Por L. Parrini
Cuando Jorge Enrique Adoum deja escrito su ensayo Ecuador: señas particulares, indagando una respuesta a las interrogantes de la identidad nacional y del sentido de ser ecuatoriano, y sentencia que este es un país sin vocación de futuro, anticipa un veredicto histórico que no solo refleja un pasado y un presente sino, además, un devenir incierto. Y aquella sentencia la ilustró con una lúcida mención a la necesidad de sentirnos tan identificados con la letra de la canción La Vasija de barro, y añorar que nos entierren como a nuestros antepasados en el vientre oscuro del olvido.
Esa falta de vocación de futuro que entona la canción es, acaso, una falta de disposición revolucionaria. La necesidad histórica de contar con una Revolución lo que nos ha hecho llamar de ese modo a lo que no fueron más que movimientos reformistas, sublevaciones del descontento, espejismos políticos en el eriazo territorio de las crisis sociales.
Que la Revolución es vocación de futuro, es la promesa de todo movimiento insurrecto contra un pasado y un presente oprobioso. Al menos, esa fue la promesa de las insurrecciones esclavistas, de las revoluciones liberales contra el régimen feudal y de la dictadura del proletariado contra la clase burguesa. Un cambio que empuja la historia hacia delante, en la vertiente de un derrotero de transformación profunda y radical. No obstante, la identificación nacional con la vasija de barro como un sepulcro histórico, es la mejor prueba de que andamos buscando algo en nuestro pasado.
¿Y que es aquello que buscamos en ese pretérito imperfecto? ¿Tal vez las glorias disueltas en las turbias aguas de la historia, una épica perdida, acaso todo pasado fue mejor? Y encontramos un inventario, precisamente, una retahíla de inventos, creaciones míticas, héroes con pies de barro y esculpidos luego en estatuas de bronce. Porque el mito de la patria está simbolizado en el héroe, en el que se expresan las aspiraciones comunitarias. La patria ha de inventarse de tal manera que sus habitantes se sientan heroicos, insiste Adoum. Vivimos sedientos de héroes y heroínas y los buscamos en el pasado por visible miopía histórica ante el futuro.
Y no es de extrañarse de que en el revoltijo de nuestra historia esa búsqueda no esté exenta de exclusiones, silenciamientos e injustos reconocimientos. Los anales de la historiografía ecuatoriana, registrada y escrita por los vencedores de conflictos y revueltas, ha creado personajes con categoría heroica ante la historia, cuyo protagonismo confirió a sus acciones el prestigio de un cambio revolucionario.
En orden de importancia, citaremos la Revolución Liberal de Eloy Alfaro como la única verdadera, auténtica por la liberación del país de las ataduras de un pasado conservado por fuerzas reaccionarias políticas, sociales y eclesiásticas, según la visión de Alfredo Pareja Diezcanseco. Una casta heredera de un feudalismo tardío de hacendados y encomenderos criollos, y clérigos oscurantistas que se opusieron a los cambios como la separación de la Iglesia del Estado, la creación de nuevas instituciones liberales, industrialización del país, emancipación de los indígenas, construcción de vías férreas y avance hacia un futuro inédito.
Le sigue en importancia histórica el nombre de una mujer ambiguamente reconocida y rechazada por las mismas razones de existencia: Manuela Saenz, luchadora independentista, generala combatiente en decisivas batallas, propulsora de los derechos de género en una sociedad pacata y machista, un siglo antes de las reivindicaciones feministas, capaz de declarar: “me siento más honrada con ser la amante del general Bolívar que la esposa de ningún otro hombre viviente…” ¿Una amancebada agraviada por una moral de convento impuesta por el escarnio social, o la heroína capaz de escribir con su palabra y obra, inéditas páginas de la historia nacional?
Ecuador es un país que requiere reflejarse en lo mitológico. Y en los detalles de ese reflejo está el mito. En ese contexto nace la leyenda de Abdón Calderón, héroe adolescente del Pichincha que herido burló la muerte y se inmortalizó en la memoria colectiva de los ecuatorianos. Sin dudas, Calderón encarna la imagen viviente del héroe popular, un paradigma con el que tantos se identifican sin reparos después de haberlo conocido en los libros escolares.
Las guerras paren héroes entre vencedores y vencidos, susceptibles de esculpir su memoria del pasado en bronce, a diferencia de la Revolución que, como vocación de futuro, suele ser cuna de heroínas y héroes anónimos, paridos en el lecho popular, sin aspavientos y con nombres tantas veces silenciados e ignorados.
Y están los héroes y heroínas borrados deliberadamente de las páginas de la historia oficial. Hijos de un linaje puro, ancestral, indígena, provienen del Cayambe militante, de la Amazonía indómita, del fondo de una vasija de barro emergiendo como resucitados insepultos. He ahí las históricas Tránsito Amaguaña y Dolores Cacuango; y las contemporáneas Patricia Gualinga, Nina Gualinga, Nemonte Nenquimo y Josefina Tunki.
¿Cómo armonizar la veneración por el pasado con aquella ausente vocación de futuro? La respuesta quizás se encuentre en una práctica política consciente ante la necesidad de cambiarnos, no de país, sino el país, en una cierta aventura revolucionaria.
Imagen El Comercio



