca más como un aspiracional que como realidad tangible.
En la tramoya del partido de Argentina vs Argelia -el mejor encuentro jugado hasta el momento en el Mundial 2026-, subyacen hechos que matizan el torneo con realidades muchos más prosaicas que el poema de gol convertido por Messi. Y el propio jugador sudamericano es admirado en la cancha por millones de espectadores que miran la pantalla con los ojos vendados, pero detrás de la cancha perfecta presenciamos el mundial más desigual de la historia.
Los funcionarios políticos y dirigentes deportivos deciden quién circula libre y quién es tratado como una amenaza geopolítica. Por primera vez dos países concurrentes están en guerra -Estados Unidos e Irán- y este último fue impedido de permanecer en territorio norteamericano con sus seleccionados más allá de los 90 minutos que dura un partido de fútbol, debiendo jugar en EE. UU y hospedarse en México.
La biopolítica en juego
La FIFA se declara apolítica, pero Michel Foucault lo llamó Biopolítica, el poder del Estado para controlar y clasificar los cuerpos. Una forma de control sobre la vida de las personas que interviene sobre el cuerpo colectivo (población) o la especie humana. Poder que controla procesos biológicos masivos como el crecimiento demográfico, las epidemias, las pensiones y la seguridad social, con el fin de maximizar la utilidad y rentabilidad de la población.
Este control sobre la vida se conoce como Biopoder y se lo ejerce en espectáculos masivos como un torneo mundial de fútbol. El deporte es uno de sus principales dispositivos: una herramienta de control, normalización y maximización del rendimiento biológico bajo los ideales de la eficiencia y el mercado. El deporte permite a las instituciones clasificar, jerarquizar y comparar poblaciones y naciones, justificando lógicas de regulación social.
La relación entre el fútbol y la biopolítica confirma cómo este deporte funciona como un dispositivo de control social, disciplinamiento corporal y gestión de las poblaciones. Q este marco, los estadios operan como espacios de Biopoder donde se moldean identidades, se regulan pasiones y se administra la vida colectiva.
El propio Messi es el instrumento internacional de este fenómeno de control colectivo. El jugador de fútbol es el modelo perfecto del cuerpo disciplinado. A través de la medicina deportiva, la biometría, la nutrición y el entrenamiento táctico, el cuerpo humano es optimizado, medido y corregido para maximizar su rendimiento. Este control busca convertir al atleta en una pieza eficiente dentro de un engranaje capitalista y de entretenimiento masivo. El estadio es un microcosmos donde el Estado y las instituciones ejercen control sobre la población. Los mecanismos de seguridad, la biometría de acceso, los sistemas de identificación (como el plan «Estadio Seguro» implementado en varios países) y el control policial son manifestaciones directas del Biopoder. El objetivo es domesticar el comportamiento de las masas y filtrar ¹ cuerpos «desviados» (las barras bravas) pueden ser excluidos del espacio público.
Bajo el ejercicio de la biopolítica en el deporte, las selecciones nacionales y los clubes son objetos como herramientas políticas para construir hegemonía y cohesión social. Las victorias o derrotas deportivas impactan el estado de ánimo de toda una nación. Este fenómeno permite al poder gestionar la euforia colectiva, unificar a la población bajo una misma bandera o desviar la atención de problemas socioeconómicos estructurales, históricamente criticado como el clásico «pan y circo».
Mientras el norte global ingresa al Mundial de Fútbol 2026 con privilegios, el sur global enfrenta filtros migratorios humillantes, esto es biopolítica aplicada. El racismo no requiere aplaudir desde la tribuna, opera desde la discriminación a la afición. Cuestionar este espectáculo es recuperar nuestra soberanía como espectadores y entender el tablero completo, puesto que la maquinaria publicitaria nos exige solo mirar los goles.



