Por L. Parrini
Cuando le pido evocar un poema suyo que la defina y prevalezca en su memoria, toma un poemario y lee los versos de Aguafiestas: porque soy como soy me dicen aguafiestas. Acaso la retrata de cuerpo entero porque evidencia algunas irreverencias suyas en la vida.
Poetisa, novelista, ensayista, periodista, crítica literaria y académica, Violeta nació en Guayaquil en febrero de 1943, pero creció en la provincia del Carchi. Es considerada una de las voces femeninas de la literatura ecuatoriana más destacadas. Ha sido activista por los derechos humanos y representante del país ante eventos internacionales como la I Cumbre Mundial de la Poesía por la Paz, celebrada en Colombia en 2003 y ese mismo año en el XII Festival Internacional de Medellín. Entre sus poemarios se cuentan Poesía universitaria (1964), Posiblemente el aire (1970), Memorias de humo (1987), Las puertas de la hierba (1994), Solo una vez la vida (2000) y Poesía Junta (2005). También ha escrito cuentos, como Los pasos amarillos (1970), o ensayos, como La lírica ecuatoriana (1973). Ha resultado ganadora de varios concursos literarios, como el Premio a los mejores cuentos, en 1969, impulsado por El Comercio; el Premio Nacional de Poesía Ismael Pérez Pazmiño, del Diario El Universo, en 1970; o el Premio Nacional Jorge Carrera Andrade, en 1994. Violeta Luna tiene un nombre en las letras ecuatorianas, un nombre vegetal y astral a la vez.
Con un nombre floral y un apellido sideral no tuvo usted más remedio que ser poeta…
Mi nombre era muy largo cuando comencé a escribir, entonces empecé a firmar Violeta Luna. En un artículo de prensa me llevé una sorpresa que decía: la luna es violeta. El artículo era referente a mi obra, se refería a mi poesía. Mi nombre ha sido una especie de amuleto para mí, que me ha traído buena suerte, porque dentro de las letras mi poesía parece que ha llegado en imágenes.
¿Cuál es la imagen primaria más antigua que recuerda de su infancia…?
Recuerdo siempre a mi provincia en la costa, luego pasé al Carchi y mi recuerdo era el río donde íbamos en busca del paisaje y tranquilidad. Mi primera visión era un camino largo, blanquecino, que me sentaba en una piedra a contemplar, yo tenía ya una vocación por la literatura y mi primera imagen era la descripción del río que corría a través de unas piedras morenas. De ahí comencé a escribir sobre el paisaje, lo agreste del campo, el frío andino.
La naturaleza influyó en su obra…
Sí, y también influyeron mucho las lecturas. Uno escribe después de una buena lectura porque se asimila lo que se lee. Yo leía mucho a Pablo Neruda, sus obras completas y parece que alguna influencia tuve en mi poesía.
Usted comenzó a escribir a los trece años ¿Qué temas le interesaban?
La naturaleza primero, y luego los sonetos de amor.
¿Estaba enamorada del amor o había alguien de carne y hueso…?
Bueno a los catorce años uno comienza a sentir un sentimiento, creo que fue el afecto por una persona. Pero no me acuerdo de los versos, era una poesía de amor.
¿Cómo influyó en su obra la presencia de Euler Granda?
Bueno, a Euler Granda ya lo había leído en el colegio, y me gustó mucho, y cuando vine a Quito tuve la oportunidad de conocerlo físicamente en la Casa de la Cultura. Y luego de tener una amistad durante tres años, me casé con él. Él tenía publicado dos libros y él influyó en mi obra en los primeros libros, pero tenía otra tónica, a pesar de que sus libros eran de una línea social, eran más metafóricos, tenían contacto con los afectos y con un romanticismo selecto y yo me identifiqué. Yo no le mostraba mis originales, le mostraba cuando ya se publicaban, porque sabía que la influencia es importante y se termina siendo un discípulo, yo quería mantener mi estilo.
Usted se ha preocupado por los derechos de la mujer, ¿en ese sentido los derechos de género son propios de la mujer o forman parte de derechos compartido con el hombre?
Están dentro de los derechos humanos, incluido al hombre. Cuando fui profesora de la universidad, siempre he estimulado a mis alumnas a ser respetadas como mujeres, y cuando tuvimos gobiernos nefastos, dictadores, yo encabezaba las marchas con mis alumnas. Siempre luché en contra de los gobiernos de derecha; pertenecí luego a un grupo con Nela Martinez que nos reuníamos, y siempre estábamos organizando con las mujeres charlas y seminarios. No éramos feministas, éramos defensoras de los derechos de la mujer como complemento del hombre.
¿De qué manera la poesía ha contribuido a los derechos de la mujer?
Yo siempre he dicho que la literatura y la poesía, además de informar, denuncia porque eso debe ser la poesía, además de enseñar, denuncia las lacras sociales.
Hay una frontera difusa entre los poético y lo panfletario…
Hay una línea muy delgada, se hace poesía de cartel o de protesta y puedes caer en la retórica. Es complicado cuando se hace poesía de denuncia social, hay que tener mucho cuidado en eso.
Pensando en Neruda, aun en su poesía social prima una estética por sobre lo político…
Eso es, Neruda nunca se olvidó de la imagen poética, de la metáfora. Eso es lo que hace falta en los escritores que hacen denuncia social, se olvidan de las figuras literarias. Yo siempre defiendo la poesía estética, como la llama usted. En seminarios que he tenido de literatura he defendido la poesía metafórica.
A propósito de eventos, usted ha asistido a algunos eventos internacionales, como la I Cumbre Mundial de la Poesía por la Paz, celebrada en Colombia en 2003 y al XII Festival Internacional de Medellín…
Para mí ese evento fue inolvidable, porque justo coincidió con la primera cumbre por la paz en Colombia, y nos distribuían a más de cien poetas que llegamos a Medellín, para dar recitales en cárceles, en bancos, en colegios, en parques públicos y la poesía va poco a poco llegando y la gente estaba preparada para escuchar. A mí me tocó dar un recital en una cárcel, en un banco y en un parque, y lo que más me sorprendió fue que la gente era una multitud grande sentada en el parque en un silencio absoluto escuchando, y los poetas éramos unos oradores que teníamos un público silencioso que asimilaba lo que decíamos, eso fue en el año 2011.
Usted ha dicho que en cada libro hay una etapa de su vida…
La etapa más feliz de mi vida fue la universitaria, es la etapa cuando asoma el amor, después llegan los conflictos de pareja y familiares y todo eso se va quedando en la poesía, aunque no queramos. Por eso cada libro es un espejo de lo que pasa en cada etapa de nuestra vida.
¿Si no se hubiera expresado poéticamente qué otra forma artística habría elegido para expresar sus sentimientos?
A mí me gustaba pintar, en mi familia hubo músicos y pintores. Si no hubiera elegido la poesía habría sido la pintura.
Hernán Rodriguez Castelo ha dicho que su poesía “es de vanguardia, dueña de una imaginación poderosa”, ¿esa afirmación la define como poeta?
Yo le tuve gran respeto a Hernán. Claro, mi poesía es de vanguardia, no por ser romántica deja de ser social, y la influencia es de todos los poetas latinoamericanos…
¿Algún ecuatoriano que haya marcado su obra?
Bueno, David Ledesma Vásquez guayaquileño; Julio Pazos también.
¿Cómo ha sido su relación con escritores contemporáneos suyos?
Mientras estuve casada con Euler Granda mi casa era una casa de poetas. Euler era muy querido y respetado por los poetas y nuestra casa siempre estaba llena de amigos escritores, muchos amigos chilenos, Ronnie Muñoz, por ejemplo, el pintor Carlos Catase.
Concluye nuestro diálogo con Violeta Luna cuando emprende un vuelo poético y se evoca como una poeta aguafiestas…
Me dicen aguafiestas por no poder pensar igual que todos / por no poder actuar como los otros /por preferir meterme en el primer cajón de cada sábado / a rebuscar papeles anillos de coral y frascos viejos / me dicen aguafiestas por no saber bailar / y no saber fumar un cigarrillo / no toleran mis cosas que son absurdas cosas / por ejemplo, bordarte los pañuelos con mis canas sonámbulas / o quitar las cortinas para verle la cara al ventisquero / o decir las verdades tan a secas / como quien ya no tiene otra salida / no toleran que salga del tumulto por buscar los rincones especiales / esos patios antiguos donde juega diciembre con los trompos / y esa mesa torcida donde pone un mantel la añoranza / Me dicen aguafiestas porque soy más silvestre que mi nombre / porque suelo esconderme del rayo en las tormentas / por no saber reír ni decir bromas / porque soy como soy me dicen aguafiestas / sin embargo pienso que para ti tan solo yo soy tu mejor agua y soy tu mejor fiesta.
Tomado de Revista Rocinante



