Por Gloria Narváez
El 8 de marzo no se celebra se sostienen como una trinchera. En este mundo descalabrado por el egoísmo y la ceguera, esta fecha no admite festividades vacías, flores de compromiso ni cortesías de cartón. Es una jornada de resistencia pura, un manifiesto de combate y un recordatorio de que la lucha por la vida y la justicia es una batalla que libramos cuerpo a cuerpo, día tras día, contra un sistema que intenta devorarnos.
La historia no es una anécdota lejana de archivos empolvados. Nuestra genealogía es una cadena de sacrificios por el hecho elemental de existir con integridad. Pero hoy, ese grito se vuelve universal, feroz, urgente. Alzamos la voz por al soberanía de las mujeres en todas las latitudes, ahí donde el “canibalismo” político, económico y la guerra pretende convertirnos en botines, en víctimas o en sombras invisibles.
Nuestra mirada de combate está con las mujeres iraníes, que desafían al oscurantismo arriesgando la vida por su identidad, con las mujeres gazatíes, israelíes, hermanadas por el horror del fuego cruzado y el dolor de la pérdida entre los escombros de la ambición ajena. Pero también estamos, con orgullo y firmeza, con las mujeres indígenas de los páramos guardianas de la selva y el mar, con las isleñas que resisten al olvido y con las esquimales que custodian el frío del mundo. Somos, en cada rincón del planeta, las gestoras de vida que sostienen el tejido de la existencia.
Ser mujer en este contexto es un acto de insurrección constante. Es enfrentarse a una violencia estructural que nos quiere dóciles, fragmentadas y mudas. Pero la respuesta es la sonoridad revolucionaria: reconocemos como una sola fuerza que atraviesa fronteras y culturas. En tiempos de opresión, nuestra hermandad es nuestra única armadura. Si nos tocan a una nos movemos todas; si silencian a una gritamos todas.
No celebramos victorias a medias. Honramos nuestras caídas y las convertimos en abono para la rebeldía. La lucha por la igualdad no es un favor que pedimos, es un espacio que tomamos por derecho propio. Exigimos justicia para las silenciadas por la metralla, la pobreza y el hambre. Este 8 de marzo es el impulso para arrebatarle el control de nuestras vidas al miedo y conquistar un futuro donde la rectitud no sea un privilegio, sino nuestra tierra firme.
Seguiremos adelante con la firmeza de quien sabe que no hay vuelta atrás. Porque mientras una sola mujer sea oprimida en cualquier rincón del planeta la humanidad entera estará en deuda con su propia verdad.
“La cultura es cultivar la esperanza en medio del incendio. Una mujer con ilusión, con ética y valentía es el único motor capaz de transformar esta dura aventura de vivir en un territorio de verdadera libertad”.



