Por L. Parrini
La cumbre regional denominada Escudo de las Américas realizada en un club de golf de Miami el sábado anterior, termina siendo un parapeto para la propia imagen de Trump, sin que ese supuesto escudo sirva para cubrir las amenazas que se ciernen sobre un continente desunido, desprovisto y desgraciado en sus anhelos de paz, seguridad y justicia.
Al margen del ridículo afán de alguno de los mandatarios por diputarse una ubicación a un costado junto a Trump, como resulta ser el bochornoso incidente del presidente electo chileno, José Antonio Kast, que fue removido de ese lugar para ubicar al salvadoreño Nayib Bukele, de mayor trascendencia para el Pentágono, la cita no mostró sino el nuevo intento del Pentágono por aglomerar a sus adláteres. Es notable el caso del argentino Javier Milei, que hacía notorios malabarismos verbales para llamar la atención de Trump, acaso sin conseguirlo.
La guinda del pastel fue el hecho de que en una evidente muestra de menosprecio regional, Trump expresó burlón: “No voy aprender su maldito idioma”, que para eso tiene de buen interprete al cubano Marco Rubio, Secretario de Estado. Ante el despropósito, ninguno de los presidentes de habla hispana presentes tuvo un atisbo de dignidad para exigir a Trump que respete los rasgos culturales e idiomáticos de nuestros pueblos latinoamericanos.
La pregunta pertinente es: ¿A qué fueron los doce mandatarios latinos a Miami, además de tomarse una foto con su patrón ideológico?
La pregunta es enteramente válida puesto que, ninguno de los doce mandatarios asistentes regresó a su país con algún acuerdo real firmado con cualquiera de los presidentes con los que conversó. No hay nada pragmático en carpeta, más allá de la rimbombante declaración del Escudo de las Américas presentada como si fuera una película de Marvel, con los quince Avengers, no existió nada más que la foto de la obsecuencia. Y si recordamos, el evidente problema de los vengadores es el liderazgo, ¿quién lideraba a los Avengers, el Capitán América? La repuesta está en la serie de cómics, en la guerra interna que libran los vengadores entre sí por formas de liderazgo distintas.
No obstante, la Canciller de Ecuador, Gabriela Sommerfeld, acompañante de Daniel Noboa, destacó que la coalición “identifica amenazas comunes e integra capacidades para enfrentar retos”. En la práctica y en concreto, el encuentro Escudo de las Américas se propone, bajo a una alianza ideológica, formar una nueva “coalición militar” de alcance regional, según el propio anuncio de Trump. La esencia del Acuerdo de Doral, dijo Trump, es el “compromiso de usar fuerza militar letal para destruir” a nuestros enemigos, en referencia al narcotráfico; “solo tienen que decirnos dónde están”, agregó.
Colombia, país excluido de la cumbre junto a México y Brasil, manifestó en declaración de su presidente, Gustavo Petro, quien cuestionó que su país no haya sido invitado: “Con 17 países pequeños, débiles y sin experiencia para enfrentar la cocaína no se puede hacer un escudo del sur. Lo van agujerear”.
La estrategia que pretende consolidar el liderazgo de Washington sobre América Latina, también se propone contrarrestar la creciente influencia de China en la región, presentándose como alternativa a la tradicional Cumbre de las Américas.
Como reza el dicho, “no hay amor sin interés”. La propuesta política es audaz y su factibilidad depende más que de los discursos y las fotos oficiales, de los intereses concretos que cada nación deposita sobre el tapete. El Pentágono no hace concesiones ni transfiere recursos o pertrechos militares sin esperar algo a cambio: concesiones territoriales, dádivas energéticas, acuerdos comerciales, etc. Se trata de un toma y daca que Washington se esforzará en presentar como un ganar, ganar.
El primer paso fue dado en Miami el sábado anterior, como constancia quedó la foto que congeló, en un instante, la imagen de la obsecuencia oficial de un grupo de mandatarios que eligen la dependencia por sobre la soberana política de sus gobiernos.



