Por L. Parrini
Un sol abrazador amanece en la ciudad y la ventana que da al jardín se inunda de una atmósfera radiante que deja penetrar la luminosidad solar por entre el follaje de los árboles como una promesa. A medida que avanza el día el ambiente pierde su resplandor y se torna gris, encapotado por nubes cargadas de agua lluvia.
Sol de aguas, pienso, como suelen llamar los quiteños a este fenómeno meteorológico que se presenta en la ciudad donde hay calor y radiación intensa durante el día, lo que provoca que en la tarde se formen nubes densas y amenazantes de lluvia intensa. Un fenómeno natural cuyas causas responden a la situación cordillerana de la ciudad ubicada a 2800 metros de altura sobre el nivel del mar. Una ciudad con clima citadino marcado por dos estaciones -agua y lodo en invierno, viento y polvo en verano-, sin las cuatro estaciones tradicionales. Esto nada tiene que ver con la voluntad humana, y no es precisamente un atractivo turístico que Quito tenga las cuatro estaciones en un día, lo que obliga a los habitantes a salir de casa con ropa adecuada y paraguas de mañana para protegerse del aguacero vespertino.
La inestabilidad climática, pienso, se asimila a la inestabilidad política del país por lo imprevisible, inestable y por falsas promesas que se desdibujan en el tiempo. Con una salvedad: la incertidumbre política responde a una clase política deformada y desinformada en organizaciones desprovistas de educación política y una praxis con ausente voluntad y sensibilidad para hacer de la política un acto de servicio.
Reciprocidad entre gobernantes y gobernados que determina la democracia formal en su expresión electoral que permite elegir a personajes que, luego gobiernan el país como si fuera su empresa privada, banco o bananera, con sentido autocrático e irreverente, que solo busca la ganancia fácil con el menor esfuerzo. Una praxis que denosta el papel del Estado y pone en manos de la avaricia privada los servicios que debe brindar a la ciudadanía como un derecho adquirido en materia de educación, salud, seguridad y otros.
La democracia es el sistema más frágil que existe, porque parte de una idea peligrosa que lo que elige la mayoría es lo correcto. Si cien personas repiten un error sigue siendo un error, y si la mayoría elige algo injusto, no lo convierte en justo, porque el populacho es volátil y se mueve por presión y por emociones. La democracia no define lo que es verdadero, solo suma votos y contar votos no es igual que medir principios.
La verdad no siempre es popular, la historia lo ha demostrado. La declaración del poeta J. M. Serrat refleja el declive de un día con sol de aguas: No me gusta el mundo en que vivimos, es hostil, contaminado, injusto, insolidario, y no solo no gusta, sino que preocupa mucho el rumbo que lleva, somos desgarrados testigos de unas atrocidades brutales que se están ejerciendo a nuestro alrededor, sin que se produzcan unánimes contundentes respuestas por parte de los gobiernos del mundo entero, especialmente de aquellos que se atribuyen el papel de garantes de la democracia, la paz y la libertad.
La verdad suele ser incomoda, exige responsabilidad y exige decisión y no siempre gana elecciones. La democracia formal es un sistema débil, no garantiza que gane lo mejor porque depende del nivel moral de los ciudadanos, si la sociedad es superficial amplifica esa superficialidad, la democracia no produce virtud, la necesita. Cuando las personas con principios se abtienen, se hacen a un lado y guardan silencio, la balanza no se inclina hacia la verdad.
La verdad, decía Nietzsche, es una construcción humana histórica y cultural, no una realidad absoluta. Solo falta que esa verdad amanezca un día en el que el sol brille para todos con la promesa de mejores días, y la política sea el resplandor de la voluntad humana que haga que las cosas sucedan para bien colectivo.



