La ironía de la vejez maltratada
Por Marcelo Pérez Albán
El calendario internacional nos recuerda que el 15 de junio, es el día dedicado a la “toma de conciencia” sobre el abuso y maltrato en la vejez. La expresión es tan solemne como insuficiente: ¿acaso necesitamos un recordatorio anual para reconocer lo que debería ser evidente todos los días?
La ironía es cruel: mientras se multiplican los discursos sobre Derechos Humanos, la dignidad de las Personas Adultas Mayores se erosiona en la práctica cotidiana.
La vejez, que debería ser una instancia de respeto y gratitud, se convierte en un terreno de abandono.
Los ancianos somos tratados como simples cifras estadísticas, como cargas presupuestarias, como estorbos en sociedades que adoran la juventud y desprecian la memoria.
Se nos niega atención médica, se nos arrincona en instituciones sin afecto, se nos invisibiliza en la vida pública.
El abuso no siempre es un golpe o un insulto. El silencio, la invisibilidad, la indiferencia, la conmiseración, el edadismo, etc. son prácticas cotidianas de maltrato en formas abiertas o sofisticadas.
Está el abuso en lo económico, cuando las pensiones se convierten en limosnas que apenas alcanzan para sobrevivir.
Está el maltrato institucional, cuando los sistemas de Seguridad Social se hunden en la ineficiencia y la corrupción.
Está el maltrato cultural, cuando la sociedad decide desconocer nuestros saberes, porque las Personas Adultas Mayores somos obsoletos, porque nuestra voz es prescindible.
Está el edadismo, maltrato multifacético que afecta a la forma en que pensamos, sentimos y actuamos hacia los demás y hacia nosotros mismos en función de la edad, que genera profundas consecuencias negativas para la salud y el bienestar de las Personas Adultas Mayores.
Y está, por supuesto, el maltrato íntimo, el que ocurre en muchísimos hogares, disfrazado de impaciencia.
La academia lo describe con términos técnicos: “violencia estructural”, “discriminación etaria”, “gerontofobia”.
Pero detrás de esos conceptos hay rostros concretos: abuelas que esperan llamadas que nunca llegan, abuelos que se sientan en plazas a mirar un mundo que los ignora, jubilados que se convierten en mendigos de su propio derecho.
El Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez de este 2026, bajo el lema «Más allá de la sensibilización: lograr una prevención eficaz del maltrato a las personas mayores», se celebra con un acto en la sede de las Naciones Unidas, en paralelo a una reunión internacional sobre los derechos de las personas con discapacidades.
En el Ecuador, esta importante celebración coordina la Red Internacional para la Prevención del Maltrato a las Personas Mayores, dirigida por Sonia Andrade Tafur, destacada activista de Derechos Humanos y Coordinadora Política de Mujeres Ecuatorianas.
El informe de Naciones Unidas advierte que el envejecimiento poblacional es irreversible. América Latina, y Ecuador en particular, se encaminan hacia sociedades donde los mayores serán una proporción creciente.
¿Qué haremos entonces? ¿Seguir fingiendo que la vejez es un problema privado, que se resuelve con resignación y silencio?
¿O asumiremos que el trato digno que nos merecemos las Personas Adultas Mayores es la medida más clara de nuestra civilización?
El 15 de junio debería ser más que una fecha simbólica. Debería ser un espejo incómodo que nos obligue a mirar la hipocresía de nuestros sistemas. Celebramos el “día de la conciencia” mientras los hospitales públicos se convierten en cementerios de esperanzas, mientras las pensiones se evaporan en déficits, mientras los ancianos somos tratados como estorbos.
La sociedad que desprecia a sus mayores desprecia su propia memoria, su propia raíz, su propio futuro.
Por tanto, la vejez no es un estorbo social. Es el espejo más fiel de nuestra propia humanidad, porque viene luego lo inevitable: quienes hoy nos maltratan, serán maltratados mañana…
Imagen CLACSO



