Por L. Parrini
Artemisa es la diosa griega de la caza y las montañas, hermana melliza de Apolo, una de las deidades más veneradas en la mitología de la Grecia antigua. Hoy Artemis toma su nombre en un programa espacial de retorno a la Luna que, como su hermano gemelo Apolo hace medio siglo, lleva seres humanos al satélite selénico. El regreso significa una empresa mayor, más compleja que hace cincuenta y seis años cuando en junio de 1969 Neil A. Armstrong y Edwin E. Aldrin pisaron el suelo lunar por primera vez en la historia de la humanidad.
En aquel entonces era una carrera espacial con visos de guerra geopolítica y tecnológica. No solo había que ser el primero, sino que, además, era necesario demostrar quién era mejor. Los países del mundo, configurando su alineamiento geopolítico, estaban decidiendo qué sistema político adoptar entre los enfrentados en la Guerra Fría, y observaban atentos a quién elegir como su paradigma. La URSS llevaba la ventaja de haber sido el primer país en la historia en llevar a un hombre al espacio. Yuri Gagarin, y antes la perrita Laica, habían inaugurado los vuelos espaciales en la década de los años cincuenta. Estados Unidos estaba empeñado en superar esa hazaña con una nueva misión espacial inédita.
En los años sesenta los propósitos de la misión fueron distintos a los actuales que lleva a cuatro astronautas -Reid Wiseman, Victor Glover, Cristina Koch y Jeremy Hansen- a circunvalar la esfera lunar en un vuelo de prueba que allanará el camino para un próximo alunizaje de la misión Artemis. La aventura de Artemis II no es una misión de exploración, es un vuelo de prueba. Sus astronautas no alunizarán ni harán caminatas en la Luna, tampoco plantarán banderas en la superficie, su labor es otra: comprobar el eficiente funcionamiento de todos los sistemas tecno espaciales que garanticen la vida de los futuros astronautas que viajarán a la Luna.
Y aunque resulte inverosímil su tarea ha resultado mucho más compleja y difícil que a sus antecesores lunares de Apolo 11, debiendo superar diversos y onerosos problemas, miles de millones de dólares, retrasos, fugas de hidrógeno, escudos térmicos con grietas, problemas de helio y ensayos generales que salieron mal. ¿Por qué?
La respuesta radica en los propios objetivos de ambas misiones. Artemis II es una misión de comprobación que debe verificar que la nave espacial Orion y el cohete sistema conocido como SLS, funcionan correctamente con humanos a bordo. Artemis I ya lo hizo sin tripulantes en su nave, pero al regreso el escudo térmico de la nave estaba dañado. Su material, una resina especial con una estructura de fibra de vidrio se funde al calor producido por el roce con la atmósfera terrestre, la fibra forma una capa protectora contra las temperaturas extremas de la reentrada terrestre. La fibra mostró un agrietamiento que no había ocurrido antes y también surgieron problemas con el soporte vital de Orion, se presentó una fuga de hidrógeno líquido en el sistema de carga de combustible, estos fallos tecnológicos retrasaron el programa por dos años.
El nivel de complejidad de la actual misión Artemis, se explica en la diferencia fundamental que existe con la anterior misión Apolo que no es solo tecnológica, es ideológica. Apolo tenía un objetivo único y urgente: llegar a la Luna antes que los soviéticos. Todo lo demás fue supeditado a ese propósito con un claro objetivo político.
Artemis tiene un objetivo distinto, ahora no se trata de llegar primero a la Luna, se trata de quedarse en forma permanente, para eso la NASA quiere construir infraestructura lunar y utilizar el satélite como campo de entrenamiento para misiones futuras a Marte. En esa perspectiva debe reducir a cero los riesgos calculados que hace medio siglo eran aceptables y hoy son inadmisibles. Existe una razón adicional: lo financiero. El proyecto Apolo tenía una motivación política para gastar sin límite durante la Guerra Fría en su momento más álgido. La tecnología tenía implicaciones directas en las visiones políticas. Un cohete que lleva misiones espaciales a la Luna puede llevar una ojiva nuclear al otro lado del planeta. En ese momento la NASA recibía cerca del 5% del presupuesto nacional de los Estados Unidos, hoy el Congreso estadounidense solo autoriza el 1% para financiar misiones espaciales, misiones robóticas, satélites científicos, investigación climática y docenas de otros programas. El programa Apolo costó 290 mil millones dólares en dinero actual, el programa Artemis está estimado en 90 mil millones de dólares. La diferencia se hace sentir en un programa con mucho menos personas, menores márgenes de error y mucho menos espacio para experimentar.
Finalmente, la intolerancia al riesgo es hoy un factor decisivo. En la década de los años sesenta había más permisividad e incluso la posibilidad de muerte de los astronautas estaba contemplada dentro de la misión, como ocurrió en la misión Apolo I, en 1967. La narrativa política era tan poderosa durante la Guerra Fría, que el público aceptaba que la carrera espacial era peligrosa o incluso mortal.
La NASA hoy tiene una motivación distinta y, por tanto, sus parámetros y líneas rojas son diferentes. El transbordador Columbia en su momento mató a siete astronautas, incluyendo a una maestra de escuela cuya muerte fue transmitida en vivo en las aulas estadounidenses. La nave se desintegró en su regreso a la tierra en 2003 a solo 6o kilómetros antes de arribar a su destino. Fue un desastre que cambió la cultura de seguridad de la NASA, hoy se efectúan cientos de pruebas terrestres antes de poner una nave en el espacio.
La presencia humana más permanente en la Luna es un plan más lento y más caro que lo esperado, un plan que ha sufrido retraso, problemas técnicos, cambios en la administración y debates presupuestarios que amenazaron con su cancelación en diversas ocasiones. No obstante, se trata de demostrar que algo no está acabado, que no se ha perdido la capacidad de hacer cosas grandes de antaño. El programa Apolo fue ejecutado bajo la presión de guerra con una tolerancia al riesgo y una mentalidad que aceptaba que la gente podía morir y que el objetivo ideológico valía ese precio.
El programa Artemis es ejecutado bajo presión de subsistencia, con objetivos a más largo plazo. Y lo que es fundamental, hoy ideológicamente se trata de demostrar que el imperialismo no está en decadencia, que subsiste y pretende eternizarse en el tiempo contra sus enemigos a cualquier precio como un hegemón dispuesto a disponer del destino de toda la humanidad. No es casual que, mientras Estados Unidos quiere regresar un puñado de hombres y mujeres a la Luna, apoye el genocidio de su socio sionista en Gaza y provoque, con la misma tecnología usada en los planes espaciales, el extermino de miles de iranies, incluidas cientos de niñas de una escuela primaria.
Esta realidad ambivalente confirma que la ciencia no es neutral, porque es una actividad humana influenciada por valores, intereses económicos, políticos y contextos sociales, en lugar de existir en el vacío. Aunque busca la objetividad, el financiamiento y la selección de qué investigar suele privilegiar ciertas perspectivas sobre otras, demostrando que la producción de conocimiento está cargada de sesgos y responde a necesidades específicas. Aun así, la cuenta regresiva está en marcha.



