Por L. Parrini
Un editorial de prensa de mi apreciado amigo Fausto Segovia B., nos da pie para una reflexión sobre el bien y el mal. Dos estados del ser humano aparentemente contradictorios. El texto de Segovia trata de la banalización del mal, entendida ésta “cómo el mal puede ser perpetrado por personas comunes que actúan de forma burocrática, y sin reflexionar sobre las consecuencias morales de sus acciones, simplemente siguiendo órdenes”.
Segovia constata que el mal “no surge de un monstruo, sino de la falta de pensamiento crítico y la incapacidad de juzgar por uno mismo”, cumpliendo órdenes sin cuestionarlas. La banalización del mal implica que “ciertas ideas o retóricas extremas pueden normalizarse en la sociedad, incluso a través de los medios de comunicación y las redes sociales, contribuyendo a la trivialización del odio y la intolerancia”. Como parte de diversas estrategias, “como recurso para lograr fines perversos: la acumulación ilícita de capitales, la corrupción de la justicia, la lucha no declarada entre mafias, el asesinato de líderes políticos, y lo más grave: la progresiva pérdida de confianza en el sistema democrático”.
Este diagnóstico, aunque acertado, carece de una constatación esencial: el mal tiene nombre y apellido de responsables que lo proclaman, practican y se benefician de él, como caldo de cultivo de la cultura del miedo. Una sociedad atemorizada es una sociedad dominada, y ese dominio tiene que ver con la lucha por el predominio de intereses contrapuestos. Desde esa perspectiva, el mal no es solo un tema ético, abordable desde una perspectiva moralista, o meramente axiológica, sino ideológica política.
¿Qué dicen los filósofos acerca del mal? Los filósofos generalmente definen el mal no como una sustancia propia, sino como una privación, ausencia o corrupción del bien. El mal no existe por sí mismo, sino que es la ausencia de una perfección que debería estar presente. Esta idea pervive en el pensamiento de Platón, Aristóteles y San Agustín. En tanto, Sócrates afirmaba que nadie hace el mal a sabiendas, para este filósofo la maldad es el resultado de la ignorancia. Mientras Kant introduce el concepto de “mal radical”, sugiriendo que la inclinación humana a alejarse de la ley moral es una elección consciente, un disvalor en la conducta humana. Una visión contemporánea aborda el mal desde el relativismo cultural o como el desequilibrio en la integridad personal, descrito por Zubiri como una «presencia privativa» de lo que deberíamos ser. En síntesis, la filosofía ve el mal como una corrupción de lo que es bueno, un error intelectual y moral. Sin embargo, como dejó escrito Marx: Los filósofos solo describieron la realidad, de lo que se trata es de cambiarla.
Concepto dialéctico
Para el materialismo dialéctico e histórico el «mal» no es un concepto moral o metafísico, sino estructural y objetivo: radica en la alienación, la explotación de clase y la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Se manifiesta en la propiedad privada y la lucha de clases, que deshumanizan al trabajador al separarlo del producto de su trabajo y de su esencia.
Este concepto supone algunos fundamentos: la alienación, producto de la cual el trabajador no se siente realizado, sino forzado y oprimido, sintiéndose él mismo solo fuera del trabajo. La explotación o apropiación del patrón de la plusvalía generada por el trabajador asalariado, base del conflicto social. La lucha de clases como motor de la historia bajo el capitalismo, donde el mal se concreta en la dominación de una clase sobre la otra. La Superestructura ideológica de la sociedad, (leyes, ideología, religión), que actúa como una fuerza retardataria que perpetua y justifica los males provocados por estas condiciones materiales de opresión. En definitiva, desde una perspectiva histórica objetiva, el mal es la alienación de la vida humana bajo modos de producción antagónicos, superable únicamente a través del cambio social.
Sin duda, esta constatación científica tiene detractores en aquellos, como la teoría posmoderna, que se jactan de haber refutado estos principios en sus tesis fundamentales. Pero ¿qué hay de cierto en ello? Dicho en verdad, mucho de las críticas consisten en construir una caricatura del contrincante para “vencerlo” así más fácilmente, simplificaciones más o menos burdas, generalizaciones apresuradas-, dejando deliberadamente de lado un inmenso corpus teórico que se enmarca dentro del materialismo histórico.
Dicho sin rodeos, el materialismo histórico no es una ciencia, es una teoría sobre el devenir de las sociedades humanas, que abreva en las aguas de distintas ciencias humanas, como son la historia, la economía, la sociología, etc. Y como su nombre mismo lo señala, es una teoría que hace hincapié en el carácter histórico de las sociedades y considera preponderante la acción de las causas llamadas “materiales” por sobre las “espirituales” o “ideológicas”.
En esa línea de pensamiento, bien vale compartir la conclusión de Segovia respecto del mal y hacerla extensiva al propio concepto que trivializa al materialista dialecto e histórico respecto del mal: “Es hora de bajar las retóricas extremas, la trivialización del odio y la intolerancia, en todos los espacios y, sobre todo, en las redes sociales, donde se exacerban los bajos instintos y se hipotecan las razones”. Para bien o para mal.



