Por Pablo Salgado J.
Llegaron temprano para un último ensayo y la prueba de sonido final. El Prometeo estaba listo para acogerlos. No habían tocado juntos en 42 años. Por tanto, había mucho por afinar, pero cuando sonaron las primeras notas fue como si el tiempo no hubiera pasado. El feeling estaba intacto. Todos han crecido musicalmente, y no les costó volver a entenderse. Ya no estaba Caballito Gómez (-) ni Ever, quien -en silla de ruedas- contemplaba el ensayo con una leve sonrisa, como queriendo estar ahí con sus congas y bongós, pero, al mismo tiempo, contento por estar vivo contemplando, y recordando, aquellos años, cuando desde Colombia llegó a Quito con la orquesta Panamericana, y se quedó para siempre.
El público empezó a hacer cola desde temprano. Mientras, el Viejo Napo aparecía presuroso, pero atrasado, ¡cuándo no! El Chelo, feliz bromeando con David Cobo. El Ata repasaba las letras y Alex, serio, probaba el sonido de su bajo. Listo, unas fotos para el recuerdo, una breve entrevista, interrumpida abruptamente por el Lucky, quien funge ahora de productor del concierto. Todo afinado, y al camerino, a cambiarse, y a esperar la hora del concierto.

El público en 20 minutos llenó las sillas del Prometeo. Y también las gradas. Lleno total. Rostros conocidos, muchos estuvieron en aquel icónico concierto que, en 1981, fue parte del nacimiento de Rumbasón. Y muchos jóvenes, sobre todo mujeres, dispuestos a disfrutar y ser testigos de esta gran junta sonera.
Apenas terminó la presentación, el Viejo Napo lo confesó: «estamos más ahuevados que nunca.» Por supuesto, en 42 años han sucedido muchas cosas, mucha música y muchos acontecimientos. Pero el público se encendió con la primera nota. El son cubano, del Trío Matamoros, volvió a envolver a una ciudad que quiere, a pesar de todo, volver a mover sus caderas. El concierto fluyó; una a una, los soneros fueron desglosando aquellas canciones que se convirtieron en resistencia en aquellos años 80, de represión y autoritarismo.
Cuando ya el teatro ardía, las primeras mujeres y parejas saltaron al escenario circular para acompañar, con su baile cadencioso, el concierto, mientras el público contagiado, coreaba y aplaudía. No había nostalgia, había presente, solidaridad viva con el amigo, y resistencia. De ahí que con la euforia, vino el ¡Fuera Noboa, fuera! Todos gritando, como en los ochenta con Febres Cordero.
El Ata contó, recordó, cómo se escribieron dos canciones que son emblemáticas y que se siguen cantando, en versiones de los nuevos grupos y cantautores: Don Eloy, en homenaje al Viejo Luchador, y El Zafrero, para no olvidar la masacre del ingenio Aztra.

La primera parte se cerró con un tema cubano y universal, el mejor bolero que se ha escrito en la historia, dicen muchos; Dos Gardenias, de Isolina Carrillo.
Yo disfruto de la companía del Negro Acosta, quien vivió esos años con gran intensidad. Me recuerda los primeros conciertos del rock en Quito, y de los grupos de folclore y de nueva canción. Y las grabaciones que, en su estudio, se hicieron en esos años, «de Rumbason creo que tengo unos casetes,» me dice.
En los 80 se vivía el desencanto por el fin del “boom petrolero” y la desilución por la flamante democracia. La guerra de Paquisha y la muerte de Roldós nos había llevado a grandes ajustes económicos con el primer acuerdo firmado con el FMI. Y Febres Cordero imponía su poder con los escuadrones volantes que infundía miedo y terror.
Hoy, como reproduciendo el círculo perverso, el Ecuador vive la más cruel violencia de su historia.

“Sonero soy, y no lo niego” cantan a dúo el Ata con su voz de antiguo trovador y el Viejo Napo, con su voz aún mas aguardientosa. Miro los rostros de los asistentes, y todos están felices. Ese es el poder de la música, nos introduce en un mundo propio, en el que al menos por esos minutos podemos atrevernos a olvidar la violencia y la precariedad, y entregarnos al gozo y al disfrute.
En la segunda parte, se incluyeron temas del Viejo Napo, quien ya en confianza, empezó a convertise en protagonista, a pesar del Alex, que lo llamaba la atención. Se entonó Bolón de verde y, luego, aunque no estaba en el «setlist» Piensa en mí, que todos coreamos.
Y después, los hijos -también músicos- se incorporaron al grupo; el Martín, el Bastián, el Lucas. Todavía no habían nacido cuando Rumbasón ofrecía exitosos conciertos en el teatro Universitario, en el Politécnico y en Las Cámaras. Son las nuevas generaciones que ya están tomando la posta y le dan continuidad a la producción musical ecuatoriana.
El escenario es ya una pista de baile. Todos y todas bailando, una verdadera rumba al ritmo del son, como hace 42 años. La querida Carlita Paéz, se acerca y también me invita a sonear. Y todos disfrutamos, y despedimos el concierto bailando y gozando. El público quiere seguir, pero no hay tiempo para más, los empleados del teatro deben cerrar a las 9 de la noche y 30 minutos. Y no hay para horas extras.
Todos están extasiados y contentos. Los músicos felices. ¡Qué tal el concierto! les digo a los soneros en el camerino. “Del putas,” “Increíble,” “Fantástico,” me responden.
Se cumplió el objetivo, el teatro a reventar (algunos se quedaron fuera) y toda la taquilla fue para el Ever y su esposa, pues hay que pagar los altos costos médicos. Es la otra cara de la moneda, la precariedad y el abandono de nuestros músicos y artistas.
Nos despedimos del equipo; Fabiano y el Antony, que lo grabaron todo. Nos abrazamos y quedamos en vernos en el after. Afuera, Quito luce desolado y hace frío.



