Por L. Parrini
Esta semana la humanidad confirmó que la tecnología jamás podrá superar al ser humano en su capacidad de protagonizar su rol testimonial frente a lo desconocido.
Era la primera vez desde diciembre de 1972 que viajeros terrestres se aventuraban al espacio en procura de una proximidad a la Luna. En las siete horas que precedieron a la circunvalación lunar orbitando el satélite natural de nuestro planeta a cuatrocientos mil kilómetros de distancia, la tripulación del Artemis II había visto cosas que ningún ser humano vio antes, cráteres en el lado lunar oculto iluminados por una luz rasante que dejaba ver en la superficie texturas selénicas que ninguna sonda había logrado capturar completamente y en detalle.
La Tierra en el espacio era una pequeña esfera azul brillante que desaparecía detrás del horizonte lunar, mientras seis destellos instantáneos luminosos provocados por el impacto de meteoros contra la roca a miles de kilómetros por hora. La tripulación observaba y el ojo humano registraba en todo su esplendor lo que ninguna tecnología con sus complejos instrumentos había capturado antes. Y como espectáculo singular, un eclipse solar total durante más de una hora dejaba ver la corona de fuego atmosférico del Sol danzar en el espacio estelar detrás de la masa de 3400 kilómetros de diámetro de la Luna, desde un ángulo que ningún ser humano había tenido nunca.
El espectáculo era científicamente extraordinario ante la presencia de la tripulación del Artemis II y era esencialmente importante que hubiera ahí ojos humanos en lugar de solo cámaras.
Reid Wiseman (comandante, NASA), Victor Glover (piloto, NASA), Christina Koch (especialista de misión, NASA) y Jeremy Hansen (especialista de misión, Agencia Espacial Canadiense – CSA), eran los testigos privilegiados de una singular mise en scene sideral.
El 6 de abril en un punto del espacio entre la Tierra y la Luna, Artemis II estaba a 252.760 millas del centro de la tierra, la mayor distancia que cualquier ser humano había alcanzado jamás. Comenzaba la observación científica del lado oculto de la Luna. Cada uno de los cuatro astronautas ocupó un lugar frente a una de las cuatro ventanas de la nave con una lista de fenómenos específicos por observar, describir y fotografiar: cuencas de impacto, llanuras lisas, bordes de cráteres, detalles geológicos relevantes para futuras misiones. Lo sorprendente vino después, la cara oculta de la Luna no tiene un semblante gris, muestra gamas de colores como un sutil maquillaje realizado desde hace millones de años, perceptible para el ojo humano que las sofisticadas cámaras y lentes fotográficos no capturan de igual manera. El Sol, con su luz rasante, a 20 grados sobre el horizonte lunar esculpía en contrastado claroscuro el borde de los cráteres destacándolos con una iluminación textural que la luz cenital borra completamente, un principio fotográfico descubierto desde la invención de la fotografía.
Cristina Koch describió la pared occidental del Mar Oriental, una de las cuencas de impacto más grandes del sistema solar visible, como casi plateada bajo esa luz con una nitidez que las imágenes satelitales fotográficas no habían capturado completamente. Victor Glover, observando una cuenca en el Polo Sur lunar, describió sobre el suelo un tinte verdoso que no es el color habitual de la Luna, una anomalía cromática registrada antes, pero nunca confirmada por ojos humanos.
La observación ocular de gamas de color variante bajo condiciones cambiantes de iluminación, son precisamente el tipo de datos que los instrumentos remotos no pueden registrar en su fidelidad total. Colores y texturas que jamás ojo humano había visto, es la recompensa natural que la aventura espacial tripulada del Artemis II logró como nunca antes.
A esta superioridad de registro del ojo humano se suma la interpretación consciente y sensitiva de los hombres y la mujer a bordo de la nave. Su impresión emocional, su descripción objetiva, su constatación trascendental, un vuelo sideral que solo la presencia humana puede consolidar en su real magnitud y procesar con su inteligencia y sensibilidad insuperable por una máquina.
Y todo ocurría mientras cuatro seres humanos permanecían durante 40 minutos en la más absoluta libertad y desolación espacial incomunicados sin asistencia terrestre ni espacial, separados de toda otra existencia por un volumen de roca de 3400 kilómetros de diámetro lunar en una geometría simple y total.
La Tierra apareció de pronto en el horizonte lunar como una masa azul y blanca contra la oscuridad total del espacio, el hogar lejano descrito por Jeremy Hansen como algo que doblaba la mente y una pregunta: ¿realmente sentí que me había trasportado al lado lejano de la Luna?
La observación de la cara oculta de la Luna continuó con un fenómeno antes previsto, pero nunca visto por ojos humanos: un destello instantáneo sobre el suelo oscuro de la Luna, una señal de un meteorito que impacta la superficie lunar en ese instante, liberando la energía del impacto como calor y luz. Seis fueron en total los impactos registrados durante el sobrevuelo lunar, como antecedentes en la década de los años sesenta la misión Apolo había registrado ese fenómeno, pero sin la precisión que permite hoy el avance tecnológico y el conocimiento humano adquirido. La confirmación humana en tiempo real alimenta una base de datos que los registros científicos e instrumentos no pueden igualar en vivo.
A 6.500 kilómetros de la superficie de la Luna, cuatro seres vivos se convertían en protagonistas y testigos de una aventura singular que ningún radar, cámara, telescopio tiene la capacidad de transmitir en su exacta dimensión. La observación plantea el reto de captar detalles, texturas, colores, relieves, sombras, proporciones de un fenómeno y otro sobre el terreno lunar con una geometría diferente desde la perspectiva de los tripulantes de Orion.
El eclipse solar fue descrito por Victor Glover: Parece ciencia ficción, los seres humanos no hemos evolucionado para ver lo que estamos viendo, es verdaderamente difícil de describir. En segundo plano espacial, los planetas Venus, Marte y Saturno se alineaban ante los ojos de la tripulación, visibles durante el eclipse.
Los cuatro tripulantes convertidos en fotógrafos interestelares manejaban sus sofisticadas cámaras eligiendo la estética del encuadre, el enfoque y la composición de la escena fotografiada, superando el mero registro de un instrumento óptico, al aportar la misteriosa curiosidad humana rebasada solo por la capacidad de asombro del hombre y de la mujer. Ajustaban los parámetros de sus cámaras inspirados en lo que veían en armonía con las condiciones de iluminación específicas de cada momento, concentrando su atención en detalles que la secuencia de las cámaras fotográficas automáticas no hace. A eso se suma la ventaja humana de la observación colorimétrica. Los instrumentos espectrales pueden medir la luz reflejada en la superficie lunar, pero el ojo humano bajo una luz especial rasante que produce sombras largas detecta variaciones de color y texturas que los instrumentos automáticos calibrados pueden no registrar de la misma manera.
La calibración de los sistemas de detección de impacto de meteoritos sobre la superficie lunar cuenta con datos proporcionados por la observación humana comparándolos, y esa comparación permite calibrar los algoritmos automáticos y refinar los mapas para el alunizaje futuro de misiones de Artemis.
Una cuarta dimensión que aporta la observación humana en vivo es la presencia de evaluadores en tiempo real. Esto permite detectar fenómenos que no encajan con las expectativas, sea porque no fueron registradas por cámaras previamente o porque no tuvieron lugar el momento del registro. Un científico humano compara la observación directa en el campo con los modelos previos señalando las discrepancias, esa capacidad de detectar lo inesperado y ajustar la observación en tiempo real es lo que los astronautas aportan a la misión que las sondas automáticas no pueden aportar de la misma manera.
El bautizo de dos cráteres lunares nuevos, el uno con el nombre de Integrity, la cápsula espacial, y Carroll, la esposa fallecida del comandante de la nave, R. Wiseman, vinculó la misión científica a sentimientos humanos que ninguna misión robótica puede hacer.
Al regreso de la nave Orion una misión se había cumplido: alcanzar lo desconocido. La tripulación bautizó el módulo Integrity, en alusión a la integridad de la misión que incluyó a una mujer, un hombre de color, un extranjero y un hombre blanco, simbolismo de inclusión multiétnica, internacional y diversidad de género en representación de la especie humana. Somos entes vivos que viven conscientemente y luego recuerdan, evocan, recrean, algo que ninguna máquina, sistema tecnológico, IA, podrá arrebatarnos jamás en nuestro derecho y deber existencial.
La ilusión de que la Humanidad es una sola, ajena a la ambiciosa geopolítica de los lideres encumbrados en el poder, unida por un solo propósito: conocer nuestro entorno espacial inmediato, comprender nuestro protagonismo vital en el universo, responder a las interrogantes que deben decirnos de dónde procedemos y hacia dónde vamos como transeúntes del cosmos y hasta ahora con la pretensión de ser los solitarios huéspedes del universo.



