Por Gloria Narváez
El reciente análisis de Roberto Aguilar sobre la salida de Godoy y el «engaño masivo» que la rodea pone el dedo sobre una llaga que no es solo política, sino profundamente cultural. Lo que estamos presenciando en el Ecuador no es un simple cambio de nombres en el poder, sino la cosecha amarga de haber permitido que se marchite el concepto de responsabilidad política.
Desde mi perspectiva como Curadora de Custodia, sostengo que la cultura viene de cultivar. Sin embargo, llevamos años cultivando la inmediatez, el ruido y la impunidad, olvidando que la base de cualquier sociedad que aspire al futuro debe ser la rectitud y la decencia.
Cuando el engaño se vuelve la moneda de cambio y el cinismo reemplaza a la rendición de cuentas, lo que se está aniquilando es la esencia misma de nuestra identidad ciudadana. El «tiranuelo» de turno o el «dictadorzuelo» de paso solo pueden prosperar en un terreno donde la cultura ha sido desplazada por el espectáculo y la educación por la propaganda.
Lo que hoy vivimos —desde el acoso a los medios de comunicación serios hasta las tarifas arbitrarias que golpean el bolsillo del pueblo— es el resultado de haber perdido el sentido de lo sagrado en la política. La política debería ser el arte de servir, no el de sobrevivir a través del engaño.
La verdadera salida de este laberinto de odio y manipulación no vendrá de las urnas si estas no están respaldadas por un alzamiento de la conciencia. Necesitamos recuperar la soberanía cultural para dejar de ser presas fáciles del «pauterismo» y el silencio cómplice.
Hoy, más que nunca, defender la verdad es un acto de resistencia cultural. Si no recuperamos la honestidad y la inteligencia como brújulas, seguiremos siendo testigos de una función teatral donde la mentira siempre tiene el papel protagónico.



