Por L. Parrini
Uno de los grandes mitos de la gnoseología, o teoría del conocimiento, es asociar la inteligencia humana con ejercicios matemáticos, científicos, vinculados a la capacidad de compilar información, inventariar datos en un registro cuantitativo de la realidad. Rara vez se dice de un artista que es inteligente sino más bien creativo, como si el arte en sus expresiones diversas no estuviera íntimamente ligado a la inteligencia del hombre o de la mujer. Esa capacidad multidimensional para aprender de la experiencia, pensar de manera abstracta, razonar, resolver problemas complejos, entender ideas profundas a través de procesos cognitivos emocionales, sociales, creativos gestionando emociones y reflexiones.
Este mito peligroso, falaz, acaso representa la mayor deshumanización del quehacer y saberes humanos. Aunque los griegos lo tenían claro: para ellos la tecné era la capacidad de hacer y la episteme, capacidad de pensar. Dos vertientes que darían origen a la Tecnología y a la Epistemología en dos andariveles propios que nunca debieron confundirse.
No obstante, el declive histórico de la ideología y sus visiones epistemológicas, unido al desarrollo de las fuerzas productivas dieron ventaja a la tecné que se apropió del quehacer humano inteligente, incluso intentando reemplazarlo.
Hoy la llamada Inteligencia artificial IA -que difiere esencialmente de la inteligencia del hombre- es una herramienta en manos de lucrativas empresas que generan y comercializan procesos tecnológicos destinados a reemplazar a la inteligencia humana como si la tecné hubiese superado a la episteme en su capacidad de adaptarse al entorno, comprenderlo, manipularlo y transformarlo en el proceso de trabajo.
En el sistema capitalista, en el que todo se convierte en mercancía, la IA representa uno de los negocios más lucrativos como una rama de la informática dedicada a crear sistemas capaces de realizar tareas que requieren inteligencia humana como el aprendizaje, razonamiento, percepción y toma de decisiones autónomas. Empresas líderes en inteligencia artificial (IA) incluyen gigantes tecnológicos, Google, Amazon, Microsoft (inversor de Open AI), NVIDIA (hardware) y Anthropic, destacando por desarrollar modelos fundamentales, infraestructura de procesamiento de datos, automatización y aplicaciones especializadas como visión artificial, generación de texto, análisis de datos y generación de contenidos artísticos.
La presencia de estas empresas no sometidas a regulación por diversos Estados genera ingentes ganancias globales, consideradas legales. El negocio que la IA señala como el camino más rápido y rentable hacia la riqueza, es el desarrollo y venta de productos y servicios digitales basados en inteligencia artificial generativa.
Conflicto de intereses
Sin embargo, esta industria cibernética, además, incurre en el enriquecimiento ilícito o robo masivo al sector cultural, según denuncia de connotados artistas, compositores y músicos, en el Reino Unido.
En una carta abierta firmada por más de 70 destacadas figuras del mundo del arte, música y literatura británica, entre las que destacan Paul McCartney, Kate Bush, Elton John, Mick Jagger y Annie Lennox, dirigida al primer ministro britanico, Keir Starmer, estos artistas y profesionales de la cultura denuncian la aparente indiferencia del Gobierno laborista ante la violación de derechos de propiedad intelectual en el desarrollo de tecnologías de inteligencia artificial.
La carta, en su contenido esencial, exige al primer ministro Starmer “medidas contundentes que protejan su trabajo frente a la expansión de la inteligencia artificial” y advierte sobre el peligro que supone permitir que las compañías de IA usen obras con derechos de autor sin consentimiento, una práctica que califican como «un robo masivo» que pone en jaque la creatividad y el sustento económico de millones de personas vinculadas al sector cultural.
Según el texto, ”las empresas tecnológicas han estado entrenando sus sistemas con millones de obras protegidas, incluyendo música, letras, guiones y libros, sin autorización ni remuneración para sus autores”. Situación que no solo vulnera la legislación vigente, sino que compromete el futuro de la industria creativa, que representa un motor económico con 2,4 millones de empleos en todo el Reino Unido.
Elton John fue contundente en sus declaraciones:»Permitir que los bots sin alma saqueen la obra de un artista es abrir la puerta de par en par a que su vida dedicándose a la música sea robada. No vamos a aceptar esto y no dejaremos que el Gobierno olvide sus promesas electorales de apoyar nuestras industrias creativas».
Por su parte, Paul McCartney subrayó la importancia de proteger a los creadores en un momento donde la tecnología avanza a pasos agigantados: «Si vas a aprobar una ley, asegúrate de proteger a los pensadores creativos, o no tendrás ninguno».
La movilización del sector cultural británico llega en el momento en que el impacto económico es alarmante. Un estudio reciente de la Confederación Internacional de Sociedades de Autores y Compositores pronostica que los trabajadores de la música podrían perder al menos una cuarta parte de sus ingresos en los próximos cuatro años debido a la expansión de la IA sin regulación adecuada.
La protesta de los artistas pone en el tapete la denuncia contra un proyecto de ley que contemplaba una excepción que libera a las empresas tecnológicas de solicitar permiso para usar contenidos protegidos para el entrenamiento de algoritmos. La alarma calificó la medida como una legalización del “robo” de obras creativas: “La realidad es que el dinero va a parar a algún lado… alguien está cobrando”, denunciaba el ex Beatle. Ante la denuncia la ley ha sufrido múltiples rechazos y enmiendas, en tanto, el Senado británico intenta imponer requisitos de transparencia para que las empresas tecnológicas informen qué contenidos protegidos han utilizado en sus modelos. Se trata de un conflicto de intereses que plantea un desafío clave para el futuro cultural y tecnológico británico: cómo garantizar que la inteligencia artificial no sea una amenaza y que enriquezca la creatividad humana sin pisotear sus derechos fundamentales.
La cultura de Reino Unido se pone en pie contra la medida del gobierno que propuso reformar las leyes para impulsar la industria de la IA implementando un modelo de exclusión voluntaria («opt-out») y una excepción comercial que permitiría a las empresas tecnológicas usar obras protegidas para entrenar su software sin necesidad de pedir permiso a los artistas. Los artistas acusaron al gobierno de querer legalizar el «robo» de las obras creativas, advirtiendo que esto permitiría a las grandes tecnológicas enriquecerse a costa de los músicos, desincentivaría la creatividad y amenazaría el sustento de los artistas jóvenes y emergentes.
El gobierno laborista de Keir Starmer decidió abandonar la propuesta. Una victoria para la industria musical que, sin embargo, tendrá que enfrentarse a muchas otras luchas contra la inteligencia artificial. Los magnates tecnológicos “lamentaron profundamente la decisión”. Su narrativa argumenta que el Reino Unido se ha quedado con «el peor régimen de derechos de autor para el entrenamiento de IA» y advierten que el país quedará rezagado en innovación económica frente a Japón, la Unión Europea y Estados Unidos, quienes ofrecen mayor flexibilidad para la inversión en esta tecnología.
La inteligencia artificial ha provocado un verdadero cambio de paradigma en diversos sectores de la sociedad, pero quizá el sector que más recelo ha experimentado frente a esta cibertecnología ha sido el del arte y la cultura. La Inteligencia artificial está suponiendo un antes y un después en la sociedad actual y no precisamente en el buen sentido.



