Por L. Parrini
Siempre que uno conoce a una persona expresa su beneplácito con un gusto de conocerlo o mucho gusto, encantado. En este caso no me voy a sustraer al placer de haber conocido o, mejor, leído a Alejandro Zambra, escritor chileno que ha publicado en Anagrama los libros Bonsái (2006), La vida privada de los árboles (2007), Poeta Chileno, Formas de volver a casa (2011), el libro de cuentos Mis Documentos (2014), y los ensayos No leer (2018), Tema Libre (2019) y Facsímil (2021). Autor prolífero, sin duda, con solo 41 años de edad irrumpe en las letras latinoamericanas no solo con un futuro promisorio sino también con un pasado fecundo que le ha significado haber recibido el English Pen Award, en Nueva York, y el Premio Príncipe Claus, en Holanda.
Leí Poeta chileno , luego, La vida privada de los árboles con ese placer secreto que supone descubrir algo deslumbrante, cuya fruición en la lectura se deja sentir como el fluido por las venas, sin estrépitos, pero con una razón vital. No solo por razones que solo el intelecto procesa sino, además, por el goce de corazón, si es que en ese músculo galopante se albergan, palpitantes, las emociones.
Esas lecturas fueron como descubrir lo que ya estaba hecho de ribetes finos y etéreos, cuya sutileza radica en saber decir lo insinuante, como si se tratara de contar algo sin decirlo todo. Y esa es una virtud extraña, poco común en un escritor, más aún cuando el valor esencial de un libro acaso no está en el tema escrito, sino en cómo está escrito. Zambra es un maestro en ese pequeño gran detalle de la literatura: lograr implantar en la trama zonas oscuras, en tanto el autor se empecina en narrar cosas sin aparente importancia, y al final dejar al descubierto la luminiscencia de una verdad insoslayable.

La vida privada de los árboles es una novela breve que refiere, con una trama transitoria, lo que viven los protagonistas mientras transcurren sus vidas como caminando sobre las aguas de algo más denso. Julian espera a Verónica, su mujer que demora mientras él construye diversas situaciones que explican su retraso. El tema no es lo angustioso de la espera, sino la forma con que Julian ensaya torcer el curso de los aconteceres hasta dar con una razón que le devuelva la certidumbre de lo que acontece.
¿De qué va el libro? Es una pregunta inherente a la lectura de Zambra. No se sabe, o mejor, no sabemos, decir de qué. De todo y de nada. Los de Zambra son aquellos libros que no es fácil decir de qué tratan, cuya lectura no es una sola, sino varias, para descubrir lo verdadero y lo falso, lo opaco y lo clarividente, y todo, -como creo haberlo dicho-, con un goce de corazón y razón del intelecto.
No obstante, lo sorpresivo es que al finalizar la lectura de Zambra no hace falta preguntarse por el tema del libro: este emerge solo, como una revelación de ribetes infinitos y estructura etérea, pero consistente, trascendente. Zambra en sus narrativas cruza el tiempo como la velocidad de la luz, sin haberse desplazado en el tiempo ni en el espacio, por tanto, sin pasado ni presente para augurar un futuro. Y no se trata de artilugios del estilo, es mucho más que aquello, es la construcción misma de una atmósfera con vida y solidez propias, a través de figuras que no solo son literarias, sino además creaciones simbólicas de una profundidad y transparencia poco habituales en el arte.
Solo entonces comprendí el gusto de leer a Zambra. Haber descubierto a un autor que se expresa, más allá de las palabras, con significantes que rebasan el significado para entrar en el incógnito universo de lo improbable hecho posible.



