Por L. Parrini
Se dice de quien quiere mucho a los animales, los quiere contra las personas. En un extremo de esta tendencia están quienes se identifican con sus mascotas y otros que buscan construir su propia identidad a través de ellas: son los therian -del griego theríon, bestia o animal salvaje-, un fenómeno que alerta a psicólogos y educadores sobre la sanidad mental de adolescentes.
Expertos del fenómeno afirman que este rastreo identitario tiene lugar cuando los referentes tradicionales se desmoronan. En Chile, Colombia, Argentina y España ha dado lugar a emprendimientos artesanales dedicados a fabricar antifaces y atuendos personalizados con rasgos animales para satisfacer la demanda de jóvenes que buscan una nueva estética luciendo con colas de zorro, máscaras de lobo y transitan en cuatro patas en parques públicos. Son adolescentes que dividen a los curiosos entre quienes los juzgan y quienes los defienden, en medio de un extravagante proceso de construir la identidad juvenil. Integrantes de una comunidad que decidió salir del anonimato virtual y reclamar derecho existencial en la vida real.
Como todo fenómeno inédito en un inicio virtual -a comienzo de los años noventa-, los therian se ganaron el mote de lunáticos, locos, exhibicionistas. Pero, más allá del calificativo, provocan desconcierto y, en ciertos casos, rechazo ciudadano, generando diversas interrogantes en torno a si se trata de personas con trastornos mentales, seguidores de una moda estrambótica o la expresión identitaria de una generación que decide romper los moldes tradicionales.
Los especialistas en conductas humanas, psicólogos, psiquiatras, orientadores, etc., comenzaron a preocuparse de la existencia de los therian cuando los asociaron directamente con lo indómito, no domesticado, un ser situado entre la naturaleza y la cultura, sujeto esencialmente identificado con lo no humano. A poco andar descubrieron que se trata de personas jóvenes en busca de autenticidad en un entorno que perciben como una simulación artificial y absurda.
Luego percibieron en el fenómeno therian un simbolismo que no perseguía convertir en animales a las personas identificadas con dichos ejemplares, solo era una forma de imitación, pero no menos real como mímesis. Concluyeron, por tanto, que no se trata de una patología, sino de una identificación, el hallazgo de un común denominador con un animal que, de algún modo, hacía sentir “raro” al sujeto en un entorno rodeado de seres humanos, según el testimonio de los propios protagonistas. Este extrañamiento con lo humano no fue catalogado de trastorno por los especialistas, al no estar reconocido por las asociaciones de Psiquatría.
Los especialistas en conducta humana se inclinaron e insistieron en que la identificación con un animal es principalmente simbólica: los therian tienen clara su condición real, no creen que se vayan a transformar en un animal de verdad por el hecho de tener esa referencia. La conexión es metafórica. Este distingo entre realidad y símbolo es lo que exime a los therian de un cuadro psicótico disociativo, concluyen los especialistas.
Esta revelación implica alivio: esta identificación animal no es una enfermedad, es una forma de construcción identitaria, inusual, pero no patológica.

Humana comprensión
Una forma de comprender la conducta therian es situarla en su contexto natural: la adolescencia y la juventud temprana, sugieren los expertos. La adolescencia, que es cuando se adolece de muchas referencias identitarias y la búsqueda está plagada de interrogantes: quién soy, de qué soy parte, qué me define, qué debo ser, etc. Proceso que antes se cursaba en la privacidad familiar, la escuela, el barrio, en cambio hoy es expuesto en redes digitales frente a millones de espectadores y eso provoca incomodidad y cuestionamientos.
Y causa no menos extravíos, puesto que en apariencia existen diversas alternativas, varios derroteros que en lugar de orientar desorientan a los adolescentes. En nuestro tiempo la decisión era más radical, con menos dudas, cada cual elegía su sendero: el hippie tenía su amor libre, el rebelde su militancia, el punk su ritmo agresivo, los emos su romanticismo, en fin, había señales más nítidas; hoy se hace camino al andar y el andar haciendo camino supone tropiezos y caídas.
No obstante, la búsqueda es la misma: encontrar un sentido de pertenencia. Un léxico común denominador. El therian encontró un referente vital en un animal.
¿Por qué un animal?
Los expertos responden: vivimos en una época donde los referentes humanos tradicionales están en crisis. Autoridad cuestionada, modelos inestables, discursos contradictorios. Frente a eso lo animal representa un ente más puro, fiel y predecible: sentido gregario, instinto de sobrevivencia, lealtad incondicional. Para bien, el animal no adquiere valores humanos contaminados por la corrupción, la deslealtad, el individualismo, la violencia premeditada. Identificarse con un animal es buscar cobijo en la coherencia del instinto de sobrevivencia, ante lo contradictorio de lo humano.
Para un adolescente que da tumbos en el inestable mundo de las relaciones interpersonales bajo presión del medio familiar, escolar, social, identificar con lo animal -en el fondo lo natural por excelencia, desprovisto de lo paradójico de la cultura-, suele ser un refugio que no exige explicaciones, ni justificaciones que reclaman las reglas y códigos que surgen de los intereses humanos. Al final del día los therian nos sitúan en otra dimensión de aquello que debemos entender por humanidad.



