Por L.Parrini
Yo no camino derecho, siempre camino torcido, el que camina derecho conoce un solo camino. Este lúcido verso del payador Facundo Cabral, acaso sea el destello más claro de una narrativa contrahegemónica como resistencia a las narrativas dominantes. Aquellos relatos, creencias o ideas, que moldean la percepción de la realidad, sirviendo a los intereses de élites y grupos hegemónicos.
Narrativas dominantes que, por regla general, provienen de grupos privilegiados o poderosos como visiones impuestas de la realidad, amplificadas en los medios de comunicación, a través de los cuales son aceptadas y repetidas, convirtiéndose en el entorno lógico. Narrativas que justifican el status quo, lo establecido, que respaldan políticas, defienden desigualdades y beneficios corporativos. Promueven la aceptación de por qué las cosas son como son, creando una dicotomía de “buenos contra malos”.
Ejemplifican el rebaño diversos cuadrúpedos sobreprotegidos bajo el tupido lanar de impunidad de una prensa obsecuente: editorialistas, columnistas, reporteros, cronistas, opinadores de tomo y lomo provenientes de todos los oficios, menos de la Comunicación. Fauna mediática que entre sus quehaceres simplifica situaciones complejas, limita perspectivas, perpetúa estereotipos y sostiene estructuras de poder como el neoliberalismo, el patriarcado, el eurocentrismo, el americanismo monroista, entre otras.
Suelen las narrativas dominantes oprimir a culturas o sujetos individuales, llevando a las “culturas subyugadas” a percibir su realidad de manera limitada. Estos relatos se plantean la misión de hacernos creer que somos los únicos responsables de nuestros éxitos o fracasos, desviando la atención de fallas sistémicas o estructurales de la sociedad.
Las narrativas dominantes en su praxis cotidiana conspiran contra el diálogo de las ideas. Detrás de su discurso se esconden restricciones, represiones a todo aquel que exija respeto por la opinión contraria o se manifieste contra la forma que adquieren las cosas ante nuestra percepción. Estereotipos impuestos que nos alejan de la posibilidad de aceptar otras narrativas propias de un libre pensador amante de la justicia. A lo que Cabral responde:
Soy el esclavo más libre, soy esclavo de lo que amo. La libertad y la justicia saben bien de qué les hablo.
Una fuente teórica
El propio Nietzsche es citado por las narrativas dominantes, invocado por quienes quieren hacer una apología del peor egoísmo, y de la moral vulgar, la moral de los señores, seres peligrosos para la seguridad pública que acumulan grandes fortunas económicas provocando considerable conflicto social.
La izquierda lo cita para legitimar la resistencia política y las diferencias morales dentro de las teorías de las diferencias. No obstante, Nietzsche se refiere a todos ellos como el rebaño, se atrincheran unos contra otros, practican la negación de sí mismas que hoy caracteriza a las razas y el fanatismo ideológico de las oligarquías neoliberales. La tendencia es clara: las clases sociales pretenden ser desplazadas por intereses identitarios, diversas tribus que suponen la disgregación del reclamo por intereses comunes, sobre todo los de la clase trabajadora, en cuestiones identitarias, el progresismo, el feminismo, las etnias, etc.
Qué hacer
La lucha contra las narrativas dominantes supone una alternativa a la lógica que las sostiene. En lugar de mediar para conciliar posiciones debemos focalizarnos en las diferencias. Las discrepancias suelen crear condiciones de cambio.
Nuestro hábito de generar diálogo con personas afines fomenta el tribalismo como mecanismo de protección social. En la tribu impera la seguridad, sin embargo ésta fomenta la homogeneidad y las opiniones se vuelven extremas y homogéneas, al punto que ya no es necesario pensar. Cuando abordamos el diálogo con quien piensa diferente surge la polarización y nuestras posiciones se vuelven inamovibles, el acuerdo es imposible y surgen la violencia y la desconfianza. Nuestra opinión ya no es solo algo que pensamos, si no que nos convertimos ontológicamente en ese algo.
El momento que guardamos silencio en un entorno hostil, porque percibimos una atmósfera agresiva a nuestras opiniones, emerge el temor ante la censura social impuesta por la narrativa dominante, entonces estamos en evidencia de que el vínculo se construyen desde el ser y no desde la opinión.
Un cambio posible de la hegemonía de las narrativas dominantes supone el desarrollo de contra narrativas alternativas, capaces de fracturar la idea de una única historia. Mucho pedir peras al olmo, dirán muchos. Con relativa frecuencia el narrador dominante se trata de lentejeros, como los califica la sabiduría popular.
Amerita entonces, a los entontecidos por la riqueza y el poder, ponerles un grito en el cielo junto a Cabral: No me importa tu dinero prefiero mi independencia, si por tener un sombrero hay que alquilar la cabeza.



