Por C. I. Vigletti.
Bertrand Russell capturó una verdad perenne sobre la condición humana: el miedo no solo salvaguarda, sino que deforma; e institucionalizado, erige una arquitectura de poder. Distinguía implícitamente dos miedos. El primero, físico y reactivo —el instinto biológico de huida ante el peligro inminente—. El segundo, social y político, más insidioso: no meramente responde a amenazas, sino que moldea la percepción misma de la realidad, paralizando no el cuerpo, sino el juicio crítico.
En el Ecuador contemporáneo, este segundo miedo ha trascendido la emoción individual para convertirse en principio organizador colectivo. La violencia, extorsión e inseguridad son reales; pero su instrumentalización estructura la relación entre ciudadanía y Estado. Russell resulta aquí perturbador: una sociedad temerosa no solo anhela seguridad, sino que abdica progresivamente de su capacidad para concebirla.
La excepción como hábito
Toda democracia alberga mecanismos de excepción; el riesgo radica en su normalización. Bajo el gobierno de Daniel Noboa, toques de queda, militarización y suspensiones de garantías han mutado de respuestas puntuales a atmósfera política perdurable.
Russell advertía un efecto cognitivo preciso: el miedo simplifica el mundo a binarios —amenaza/seguridad, nosotros/ellos—. La política se reduce así a lo inmediato: se eluden causas estructurales, eficiencia institucional y alternativas deliberadas. No por ingenuidad ciudadana, sino porque el miedo reorienta el eje existencial: de la reflexión crítica a la mera supervivencia.
La construcción del enemigo
Ninguna política del miedo opera sin encarnación. Russell, escéptico del nacionalismo y pasiones colectivas, lo veía como mecanismo automático: el temor difuso se coagula en un enemigo absoluto, dotándolo de rostro manejable.
En Ecuador, esta figura es plural y mutable —criminal organizado, adversario político, pasado resentido, disidente como riesgo—. Lejos de debilitarlo, esta fluidez perpetúa la alerta constante. Moralizada la política, gobernar cede ante combatir el mal; toda medida se justifica, aun erosionando sigilosamente las bases democráticas.
La fragilidad como experiencia subjetiva
Menos visible, pero fundacional, opera la fragilidad material: apagones, inestabilidad económica, incertidumbre cotidiana. No son meros fallos técnicos, sino vivencias que reconfiguran la subjetividad.
Russell observaba que el miedo a la carencia genera dependencia psicológica del poder. El ciudadano fragilizado contrae su horizonte temporal —prioriza orden inmediato sobre futuro—, busca protección antes que agencia participativa. La política muta de arena colectiva a vínculo vertical: protector-obediente.
El desplazamiento silencioso de la democracia
Vaciar la democracia no requiere abolición abrupta; basta un desplazamiento gradual: menos deliberación por urgencia, menos pluralidad por unanimidad emocional.
Russell no era ingenuo: las sociedades resbalan al autoritarismo vía concesiones menores, siempre avaladas por el miedo. Cada renuncia parece racional; cada excepción, inevitable; cada silencio, prudente. Hasta que el conjunto deviene irreconocible.
Conclusión: Entre el miedo y la conciencia
La paradoja es ineludible: el miedo genuino demanda protección; administrado, engendra dependencia más que seguridad. Russell nos urge: delegar el pensamiento por temor concede orden efímero, más hipoteca la soberanía destinaria.
No cuestionamos si Ecuador precisa seguridad —evidente—. La interrogante radical es: ¿qué sociedad forjamos en su búsqueda? Pues, existencialmente, no basta sobrevivir al miedo; urge no metamorfosearnos en comunidad que solo habita en él.



