Por L. Parrini
Me hice periodista convencido de que el buen periodismo no sucumbe a los temores que infunde el poder, ni ante las vanidades que ostentan quienes lo ejercen. Como ecuatoriano de corazón, más allá de los documentos oficiales u oficiosos, quiero expresar mis disgustos por el poder porque, precisamente, una virtud del periodismo independiente es su rol contradictor a los encumbres de los poderes políticos y económicos.
El actual representante del poder, presidente Daniel Noboa, fue elegido cuando mucha gente creyó en él y confió en el cumplimiento de sus promesas entre las cuales prometió el Nuevo Ecuador. Régimen que, según sus mentores, iba a impulsar políticas y acciones en torno a la productividad, competitividad e innovación para el país, lucharía contra la corrupción y el crimen organizado y garantizaría la seguridad social y ciudadana en un renovado país. Al cabo de un tiempo, Noboa declaró: “No solo cumplimos, sino que mejoramos las condiciones de vida de los ecuatorianos, especialmente de aquellos que por décadas fueron olvidados”.
Y esta declaración genera un primer disgusto por el poder a mitad de su mandato: La desenvoltura para torcer la realidad con embuste y demagogia. No obstante, el intrínseco deseo que a Noboa le vaya bien en el poder, como periodista independiente, no pautado, nos toca cuestionar su gestión como opositor. Aplaudir entre babosos al mandatario no es presentable, adularlo, reverenciarlo como una deidad que no es, lo que corresponde como periodista es adoptar una saludable distancia del poder y ejercer la crítica, sin mala leche, ejercerla de manera razonable y razonada.
Los ecuatorianos hicieron bien en ejercer su derecho a elegir a quien mejor les pareció en ese momento, por su juventud, por su meteórico ascenso al poder, por sus promesas de hacer del Ecuador un nuevo país. Lo que está por verse es si hoy Noboa puede exhibir los mismos argumentos con coherencia ante los arrepentidos, y aquellos que siguen creyendo en él qué sensación experimentan ante la soledad de ser cada día menos numerosos. O si la derecha criolla todavía tiene bajo el brazo ofertas que presentar a los ecuatorianos de su interés y conveniencia. No me cuento ni entre los unos ni los otros. Solo ejerzo el derecho a la opinión que, a juicio de los adláteres del poder, permanece intocado, protegido por sus representantes.
Me disgusta -ya lo dije-, la facilidad para mentir que muestran los funcionarios del gobierno, desde el presidente para abajo. Entre frases lacónicas, y muchas veces incoherentes se afirma lo indecible, lo indemostrable y los medios reproducen el eco obsecuente de la demagogia oficial. El mandatario y el círculo más allegado a él viven convencidos de que ellos son los buenos y todo el resto que se opone somos los malos, los corruptos, los terroristas en la maniqueísta dualidad insostenible entre el bien y el mal.
Me disgusta que, dechados de virtudes se permiten calificar y descalificar a todo oponente: «Tontos útiles, terroristas, prófugos y líderes falsos». Noboa empleó estos términos durante una ceremonia del Grupo de Operaciones Especiales (GOE) en marzo de 2024 para describir a quienes, según él, lo atacan con insultos y amenazas diarias. «Candidatos del crimen organizado«: Escribió en sus redes sociales y discursos de campaña, ha agrupado frecuentemente a sus opositores bajo la etiqueta de representar intereses de mafias y narcotráfico. Ataques a la Corte Constitucional: El Ejecutivo ha mantenido una postura ofensiva hacia este organismo, generando tensiones al cuestionar sus fallos en temas de seguridad y democracia. Muy al estilo de los viejos tiempos, los insultos siguen siendo un elemento imprescindible en la política ecuatoriana.
Un estilo lingüístico saturado de alusiones clasistas y prejuiciosas, propias de un niño arrogante, nacido en cuna de oro de ricachón caprichoso. En consecuencia de que, como candidato, prometió un país incluyente y respetuoso a través de la seguridad, el desarrollo económico y la equidad social y muchos le creímos, sin necesidad de votar por su candidatura, convencidos de que Ecuador estaba harto de confrontación entre “buenos y malos”. Fue una promesa no menor, una promesa categórica de campaña y no cumplió, como un político que timó a sus electores, embaucó a medio país.
Me disgusta que la “guerra contra la delincuencia” sea un eslogan sin consecuencias sustanciosas, supuestamente sustentado en un llamado Plan Fenix, del que nunca conocimos los principios y los fines, sus métodos y resultados. Si fuera una guerra cierta, un plan consistente, tendría que haber importantes resultados en la captura y prisión a los cabecillas del narcotráfico y no solo a sus segundones, testaferro o sicarios. Deberíamos los habitantes de este país vivir con una mayor sensación de seguridad y protección de parte del Estado. Y no es así. Deberíamos salir a la calle sin el temor a un secuestro, una bala perdida o un asalto a mano armaba en un transporte público. Que es el pan de cada día en las principales ciudades ecuatorianas.
Me disgusta que la vicepresidenta de la República, María José Pinto, aparezca columpiándose y sonriendo, lo que interpreto como una muestra de indiferencia y desconexión ante la crisis que atraviesa el país, como si las cosas en el sector salud funcionaran a las mil maravillas, mientras los enfermos terminales no reciben medicinas en los hospitales públicos, los jubilados viven con una espada de Damocles sobre su cabeza sin saber cuándo dejarán de percibir sus pensiones o el recorte de las mensualidades.
Me disgusta que el presidente Noboa sea tan simulador de Trump y sus bravuconadas en guerra con todo el mundo. Es impresentable que lo imite en su mentada guerra arancelaria contra vecinos, amigos y enemigos. La provocación que ha llevado al deterioro de nuestras relaciones diplomáticas con el vecino del norte, no solo arruina el comercio fronterizo, sino que causa un innegable impacto en la economía familiar de ecuatorianos y colombianos que pagamos un mayor precio por productos importados a mayor arancel en una mutua agresión internacional. Trump no es un buen presidente y no es un buen ejemplo ni un buen político. Es un mal mandatario y no es una buena persona, no es un demócrata ni un liberal, porque sus actuaciones son dictatoriales no dignas de imitación, porque no cree en la democracia e imitarlo en sus extremos es un despropósito mayor. Imponer un proteccionismo trasnochado no funciona porque trae contracción económica a quien lo practica. Es una idea fracasada en países que han practicado el proteccionismo y con el pretexto de proteger a la industria nacional han perjudicado grandemente a los consumidores, forzados a comprar productos a precios escandalosos sin que exista la posibilidad de que esos productos compitan con otros bienes de consumo importados. Trump no es un demócrata liberal y no es bueno que Noboa pretenda imitarlo para congratularse con él.
Los demócratas no imponen, exponen, respetan el sentir y el pensar ajeno. Trump no lo hace y Noboa ve en esa actitud un paradigma susceptible de imitar por un país tercermundista a un país imperialista. Imponer no es ser demócrata. Todo canalla, bribón o imbécil de tomo y lomo lo hace amparado en la razón de la fuerza y no en la fuerza de la razón. Me disgustan las imposiciones oficiales, el irrespeto a la Constitución, las ilegalidades consuetudinarias, los desvaríos del poder impuesto sin dios ni ley.
Me disgusta la judicialización de la política y la politización de la justicia. Dos tendencias prostibularias de una justicia violada a cada instante o tranzada al mejor postor para ejercer la persecución política a los opositores, sin garantía de su derecho a la legítima defensa.
Me disgusta que periodistas hayan sido expulsados del país, o separados de sus trabajos informativos por sus opiniones, y otros hayan tenido que abandonarlo voluntariamente bajo amenaza. El derecho a la libre expresión siempre será el baluarte de un país democrático. Es vergonzante que el régimen distinga entre periodistas y medios informativos pautados y otros silenciados, y a los primeros financie sus editoriales y crónicas, y a los otros, los mantenga bajo el silencio de la censura. Cuando un periodista es reprimido me siento reprimido en mi calidad de comunicador, porque los periodistas reprimidos saben que un buen periodista debe ser opositor al poder de turno, un profesional que enaltece el oficio.
Me disgusta que las fuerzas del orden, instituciones armadas, se conviertan en asesinos de cuatro niños racialmente despreciados, torturados, asesinados y luego incinerados sus cuerpos cerca de una base militar, y no exista una convincente explicación oficial de los hechos ni una condolencia y reparación a sus familiares.
Los excesos del poder, sus contradicciones con la realidad, incumplimientos y desplantes son el espejo de quienes se ven reflejados en el poder, su radiografía íntima, su desnudez cívica, su precariedad política, su convicción ideológica. Son una estampa de la catadura del poder que envanece, corrompe y empequeñece.
No entienden los representantes del poder que representan a los ecuatorianos que pueden equivocarse al elegir, pero que luego no son representados por quien desdice sus valores cívicos.
Me disgusta.



