Por L. Parrini
Un viejo axioma de la real politik dice que en política todo tiene su precio, que nada es porque sí. Como en el amor: amor con amor se paga y amor con amor se cobra. Esto pone en entredicho el concepto del colaboracionismo político que ciertos Estados, en apariencia desinteresada, ejercen sobre otros Estados en desmedro de su capacidad de actuación autónoma.
La noticia que trascendió días pasados informa que fuerzas militares estadounidenses conjuntamente con efectivos del Ejército ecuatoriano realizaron un operativo conjunto en la frontera norte del país contra las disidencias de las FARC, llamadas Comandos de la Frontera, en el límite internacional con Colombia. Este grupo disidente es una de las organizaciones que se desprendió de la extinta guerrilla, luego de que firmó un acuerdo de paz con el Estado colombiano en 2016.
El comunicado militar señala, “las Fuerzas Armadas de Ecuador con información de inteligencia y apoyo de Estados Unidos ejecutaron una operación militar como parte de la fase “Ofensiva Total” en Sucumbíos, que permitió ubicar y bombardear un campamento del grupo narcocriminal, zona utilizada como área de entrenamiento para 50 narcotraficantes”. Un funcionario del Departamento de Guerra estadounidense manifestó que la operación “es parte de la política contra el narcotráfico planteada por la administración Trump en América Latina”.
En contraste, en 2025 el gobierno nacional llevó a cabo un Referéndum constitucional que incluya la posibilidad de que países extranjeros establecieran bases militares en Ecuador, sin embargo la iniciativa fue rechazada por la ciudadanía.
No obstante, el ministro del Interior, John Reimberg dijo” estamos trabajando en conjunto, hay potencia militar que está colaborando con el Ecuador, en este caso, con los ataques que se están haciendo, es la preparación que están dando a las FFAA del país (…) el crimen organizado no lo vamos a solucionar con reuniones sino con ataques militares”. El ministro reconoció que “hay mucho asesoramiento por parte de ellos en el país, hay colaboración, están presente en conjunto con nuestras Fuerzas Armadas, trabajando en los ataques que se están realizando a los grupos criminales”. El ministro negó que exista intervencionismo: “hay la cooperación, por supuesto, pero es Fuerzas Armadas del Ecuador quien está atacando a estos grupos criminales”. En entrevista de prensa el primer mandatario ecuatoriano manifestó: “El ejército más poderoso del mundo y nuestras FFAA quieren trabajar en conjunto, con el ejército de los EE.UU; no es intervencionismo de parte de los Estados Unidos, estamos abiertos a la colaboración”.
¿Significa esto que las FFAA ecuatorianas no tienen la capacidad propia de enfrentar al crimen organizado, la insurgencia y el narcotráfico en la guerra declarada por el Estado?
La respuesta queda pendiente como una espada de Damócles, sin embargo, los conceptos son claros: La colaboración se basa en el trabajo conjunto voluntario y horizontal entre partes iguales para lograr objetivos comunes, respetando la soberanía. En cambio, el intervencionismo implica la injerencia forzada o no deseada de un actor externo en asuntos internos de otro, imponiendo decisiones y limitando su autonomía. No obstante, la ONU promueve la no intervención y la solución pacífica de conflictos basada en la igualdad soberana, mientras que Estados Unidos ha ejercido históricamente intervencionismo militar, político y económico . Aunque la ONU actúa mediante diplomacia y resoluciones, EE. UU a menudo justifica intervenciones -como en Oriente Medio y América Latina- sin mandato de la ONU. Las intervenciones de EE. UU. varían entre golpes de Estado, acciones encubiertas e intervenciones militares directas, influenciadas por su visión de política exterior.
La doctrina que en la actualidad ampara estas intervenciones en la región latinoamericana quedó establecida en la llamada cumbre Escudo de las Américas, mediante la cual EE.UU pretende “blindar” a la región contra enemigos foráneos, léase crimen organizado, terrorismo y potencias externas. La convocatoria de Donald Trump a 12 países latinoamericanos afines a su política internacional, es concebida como “una nueva arquitectura militar de Washington en la región”, que busca articular esa coalición militar regional alineada al Pentágono con objetivos que van desde el combate al narcotráfico hasta la contención de influencias extranjeras y eventuales intervenciones políticas.
Observadores estiman que el acuerdo de Doral se presenta como un pacto de cooperación contra el narcotráfico, pero lo que se oculta tras ese discurso “es la vieja receta del intervencionismo estadounidense y la sumisión de nuestros gobernantes”. Esta afirmación se sustenta en el hecho de que EE.UU es el mayor consumidor de drogas y la administración estadounidense indultó a Juan Orlando Hernández que cumplía una pena por traficar 400 toneladas de droga hacia ese país.
La meta que persigue esta estrategia militar es “frenar el declive relativo de la hegemonía norteamericana en el mundo”, mediante la acción de crear “nuevas entidades multilaterales alineadas a los Estados Unidos. Escudo de las Américas resulta ser la versión regional latinoamericana de la Junta de la Paz para Gaza que Trump presentó en Davos. Adicionalmente, la inclusión de nuestros países en el acuerdo sin consultar a los Congresos nacionales está fuera de la ley, situación que curiosamente no está incluida en el debate.
El debate acerca del intervencionismo o cooperación no debe ser visto como un tema de pragmatismos sino de principios políticos basados en ideologías que valoran la libre determinación de los pueblos, no solo de sus gobernantes de turno. La ciudadanía ecuatoriana consultada, dijo no a la presencia militar extranjera en territorio ecuatoriano y esa decisión debe ser elementalmente respetada.



