Por L. Parrini
Para muchos observadores el resultado de las elecciones presidenciales colombianas del 31 de mayo en primera vuelta, son sorpresivas. Las encuestas indicaban que pasarían a segunda vuelta el candidato oficialista Iván Cepeda y la candidata conservadora Paloma Valencia. No fue así, luego del 100% del escrutinio los resultados dan como ganador al ultraderechista Abelardo De la Espriella, abogado y empresario outsider que consiguió el 43,74 %, contra Cepeda, 40,9%, y Valencia un 6,9%. Cuando esto sucede ocurren dos cosas, que los encuestados mintieron en sus respuestas o los encuestadores engañaron a todo un país. Lo más probable es que ocurriera lo segundo, un hecho ya repetido en diversas ocasiones en la región.
Más allá de las cifras, amerita reflexionar el porqué de los resultados reales. El cambio politico de la izquierda a la derecha y viceversa tiene en común el fracaso. El electorado que vota, circunstancialmente, a menudo mal formado políticamente y desinformado electoralmente, cambia de opinión por malestar y vota no a favor sino en contra, por castigar a quien lo defrauda o no cumple sus promesas. Colombia hoy no es la excepción.
En política hay una nítida verdad: dime de dónde vienes y sabré para dónde políticamente vas. En un país clasista y desigual como Colombia y atravesado históricamente por violencia y privilegios, el pasado de quienes buscan el poder es un referente inequívoco como contexto histórico. La historia de los aspirantes al poder hoy en Colombia tiene un pasado económico, político, ideológico, familiar y social.
Iván Cepeda es hijo de la violencia política no de la alcurnia o de la tradición de Colombia. Nació en una familia marcada por la militancia política de izquierda, su padre fue Manuel Cepeda Vargas, senador de la república, asesinado por agentes estatales y paramilitares en 1994, según sentencia judicial en firme. Su vida política se construyó en torno a derechos humanos de las víctimas, y de los procesos de paz, no es heredero de haciendas ni abolengos tradicionales, su perfil creció junto a los caídos en el conflicto armado, estudio Filosofía y Derecho Internacional. Su ideología proviene de una tradición eurocomunista, sin embargo, lo atacan por sus ideas mas no por escándalos de corrupción o enriquecimiento indebido.
Paloma Valencia, que ha ofrecido su apoyo a De la Espriella en segunda vuelta, proviene de un núcleo familiar y social con abolengo y tradición conservadora. Es representante de la élite política colombiana, creció en una familia enriquecida y de enorme influencia intelectual, social y política, es descendiente del dirigente conservador Guillermo Valencia. Su formación académica es integral como filósofa, abogada y economista y encarna la continuidad de familias tradicionales colombianas. Representa a los grupos de poder que durante siglos controlaron el país. Paloma Valencia forma parte de la Colombia empresarial conservadora, de apellidos históricos y alineada con el uribismo.
Abelardo De la Espriella simboliza el poder, el espectáculo y el dinero. A diferencia de Paloma no viene de una dinastía intelectual, su figura creció en torno del litigio de alto perfil, la exposición mediática, los clientes polémicos y el show político. Su fortuna proviene de su firma de abogados, de negocios de restaurantes y de empresas de modas. Abelardo por su trabajo es paramilitar, empresario y politico, su dinero está ligado a clientes controvertidos de la política y las finanzas. Representa una nueva derecha agresiva, populista y basada en el éxito. Es una celebridad convertida en proyecto político reaccionario a punto de convertirse en el próximo presidente de Colombia.
Qué país representa cada uno
Abelardo es hijo de la ultraderecha colombiana que aprendió que en política se gana no con palabras sino a patadas. Si llega al Palacio de Nariño, el suyo no será un simple cambio de gobierno, será un golpe político sin sedante. Mientras Petro se distrajo hablando de dialogar con los que cortan cabezas y dejó la economía colombiana hecha un desastre y la seguridad por los suelos, Abelardo viene con otra visión. La política del que, al que no le cuadre, que se joda. No viene a negociar con sus enemigos, no viene a conversar con los que creyeron el cuento del cambio radical con Petro y que ahora van a ver lo que es un cambio por la fuerza, de verdad, sin disculpas ni complejos. Donde Petro puso diálogo Abelardo pone imposición, donde el presidente colombiano puso un pacto histórico Abelardo pone un hecho antidemocrático. Pondrá orden a punta de acción militar y policial, fascismo puro y duro. Abelardo no será un presidente más, será el anticristo del establecimiento progre, el patrón que pasa factura a los que se creyeron intocables, eternos y reelegibles. La justicia en sus manos dejará de ser una apariencia para volverse una pesadilla, ahora los negocios no se los llevarán los amigos de las Farc sino empresarios de mentalidad codiciosa, y quien no esté de acuerdo puede ir a llorar a otro lado. Eso es Colombia a las bravas bajo el fascismo que se avecina, con un mandatario que no le teme a la controversia. Lo que se viene en el vecino país no es una transición es una revolución a la inversa contra todos los que convirtieron a Colombia, según opositores, en un experimento fracasado del socialismo del siglo XXI.
El presidente ecuatoriano, Daniel Noboa, respalda a Abelardo De la Espriella, señalado por los periodistas colombianos honestos y por la élite política de ser abogado mafioso, de defender a delincuentes. Ha representado a políticos, artistas y militares en asuntos de difamación, extorsión y procedimientos penales. Ha defendido a personajes controvertidos como Álex Saab, el señalado testaferro de Nicolás Maduro y ex ministro de Industrias de Venezuela y a David Murcia Guzmán, condenado por crear un esquema masivo de captación de dinero.
Noboa, con su apoyo a Abelardo, demuestra manejar las relaciones internacionales subjetivamente, luego de salir a decir que, gracias a un telefonazo de felicitaciones hecho a De la Espriella, levantará los aranceles en el comercio con Colombia desde el 1 de junio. Lo que demuestra que la medida arancelaria fue una decisión política maniqueísta contra Gustavo Petro, por razones simplemente ideológicas y no para exigir a ese gobierno que implante mayores medidas de seguridad en la frontera común con Ecuador y neutralizar así a la delincuencia y el narcotráfico. Así no se maneja las relaciones internacionales.
Fascismo ad portas
Una radiografía política de Colombia muestra al país con un proceso de fascistización ad portas. El eventual futuro presidente colombiano Abelardo De la Espriella, durante la campaña se mostró cercano al Gobierno de Donald Trump. Su propuesta de achicamiento del Estado lo acerca a líderes de la región como el ecuatoriano Daniel Noboa, el argentino Javier Milei o el chileno José Antonio Kast. Según observadores, “representa el regreso al pasado” y a “la extrema derecha fascista”. Con 47 años de edad es carismático, apela al espectáculo y da declaraciones categóricas y provocadoras. Se proyecta como un empresario exitoso, amante de lo que él llama “la alta cultura y el buen gusto”. Con un discurso directo ha logrado conquistar un electorado conservador y descontento con el actual gobierno colombiano. Ha emprendido acciones judiciales contra periodistas que lo han acusado de machista y dice ser el mayor enemigo del comunismo. Ahora proyecta la imagen de la nueva derecha de Colombia.
En contraste, difiere de Cepeda que ha propuesto reforzar la protección de los derechos humanos frente a la violencia y la estigmatización, y que, en materia internacional, plantea una política exterior autónoma, con énfasis en el reconocimiento del Estado palestino, la integración latinoamericana, la defensa de los migrantes y el abandono del modelo prohibicionista de drogas. De la Espriella se opone a Cepeda que propone una “revolución agraria” y una economía popular que redistribuya la riqueza mediante una contratación pública orientada a las comunidades, y en lo político, impulsa una “revolución democrática, pacífica y profunda”— que consolide los cambios sociales del actual Gobierno y los haga irreversibles.
La realidad colombiana parece torcer la nariz a la historia. La continuidad de esos cambios en el vecino país no está garantizada. La moneda, aun en el aire, al caer lo hará por cara o cruz, por fascismo o progresismo. La suerte está echada.



