Por L. Parrini
Uno de las creencias más difundidas es que el fútbol une al mundo. Esta afirmación forma parte de la narrativa marketinera de la FIFA, que busca convocar a multitudes cada cuatro años a participar voluntariamente en el negocio más lucrativo de la historia: el Campeonato Mundial de Fútbol.
La FIFA vende este evento como deporte puro, pero tras los goles hay una operación de lavado de dinero geopolítico. Los países gastan miles de millones de dólares en estadios e infraestructura para la organización del evento en condiciones de crisis internas. Quatar, en 2022, compró su mundial y gastó 200 mil millones de dólares para organizar en su territorio treinta días de fútbol, en una subasta silenciosa que ocultó dinero sucio transformado en estadios relucientes.
Joseph Blatter no solo era entonces presidente de la FIFA, era el jefe de una mafia con sede en Suiza y cuentas bancarias en paraísos fiscales. Nadie desconoce que bajo su administración se llevó a cabo una escandalosa compra y venta de cupos entre los países que aspiraban a ser sede del mundial de futbol. Blatter infringió el código ético al recibir 23 millones de francos suizos en bonificaciones extraordinarias, fue castigado con una multa de 50 mil francos suizos y retirado definitivamente del fútbol.
El deporte más popular del mundo se había convertido en una máquina de corrupción que explota el patriotismo barato mientras multitudes adoran a millonarios que patean una pelota, en tanto, nuestros impuestos pagan la fiesta. Cada cuatro años cuatro mil millones de personas se transforman en guerreros tribales y a esto llamamos pasión deportiva. La FIFA, con este campeonato internacional, maneja emociones colectivas que convierten al fútbol en una estafa emocional masiva.
El mundial 2026 podría convertirse en el torneo más polémico de la historia del fútbol. Y no se trata de cuestiones deportivas, malas jugadas o resultados dudosos, no. Hablamos de guerras, restricciones migratorias, precios desorbitantes, tensiones diplomáticas, contaminación, protestas sociales y miles de millones de dólares en juego. No obstante, la FIFA insiste en que este mundial será el más incluyente, exitoso y unificador de la historia. Lo cierto es que la controversia ya entró a la cancha.
¿Qué está en juego? En primer lugar, la inmensa dimensión de la competencia que se jugará en tres países Estados Unidos, México y Canadá. Con 48 selecciones que disputarán 104 partidos. Este será el primer mundial de fútbol de la historia en que un país anfitrión, Estados Unidos, está en guerra con otro país participante, Irán. Luego de diversos problemas de visado y desplazamiento Irán estará presente, pero obligado a cambiar su base de Arizona a Tijuana, en México, y deberá entrar y salir de Estados Unidos en el mismo día para asistir a jugar sus partidos programados.
Además, las políticas migratorias de los Estados Unidos han determinado que migrantes de Senegal, Haití, Costa de Marfil y otros países, enfrenten dificultades para realizar el viaje. Al menos una cuarta parte de los aficionados de los 48 países participantes se enfrentan a restricciones para entrar a los Estados Unidos, incluidos periodistas y árbitros. Lo que confirma que este evento y el futbol, en general, están seriamente politizados, además de haberse convertido en un negocio transnacional de enormes proporciones en beneficio de una casta dirigente.
Como muestra, una entrada que en el mundial anterior costó 69 dólares hoy se la vende a 265, y una entrada para el acto inaugural costó dos mil dólares. Y el costo de una entrada para el partido final cuesta 8.680 dólares. Este mundial será el más lucrativo de su historia, se prevé que al final recaude nueve mil millones de dólares. Se sabe que la fiscalía de New York y New Jersey están investigando a la FIFA acusada de inflar artificialmente los precios y engañar a los aficionados sobre la venta de entradas. Los costos de transporte también se incrementaron sin explicación. Un bus que lleva a un estadio pasó de costar 13 a 150 dólares y, finalmente, quedó en 98 dólares.
El clima es otro factor atentatorio al normal desenvolvimiento del torneo. Algunas sedes podrían registrar temperaturas peligrosamente altas, lo cual puede provocar retrasos, interrupción de partidos y alto impacto físico en los jugadores y el público, por las condiciones climáticas extremas. De igual manera, ecologistas han advertido que este mundial podría ser el evento de mayor impacto ambiental por el alto número de participantes y desplazamientos geográficos.
Este año 2026 el gobierno estadounidense y la FIFA calcularon que un millón doscientas mil personas irían a Estados Unidos a presenciar el mundial. Para ese efecto crearon la Fifapass, un pase para personas que con su ticket de entrada a los estadios podían tramitar directamente las visas de ingreso a los Estados Unidos en las embajadas norteamericanas del mundo. Al final de cuentas, solo 16 mil personas aplicaron al pase, mientras un millón ciento noventa y ocho mil no lo hicieron. Un fracaso flagrante, producto de las políticas discriminatorias y racistas de migración de los Estados Unidos que ha impedido la entrada a técnicos, deportistas y periodistas por razones raciales y políticas.
Estados Unidos trata a los deportistas invitados como sospechosos. Se conoce que autoridades de ese país retuvieron durante horas a un delantero del seleccionado de futbol de Irak en un aeropuerto estadounidense para investigación, mientras que un fotógrafo de esa delegación fue deportado luego de ser retenido e investigado, acusado de terrorista. Además, los dirigentes norteamericanos decidieron obligar al equipo de Irán incluidos el técnico, todos los jugadores y demás miembros de la delegación, a entrar y salir de Estados Unidos el mismo día de sus partidos, como una expresión de represión política y racismo.
Un torneo de futbol que debió ser manifestación de confraternidad internacional y expresión de la cultura deportiva del planeta, nunca debió mezclarse con manifestaciones políticas transformándose en un campo de exclusión ni con expresiones económicas convirtiéndose en un ingente negocio de millonarios.
La realidad en el mundo capitalista ha confirmado que el fútbol, como espectáculo de masas, ha dejado de ser un deporte popular, para convertirse en instrumento geopolítico de las grandes potencias internacionales en desmedro de una manifestación de paz, confraternidad y unidad. El mundial 2026 es un evento que acaso descubra nuevas estrellas, consagre un nuevo campeón, consolide otro nuevo gran negocio antes de que la pelota se contamine del todo. Este mundial pondrá mucho más a prueba que el fútbol.



