Por L. Parrini
Se viven tiempos insólitos de extravío e incertidumbre, vaciedad existencial de valores que orienten la convivencia humana; y en descrédito de aquellos fundamentos que sostienen la razón, la fe y la praxis de individuos y colectivos en sociedad.
Si se me permite caracterizar nuestro tiempo, vivimos un vaciamiento epistemológico, caracterizado por la ausencia de nuevas teorías, dogmas y creencias que, a partir de una interpretación histórico cultural, auguren un futuro para la Humanidad. Las teorías que auspicien un cambio trascendente del hombre cayeron en descrédito el momento en que dejaron de dar respuestas viables a las vicisitudes del ser humano.
Y una de las grandes interrogantes, sin respuesta satisfactoria aparente, cuestiona la felicidad humana como meta; ese estado de satisfacción, bienestar y plenitud, tanto físico como espiritual, que se suele alcanzar, temporalmente, en contraste con las adversidades que nos toca vivir colectiva e individualmente a diario. A partir de ese momento, la felicidad o bienestar se convierte en aspiracional que ha motivado todas las teorías sobre la existencia humana y su trascendencia. El hombre comienza a idealizar ese momento como un estado de perfección absoluta. De un lado, una vida eterna en un paraíso, en la gracia de un Dios inmanente y trascendente; por otro, una sociedad solidaria, libre de la explotación del hombre por el hombre.
Platón creía que Dios no es una persona, sino la inteligencia suprema o el «bien», una entidad trascendente inmutable y eterna, separada del mundo sensible y causante de todo orden y perfección. Un demiurgo que ordena la materia preexistente, siendo el fundamento último de la realidad, la sabiduría y la bondad. Para Aristóteles, Dios es el “primer motor inmóvil”, una sustancia eterna, inmaterial y perfecta que actúa como causa final y motor del universo sin cambiar él mismo. El filósofo griego aborda la trascendencia principalmente, a través de la causalidad final y la metafísica, diferenciándose de Platón al situar la esencia dentro de las cosas (inmanencia) y no en un mundo separado. Friedrich Nietzsche proclamó la «muerte de Dios» para señalar la pérdida de autoridad de los valores absolutos y la trascendencia en la cultura occidental, provocando el nihilismo. Consideraba a Dios una creación humana para dar refugio a la vida decadente, argumentando que el ser humano debe crear su propio sentido y valores en un mundo inmanente. Para J.P. Sartre, la inexistencia de Dios es la base de su existencialismo: al no haber un creador, el ser humano no tiene una esencia predefinida y está «condenado a ser libre». La trascendencia en Sartre no es divina, sino que el humano se trasciende a sí mismo proyectándose al futuro a través de sus actos y decisiones, definiendo su propio ser y valores en un mundo sin un propósito preestablecido. Para Karl Marx, Dios y la trascendencia son conceptos alienantes que surgen de la miseria material y la explotación capitalista. Veía la religión como un consuelo ilusorio que desvía la lucha humana por la emancipación real en la tierra hacia una falsa esperanza ultraterrena, proponiendo el ateísmo para alcanzar la verdadera libertad humana. A cambio, propuso la teoría sobre el comunismo como la etapa final de la evolución social, alcanzada tras la revolución del proletariado, que aboliría la propiedad privada de los medios de producción, las clases sociales y el Estado. Propone una sociedad sin explotación donde la producción colectiva se distribuye según la necesidad: «de cada cual, según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades».
Estos paradigmas epistemológicos nunca se han podido verificar históricamente. No obstante, las civilizaciones y sociedades los adoptaron como dogmas para enrumbar su devenir histórico. El ser humano convencido de haber obtenido todas las respuestas, se obvió de formular nuevas preguntas y comenzó a actuar arropado en un fundamentalismo que no dio lugar a nuevas interpretaciones de la vida, y actuó en consecuencia con fe ciega. Un pragmatismo obtuso, sin visión ni vocación de futuro. Se había impuesto la tecné por sobre la episteme de las que hablaban los antiguos griegos, diferenciando la habilidad de hacer y la capacidad de pensar. El hombre ya no reflexionó sobre sí mismo, a la deriva actuó por viejas convicciones, sin cuestionar la veracidad de sus propias afirmaciones.
El ser humano, no obstante haber abolido la esclavitud, habiéndose sumido en una sociedad medieval teocrática, e instaurado un régimen de libertad, igualdad y confraternidad capitalista no puede sostener con absoluto realismo haber alcanzado la felicidad.
Aferrado a sus dogmas, al margen de su propia comprensión histórica, el hombre se convierte en lobo del hombre, mientras prevalecen guerras religiosas, falsas cruzadas, inspiradas por la voracidad económica y las pretensiones geopolíticas en un mundo multipolar incapaz de convivir, sin la espada de Damocles nuclear.
La pregunta pendiente de respuesta: trascender ¿hacia dónde?
Fotografía L.Parrini



